28 de abril de 2012

... India! (última parte)


Al igual que otras veces, optamos por una combinación de medios de transporte para arribar a Chennai, nuestra puerta de salida de India, de esta forma, nos subimos al ómnibus que, primeramente, nos trasladaría a Mangalore y que sería una grata sorpresa ya que los supuestos asientos sin refrigeración serían acondicionadas literas, upgrade que, al parecer, agradó a nosotros mas a ningún otro pasajero porque sucede siempre lo mismo… los indios nunca se ponen de acuerdo para ocupar sus asientos y, en esta oportunidad, la unificación de ambos servicios –uno superior al otro– generaría más inconvenientes: más de un pasajero para un mismo número de asiento, algunos que se negaban a subirse a las literas superiores y otros que, por su parte, se quejaban del aire acondicionado… y los minutos pasaban y los indios que no se acomodaban y un nuevo pasajero que aparecía y más agitación que se generaba y uno de los conductores del ómnibus que amenazaba con llamar a la policía y un policía que subió al ómnibus y, al final de la historia, un par de pasajeros que se negaron a sentarse y, por consiguiente, se quedaron sin viaje.
Así, salvo a la demora ocasionada por los asientos que, al fin al cabo, sería oportuna para nosotros y, por otra parte, a la torpeza y, consecuentemente, al accidente de Carla, siguió uno de los trayectos más agradables por India; una vez arribados, nos dirigimos a la estación de trenes, ubicamos nuestras mochilas en el cloak room (guardaequipajes) y paseamos por Mangalore, visitamos unas pocas iglesias –de las muchas que tiene– y nos anonadamos ante las imágenes del interior de la capilla del St. Aloysius College (que poco tiene que envidiar a alguna que otra europea); nos agotamos por apenas un par de horas andando por lo que nos apostamos a la estación de trenes y jugamos a las cartas o, al menos, quisimos hacerlo aunque nos lo impidieron porque sería un restaurante familiar adonde nos ubicábamos “y en los restaurantes familiares de India no se juega a las cartas”, igualmente, no nos retiramos y aprovechamos para probar idlis y parathas, unos de los elementales de la gastronomía de India.
Y sí, nos subimos al último de los trenes que sería igual a otros aunque, quizás, algo más asfixiante también; arribamos puntualmente a Chennai y, una vez instalados (tarea que sería más complicada que otras veces aunque, al final, optaríamos por uno de los alojamientos más agradables a lo largo de nuestro paso por India), nos dirigimos a la que, supusimos acertadamente, sería una de las áreas más atractivas de Chennai, a orillas del Golfo de Bengala, aunque rematada por una playa, diríamos, “más india que ninguna otra”; asimismo, conocimos a su “ciudad tecnológica” de regreso de Mamallapuram porque, siguiendo al consejo de los alemanes, visitamos a la alegre ciudad con aires de pueblo de playa, donde destacan ruinas de templos que datan del siglo VII que nos gustaron, sí, aunque no gozamos del todo debido a la dupla “calor /  cansancio” que nos acompañaba.
Así llegamos al 28 de abril, uno de los días más esperados: el día de irnos de India... porque ingresamos sin saber que nos quedaríamos cuatro meses en este país… un país que avivó amores y odios, que animó a nuestros sentidos como ninguno por sus aromas, sus colores, su música y sus sabores, que se apropió de nuestras energías y de nuestros kilos aunque no de nuestros ahorros, de hecho, gracias a India proyectamos una extensión del viaje; un país que nos dio un “sopapo” y nos mostró que se necesita menos para sonreír aunque nos exigió ser asimilado a lo largo del tiempo por lo que, suponemos, nos será más importante aún cuando nos alejemos del mismo.
Un pollo al tandoori supuso el fin de la etapa “India” y la víspera de otra poco imaginada que nos volverá al adorado budismo y a las playas… un nuevo capítulo de nuestro viaje que se titulará: Sri Lanka.

Carla & Hernán          

23 de abril de 2012

... India! (décimo séptima parte)


Las ganas de llegar a Palolem serían tantas que servirían para minimizar las implicancias del traslado –que incluyó tres medios de transporte y, abordo del primero, un degenerado–. Así, una vez arribados, nos dirigimos a la playa, analizamos un par de opciones de alojamiento y elegimos al recomendado por Celeste y Pierre, Sea View, un alegre y rústico complejo de chozas ubicado a metros del mar, regenteado por Teresa, un exponente de la mujer –cristiana– de Goa, cuyo vestuario sustituye a los saris por vestidos –tipo batón– similares a los de las abuelas.
Sí, nos gustó –y mucho– Palolem: aguas cálidas y medianamente oleadas que serían ideales para nadar o, por qué no, barrenar también (si no, pregúntenle a Hernán), una medialuna de arenas amarillas, agradable y ausente de indios –lo cual serviría como garantía de satisfacción para Carla–, protegida por una hilera de palmeras y, un poco más allá, una única vía que reúne a montones de negocios aunque próximos al cierre –ya que llegamos junto al fin de la temporada y, por ende, muy pero muy pocos turistas–.
Y siguieron días adorablemente monótonos: arrancábamos desayunando jugo o mate –porque nos guardamos un vestigio de yerba… aquella yerba que nos regalaron los argentinos de Bandipur– con pan y mermelada en el balcón de nuestra choza, nos quedábamos en la playa por lo que restaba de la mañana, volvíamos a la choza para protegernos del calor del mediodía, sesteábamos y, una vez de regreso a la playa, retomábamos nuestras actividades: caminatas, juegos de cartas, lecturas, mateadas y, al atardecer, partidos de fútbol para Hernán, lógico, donde conoció a Julián y, más tarde, ambos conocimos a Leandra, conjuntamente, una pareja de alemanes que sumamos a nuestras rutinas de día y de noche porque, después del atardecer, seguía un thali o un biryani (arroz especiado) de Shiv Sai y unos helados que acompañarían nuestro regreso por la playa a Sea View.   
Así siguió un día tras otro que serían tantos que conocimos a todos los personajes de Palolem: a los atacados –por diarreas y vómitos– vecinos de la choza #10 y a los apáticos de la #11 que amanecían tempranito y practicaban posiciones de yoga en la playa, a “turtleman” y al vendedor de “mango, papaya, pineapple… coconut,?”, al matrimonio que jugaba al frisbee y a los ágiles varones que lo hacían también.
Amamos al ritmo de Palolem y, por ello, optamos por anular otras playas y quedarnos más días aquí aunque, a modo de lavado de conciencia, paseamos más allá y, un primer día, nos dirigimos al sur, atravesamos promontorios rocosos y visitamos un par de playas más amplias y menos pobladas –aunque siempre vigiladas por guardavidas–, agradables algunas, otras más abandonadas y, una de las últimas, plagada por chinelas de plush usadas y, posteriormente, abandonadas por los indios del hotel de lujo que allí se ubicaba; mientras que, otro día, alquilamos una motocicleta, superamos a las pruebas del camino (los indios al volante y los policías que, ida y vuelta, nos pidieron nuestro –vencido– registro internacional de conducir) y conocimos a la rocosa Anjuna que poco nos gustó, a la adorada por los indios y gigantesca Calangute, a la más exclusiva Candolim y, de regreso, a la más próxima a Palolem, Agonda, un poco más amplia –y menos animada también– que su vecina aunque, sí, asimismo atractiva.
Y, al igual que un año atrás –o sea, lejos de Argentina y en la playa– sucedió el cumple de Carla; sus 29 años serían de los más felices y, de esta forma, serían iniciados en Innjoy, uno de los restaurantes de la playa que siempre dijo gustarle, más tarde, Leandra y Julián le sorprenderían con facturas –y alemanas de la panadería alemana de Palolem–, flores y velitas y, por la noche, seguiría una cena carnívora (gracias al cristianismo de Goa, la carne de vaca volvió –aunque mínimamente– a nuestro régimen) a solas con Hernán y, por último, unos tragos en la playa junto a los alemanes.
Qué podemos decirle a Palolem más que “gracias”: porque nos dejó ahorrar (ni siquiera gastaríamos en peluquería) y organizar nuestros próximos itinerarios, porque nos dio un inmejorable clima (excepto por aquella eléctrica madrugada que asustaría a cualquiera y, lógicamente, aún más a Carla), porque nos presentó a los alemanes, porque regaló a Carla un cumpleaños muy feliz y satisfizo a la cuota de fútbol de Hernán (que, incluso, vio algún partido de UEFA Champions League en uno de los bares de la playa junto a Julián) porque nos repuso del acumulado cansancio aunque, a la vez, volvió a amodorrar nuestro ritmo por lo que hoy, sabemos, sentiremos un peso más pesado a nuestras mochilas al irnos de Palolem y dirigirnos al que será nuestro último destino de India.

Carla & Hernán          

3 de abril de 2012

... India! (décimo sexta parte)


Íbamos a irnos como vinimos a McLeod Ganj, o sea, sobre un ómnibus aunque, esta vez, sería nocturno. Así, vivimos un nuevo “ritual del equipaje” (1-un ayudante impone un importe por cada una de nuestras mochilas para ser trasladas adentro del baúl; 2- nosotros nos negamos a aceptarlo; 3- intentamos subirlas al ómnibus mas el conductor nos lo impide; 4- nosotros nos enojamos; 5- el conductor pide al ayudante que guarde nuestras mochilas sin cobrarnos), nos despedimos por tercera vez del rumano Adrián (que acompañaba a Alma, una amiga mexicana que viajaría junto a nosotros) e iniciamos nuestro “descenso” por India, arribando a Majnu Ka Tilla, un área tibetana de Delhi, a la mañana siguiente; un subte nos devolvería a Nueva Delhi, adquiriríamos nuestros últimos pasajes de tren e iríamos al alojamiento de siempre, adonde volvimos a ver a nuestros “abandonados kilos” y aguardamos una nueva partida.
Ya nos subimos a diez trenes a lo largo de nuestros –casi– tres meses por India, no obstante, su sistema de reservas nos sigue siendo inexplicable: al igual que otras veces, poseíamos nuestros pasajes en lista de espera “con altas probabilidades de confirmación” mas serían “medianas” a Mumbai porque, sí, según pautado viajaríamos aunque usaríamos una litera para ambos (lo cual no significó que nos reintegraran a la segunda abonada) a lo largo del trayecto más largo por India; situación que no nos agradó ni nos enojó aunque, sí, nos sensibilizó… como cuando el señor de la litera de arriba, un supuesto gran experto de las regulaciones de los trenes de India, osó que nos ajustásemos a la mitad de nuestra litera pues nuestra otra mitad correspondía a su trasero antes de las nueve de la noche (serían las nueve menos veinte de la noche al momento de nuestra conversación), ante lo cual, amenazamos con sentar a todos los pasajeros de nuestro vagón si aquello nos exigían a nosotros (porque, incluso, el señor pidió al guardia del tren que interviniese en el conflicto).
Y el gran protagonista de Mumbai se llamaría: calor. Al calor de Mumbai conocimos arriba del tren (porque llegó tres horas demorado) y, una vez descendidos del mismo, nos abrazaría y nos seguiría mientras averiguábamos por alojamientos (que, a propósito, serían de los más costosos del viaje); junto al calor de Mumbai iríamos a pasear por la costanera oeste del Mar Arábigo, visualizaríamos a la Puerta de India (usada por el último regimiento de ingleses que abandonaba a la colonia) y visitaríamos al mercado de pescado; nos sentiríamos a gusto junto al mismo a lo largo de Marine Bay (donde presenciamos algunos partidos de cricket de aficionados clubes y rodajes de películas “bollywoodenses") y Chowpatty Beach aunque, nuevamente, nos asfixiaría al momento de nuestra visita al Dhobi Ghat (una gigantesca e innegablemente india lavandería); el calor de Mumbai no nos abandonaría, ni siquiera, al momento de irnos a dormir.
Asimismo, que el calor de Mumbai sea tan inmiscuido generó, por un lado, más diarreas y violentas lipotimias a Carla y, por otro lado, olores que tuvimos que soportar, principalmente, a partir de los cargamentos de pescado (o serían los ataúdes?) del Victoria Terminus ya que adoptamos a uno de sus restaurantes; más positivamente, el calor de Mumbai nos instó a alejarnos de nuestras ropas de invierno (por lo que enviamos una encomienda –y qué embalaje que tenía!– a Argentina) y a regalarnos una despedida de la ciudad a todo aire acondicionado: visitamos un Cafe Coffee Day, más tarde un McDonalds y, por último, un cine porque… qué mejor que ir al cine en la capital de Bollywood?; así que vimos “Kahaani” un “súper hit” en hindi y no subtitulado aunque, gracias al uso del inglés en ejes del guión, seguimos por completo –o, al menos, eso creemos–.
Y superamos todo diagnóstico: nos gustó Mumbai! Y nos gustó la idea de lo que sigue después de Mumbai, uno de los reencuentros más esperados –por no decir, necesitados– porque, tras ocho meses de abstinencia, volvemos a la playa, esta vez, del Mar Arábigo, nos vamos a Goa, más precisamente, nos vamos a Palolem.

Carla & Hernán