Al igual que
otras veces, optamos por una combinación de medios de transporte para arribar a
Chennai, nuestra puerta de salida de India, de esta forma, nos subimos al
ómnibus que, primeramente, nos trasladaría a Mangalore y que sería una grata
sorpresa ya que los supuestos asientos sin refrigeración serían acondicionadas
literas, upgrade que, al parecer, agradó
a nosotros mas a ningún otro pasajero porque sucede siempre lo mismo… los
indios nunca se ponen de acuerdo para ocupar sus asientos y, en esta
oportunidad, la unificación de ambos servicios –uno superior al otro– generaría
más inconvenientes: más de un pasajero para un mismo número de asiento, algunos
que se negaban a subirse a las literas superiores y otros que, por su parte, se
quejaban del aire acondicionado… y los minutos pasaban y los indios que no se
acomodaban y un nuevo pasajero que aparecía y más agitación que se generaba y uno
de los conductores del ómnibus que amenazaba con llamar a la policía y un policía
que subió al ómnibus y, al final de la historia, un par de pasajeros que se negaron
a sentarse y, por consiguiente, se quedaron sin viaje.
Así, salvo a
la demora ocasionada por los asientos que, al fin al cabo, sería oportuna para
nosotros y, por otra parte, a la torpeza y, consecuentemente, al accidente de
Carla, siguió uno de los trayectos más agradables por India; una vez arribados,
nos dirigimos a la estación de trenes, ubicamos nuestras mochilas en el cloak room (guardaequipajes) y paseamos
por Mangalore, visitamos unas pocas iglesias –de las muchas que tiene– y nos
anonadamos ante las imágenes del interior de la capilla del St. Aloysius
College (que poco tiene que envidiar a alguna que otra europea); nos agotamos
por apenas un par de horas andando por lo que nos apostamos a la estación de
trenes y jugamos a las cartas o, al menos, quisimos hacerlo aunque nos lo
impidieron porque sería un restaurante familiar adonde nos ubicábamos “y en los
restaurantes familiares de India no se juega a las cartas”, igualmente, no nos
retiramos y aprovechamos para probar idlis
y parathas, unos de los elementales
de la gastronomía de India.
Y sí, nos
subimos al último de los trenes que sería igual a otros aunque, quizás, algo
más asfixiante también; arribamos puntualmente a Chennai y, una vez instalados
(tarea que sería más complicada que otras veces aunque, al final, optaríamos
por uno de los alojamientos más agradables a lo largo de nuestro paso por
India), nos dirigimos a la que, supusimos acertadamente, sería una de las áreas
más atractivas de Chennai, a orillas del Golfo de Bengala, aunque rematada por
una playa, diríamos, “más india que ninguna otra”; asimismo, conocimos a su “ciudad
tecnológica” de regreso de Mamallapuram porque, siguiendo al consejo de los
alemanes, visitamos a la alegre ciudad con aires de pueblo de playa, donde destacan
ruinas de templos que datan del siglo VII que nos gustaron, sí, aunque no
gozamos del todo debido a la dupla “calor /
cansancio” que nos acompañaba.
Así llegamos
al 28 de abril, uno de los días más esperados: el día de irnos de India...
porque ingresamos sin saber que nos quedaríamos cuatro meses en este país… un
país que avivó amores y odios, que animó a nuestros sentidos como ninguno por
sus aromas, sus colores, su música y sus sabores, que se apropió de nuestras
energías y de nuestros kilos aunque no de nuestros ahorros, de hecho, gracias a
India proyectamos una extensión del viaje; un país que nos dio un “sopapo” y
nos mostró que se necesita menos para sonreír aunque nos exigió ser asimilado a lo largo del tiempo por
lo que, suponemos, nos será más importante aún cuando nos alejemos del mismo.
Un pollo al
tandoori supuso el fin de la etapa “India” y la víspera de otra poco imaginada
que nos volverá al adorado budismo y a las playas… un nuevo capítulo de nuestro
viaje que se titulará: Sri Lanka.
Carla & Hernán

