Las ganas de
llegar a Palolem serían tantas que servirían para minimizar las implicancias
del traslado –que incluyó tres medios de transporte y, abordo del primero, un
degenerado–. Así, una vez arribados, nos dirigimos a la playa, analizamos un
par de opciones de alojamiento y elegimos al recomendado por Celeste y Pierre,
Sea View, un alegre y rústico complejo de chozas ubicado a metros del mar,
regenteado por Teresa, un exponente de la mujer –cristiana– de Goa, cuyo
vestuario sustituye a los saris por vestidos –tipo batón– similares a los de las
abuelas.
Sí, nos gustó
–y mucho– Palolem: aguas cálidas y medianamente oleadas que serían ideales para
nadar o, por qué no, barrenar también (si no, pregúntenle a Hernán), una
medialuna de arenas amarillas, agradable y ausente de indios –lo cual serviría
como garantía de satisfacción para Carla–, protegida por una hilera de palmeras
y, un poco más allá, una única vía que reúne a montones de negocios aunque
próximos al cierre –ya que llegamos junto al fin de la temporada y, por ende,
muy pero muy pocos turistas–.
Y siguieron
días adorablemente monótonos: arrancábamos desayunando jugo o mate –porque nos
guardamos un vestigio de yerba… aquella yerba que nos regalaron los argentinos
de Bandipur– con pan y mermelada en el balcón de nuestra choza, nos quedábamos
en la playa por lo que restaba de la mañana, volvíamos a la choza para
protegernos del calor del mediodía, sesteábamos y, una vez de regreso a la
playa, retomábamos nuestras actividades: caminatas, juegos de cartas, lecturas,
mateadas y, al atardecer, partidos de fútbol para Hernán, lógico, donde conoció
a Julián y, más tarde, ambos conocimos a Leandra, conjuntamente, una pareja de
alemanes que sumamos a nuestras rutinas de día y de noche porque, después del
atardecer, seguía un thali o un biryani
(arroz especiado) de Shiv Sai y unos helados que acompañarían nuestro regreso
por la playa a Sea View.
Así siguió un
día tras otro que serían tantos que conocimos a todos los personajes de
Palolem: a los atacados –por diarreas y vómitos– vecinos de la choza #10 y a
los apáticos de la #11 que amanecían tempranito y practicaban posiciones de
yoga en la playa, a “turtleman” y al vendedor de “mango, papaya, pineapple…
coconut,?”, al matrimonio que jugaba al frisbee y a los ágiles varones que lo
hacían también.
Amamos al
ritmo de Palolem y, por ello, optamos por anular otras playas y quedarnos más
días aquí aunque, a modo de lavado de conciencia, paseamos más allá y, un
primer día, nos dirigimos al sur, atravesamos promontorios rocosos y visitamos
un par de playas más amplias y menos pobladas –aunque siempre vigiladas por
guardavidas–, agradables algunas, otras más abandonadas y, una de las últimas, plagada
por chinelas de plush usadas y, posteriormente, abandonadas por los indios del hotel
de lujo que allí se ubicaba; mientras que, otro día, alquilamos una
motocicleta, superamos a las pruebas del camino (los indios al volante y los
policías que, ida y vuelta, nos pidieron nuestro –vencido– registro
internacional de conducir) y conocimos a la rocosa Anjuna que poco nos gustó, a
la adorada por los indios y gigantesca Calangute, a la más exclusiva Candolim
y, de regreso, a la más próxima a Palolem, Agonda, un poco más amplia –y menos
animada también– que su vecina aunque, sí, asimismo atractiva.
Y, al igual
que un año atrás –o sea, lejos de Argentina y en la playa– sucedió el cumple de
Carla; sus 29 años serían de los más felices y, de esta forma, serían iniciados
en Innjoy, uno de los restaurantes de la playa que siempre dijo gustarle, más
tarde, Leandra y Julián le sorprenderían con facturas –y alemanas de la
panadería alemana de Palolem–, flores y velitas y, por la noche, seguiría una
cena carnívora (gracias al cristianismo de Goa, la carne de vaca volvió –aunque
mínimamente– a nuestro régimen) a solas con Hernán y, por último, unos tragos
en la playa junto a los alemanes.
Qué podemos
decirle a Palolem más que “gracias”: porque nos dejó ahorrar (ni siquiera
gastaríamos en peluquería) y organizar nuestros próximos itinerarios, porque
nos dio un inmejorable clima (excepto por aquella eléctrica madrugada que
asustaría a cualquiera y, lógicamente, aún más a Carla), porque nos presentó a
los alemanes, porque regaló a Carla un cumpleaños muy feliz y satisfizo a la cuota
de fútbol de Hernán (que, incluso, vio algún partido de UEFA Champions League en
uno de los bares de la playa junto a Julián) porque nos repuso del acumulado
cansancio aunque, a la vez, volvió a amodorrar nuestro ritmo por lo que hoy,
sabemos, sentiremos un peso más pesado a nuestras mochilas al irnos de Palolem
y dirigirnos al que será nuestro último destino de India.
Carla & Hernán