3 de abril de 2012

... India! (décimo sexta parte)


Íbamos a irnos como vinimos a McLeod Ganj, o sea, sobre un ómnibus aunque, esta vez, sería nocturno. Así, vivimos un nuevo “ritual del equipaje” (1-un ayudante impone un importe por cada una de nuestras mochilas para ser trasladas adentro del baúl; 2- nosotros nos negamos a aceptarlo; 3- intentamos subirlas al ómnibus mas el conductor nos lo impide; 4- nosotros nos enojamos; 5- el conductor pide al ayudante que guarde nuestras mochilas sin cobrarnos), nos despedimos por tercera vez del rumano Adrián (que acompañaba a Alma, una amiga mexicana que viajaría junto a nosotros) e iniciamos nuestro “descenso” por India, arribando a Majnu Ka Tilla, un área tibetana de Delhi, a la mañana siguiente; un subte nos devolvería a Nueva Delhi, adquiriríamos nuestros últimos pasajes de tren e iríamos al alojamiento de siempre, adonde volvimos a ver a nuestros “abandonados kilos” y aguardamos una nueva partida.
Ya nos subimos a diez trenes a lo largo de nuestros –casi– tres meses por India, no obstante, su sistema de reservas nos sigue siendo inexplicable: al igual que otras veces, poseíamos nuestros pasajes en lista de espera “con altas probabilidades de confirmación” mas serían “medianas” a Mumbai porque, sí, según pautado viajaríamos aunque usaríamos una litera para ambos (lo cual no significó que nos reintegraran a la segunda abonada) a lo largo del trayecto más largo por India; situación que no nos agradó ni nos enojó aunque, sí, nos sensibilizó… como cuando el señor de la litera de arriba, un supuesto gran experto de las regulaciones de los trenes de India, osó que nos ajustásemos a la mitad de nuestra litera pues nuestra otra mitad correspondía a su trasero antes de las nueve de la noche (serían las nueve menos veinte de la noche al momento de nuestra conversación), ante lo cual, amenazamos con sentar a todos los pasajeros de nuestro vagón si aquello nos exigían a nosotros (porque, incluso, el señor pidió al guardia del tren que interviniese en el conflicto).
Y el gran protagonista de Mumbai se llamaría: calor. Al calor de Mumbai conocimos arriba del tren (porque llegó tres horas demorado) y, una vez descendidos del mismo, nos abrazaría y nos seguiría mientras averiguábamos por alojamientos (que, a propósito, serían de los más costosos del viaje); junto al calor de Mumbai iríamos a pasear por la costanera oeste del Mar Arábigo, visualizaríamos a la Puerta de India (usada por el último regimiento de ingleses que abandonaba a la colonia) y visitaríamos al mercado de pescado; nos sentiríamos a gusto junto al mismo a lo largo de Marine Bay (donde presenciamos algunos partidos de cricket de aficionados clubes y rodajes de películas “bollywoodenses") y Chowpatty Beach aunque, nuevamente, nos asfixiaría al momento de nuestra visita al Dhobi Ghat (una gigantesca e innegablemente india lavandería); el calor de Mumbai no nos abandonaría, ni siquiera, al momento de irnos a dormir.
Asimismo, que el calor de Mumbai sea tan inmiscuido generó, por un lado, más diarreas y violentas lipotimias a Carla y, por otro lado, olores que tuvimos que soportar, principalmente, a partir de los cargamentos de pescado (o serían los ataúdes?) del Victoria Terminus ya que adoptamos a uno de sus restaurantes; más positivamente, el calor de Mumbai nos instó a alejarnos de nuestras ropas de invierno (por lo que enviamos una encomienda –y qué embalaje que tenía!– a Argentina) y a regalarnos una despedida de la ciudad a todo aire acondicionado: visitamos un Cafe Coffee Day, más tarde un McDonalds y, por último, un cine porque… qué mejor que ir al cine en la capital de Bollywood?; así que vimos “Kahaani” un “súper hit” en hindi y no subtitulado aunque, gracias al uso del inglés en ejes del guión, seguimos por completo –o, al menos, eso creemos–.
Y superamos todo diagnóstico: nos gustó Mumbai! Y nos gustó la idea de lo que sigue después de Mumbai, uno de los reencuentros más esperados –por no decir, necesitados– porque, tras ocho meses de abstinencia, volvemos a la playa, esta vez, del Mar Arábigo, nos vamos a Goa, más precisamente, nos vamos a Palolem.

Carla & Hernán