Íbamos a irnos
como vinimos a McLeod Ganj, o sea, sobre un ómnibus aunque, esta vez, sería
nocturno. Así, vivimos un nuevo “ritual del equipaje” (1-un ayudante impone un
importe por cada una de nuestras mochilas para ser trasladas adentro del baúl;
2- nosotros nos negamos a aceptarlo; 3- intentamos subirlas al ómnibus mas el
conductor nos lo impide; 4- nosotros nos enojamos; 5- el conductor pide al
ayudante que guarde nuestras mochilas sin cobrarnos), nos despedimos por
tercera vez del rumano Adrián (que acompañaba a Alma, una amiga mexicana que
viajaría junto a nosotros) e iniciamos nuestro “descenso” por India, arribando
a Majnu Ka Tilla, un área tibetana de Delhi, a la mañana siguiente; un subte
nos devolvería a Nueva Delhi, adquiriríamos nuestros últimos pasajes de tren e
iríamos al alojamiento de siempre, adonde volvimos a ver a nuestros
“abandonados kilos” y aguardamos una nueva partida.
Ya nos subimos
a diez trenes a lo largo de nuestros –casi– tres meses por India, no obstante,
su sistema de reservas nos sigue siendo inexplicable: al igual que otras veces,
poseíamos nuestros pasajes en lista de espera “con altas probabilidades de
confirmación” mas serían “medianas” a Mumbai porque, sí, según pautado
viajaríamos aunque usaríamos una litera para ambos (lo cual no significó que
nos reintegraran a la segunda abonada) a lo largo del trayecto más largo por
India; situación que no nos agradó ni nos enojó aunque, sí, nos sensibilizó…
como cuando el señor de la litera de arriba, un supuesto gran experto de las
regulaciones de los trenes de India, osó que nos ajustásemos a la mitad de
nuestra litera pues nuestra otra mitad correspondía a su trasero antes de las
nueve de la noche (serían las nueve menos veinte de la noche al momento de
nuestra conversación), ante lo cual, amenazamos con sentar a todos los
pasajeros de nuestro vagón si aquello nos exigían a nosotros (porque, incluso,
el señor pidió al guardia del tren que interviniese en el conflicto).
Y el gran
protagonista de Mumbai se llamaría: calor. Al calor de Mumbai conocimos arriba
del tren (porque llegó tres horas demorado) y, una vez descendidos del mismo,
nos abrazaría y nos seguiría mientras averiguábamos por alojamientos (que, a
propósito, serían de los más costosos del viaje); junto al calor de Mumbai
iríamos a pasear por la costanera oeste del Mar Arábigo, visualizaríamos a la
Puerta de India (usada por el último regimiento de ingleses que abandonaba a la
colonia) y visitaríamos al mercado de pescado; nos sentiríamos a gusto junto al
mismo a lo largo de Marine Bay (donde presenciamos algunos partidos de cricket
de aficionados clubes y rodajes de películas “bollywoodenses") y Chowpatty
Beach aunque, nuevamente, nos asfixiaría al momento de nuestra visita al Dhobi
Ghat (una gigantesca e innegablemente india lavandería); el calor de Mumbai no nos
abandonaría, ni siquiera, al momento de irnos a dormir.
Asimismo, que
el calor de Mumbai sea tan inmiscuido generó, por un lado, más diarreas y
violentas lipotimias a Carla y, por otro lado, olores que tuvimos que soportar,
principalmente, a partir de los cargamentos de pescado (o serían los ataúdes?)
del Victoria Terminus ya que adoptamos a uno de sus restaurantes; más
positivamente, el calor de Mumbai nos instó a alejarnos de nuestras ropas de
invierno (por lo que enviamos una encomienda –y qué embalaje que tenía!– a
Argentina) y a regalarnos una despedida de la ciudad a todo aire acondicionado:
visitamos un Cafe Coffee Day, más tarde un McDonalds y, por último, un cine
porque… qué mejor que ir al cine en la capital de Bollywood?; así que vimos
“Kahaani” un “súper hit” en hindi y no subtitulado aunque, gracias al uso del
inglés en ejes del guión, seguimos por completo –o, al menos, eso creemos–.
Y superamos
todo diagnóstico: nos gustó Mumbai! Y nos gustó la idea de lo que sigue después
de Mumbai, uno de los reencuentros más esperados –por no decir, necesitados–
porque, tras ocho meses de abstinencia, volvemos a la playa, esta vez, del Mar
Arábigo, nos vamos a Goa, más precisamente, nos vamos a Palolem.
Carla & Hernán
