24 de diciembre de 2011

... Nepal! (quinta parte)


No había un ómnibus directo a Sauraha, lo sabíamos, aunque jamás imaginamos que serían cinco medios de transporte necesarios para arribar a nuestro siguiente destino: un ómnibus desde Bhaktapur a Kathmandú, otro urbano a la terminal, otro a Mugling y otro a Sauraha Chowk, una parada rutera que se ubica a seis kilómetros de la ciudad, por ende, aceptamos subirnos al jeep del dueño de un alojamiento que, gratuitamente, nos acercó por lo que nosotros, agradecidamente, optamos por una de sus habitaciones aunque, al parecer, nuestro gesto sería insuficiente y, por consiguiente, nos insistieron para que optásemos por sus servicios de guía adentro del que sería nuestro mayor punto de interés, el parque nacional Chitwan.
Dos motivos –nuestro arribo impensadamente nocturno a Sauraha sumado a nuestra proyectada estadía que, necesariamente, respetaríamos– nos impulsaron a ser infieles a nuestra naturaleza y, de esta forma, aceptáramos su proposición sin aplicar ningún juicio al resto de la oferta. Así, al día siguiente, un –más que arrogante– guía nos acompañó, primeramente, al paseo abordo de una piragua de madera a lo largo del río Rapti, desde donde observamos aves, cocodrilos y algunos pocos monos y, posteriormente, iniciamos un trayecto a pie a través de la jungla que nos acercó a grupos de turistas sobre elefantes y manadas de ciervos aunque nuestra gran misión, ver a los rinocerontes, seguiría siendo inalcanzable, de hecho, más allá de uno que Hernán vio aunque limitadamente puesto se asustó –de Hernán?– y se echó a correr, nuestro guía que, al parecer, sería más altanero que suertudo, apenas identificaba excrementos –que siempre serían de ciervos–, no obstante, ya imaginábamos a nuestra jornada como un “semi-fracaso” cuando oímos unos ruidos y vimos, aunque más sea fugazmente, un par de rinocerontes adultos siguiéndose y, unos minutos más tarde, desde arriba del jeep que nos trasladaría de regreso al alojamiento, otro rinoceronte que atravesaba nuestro camino.
 Ya nos sentíamos medianamente satisfechos cuando, al día siguiente, iniciamos una travesía que superaría nuestras expectativas, en efecto, alquilamos un par de bicicletas y, abordo de las mismas, atravesamos plantaciones y poblaciones y, finalmente, alcanzamos otra área protegida que alberga un gran número de lagunas (aunque no sean veinte mil como indica su nombre),  donde visualizamos a manadas de ciervos, adicionalmente, algunos chanchos salvajes y, finalmente, gracias al grupo de turistas de Bangladesh que nos los señalaran, madre e hijo rinocerontes.
Y sí, ya no podíamos exigirle más a nuestro destino por lo que, posteriormente, nos dedicamos a pasear por Sauraha y su ribera, asimismo, vimos una exposición a cargo de un “manosanta” que incluyó agua santa y poseídos, atravesamos más pueblos igualmente encantadores cuyas casas serían íntegramente de barro, visitamos un centro de elefantes adonde vimos crías de apenas seis semanas de edad, presenciamos un atardecer alucinante y, de regreso, nos sumamos al festejo del grupo de egresados que usurparon nuestro alojamiento y, además de deleitarnos a partir del buffet que les sirvieran (y nos dejaran a un precio más que razonable a nosotros, suponemos, debido a la culpa de nuestro semi-fracasado guía), presenciamos un espectáculo de danza del fuego acompañada por música generada por palitos y tambores y, por último, siguieron hits que pusieron a bailar a los más jóvenes.
Ahora, sí, llegó nuestro momento de partir a la que, probablemente sea, nuestra última ciudad que visitaremos de Nepal, un destino nuevamente recomendado y que, por algún motivo, proyectamos como “hogar” adonde pasaríamos nuestros primeros Navidad y Año Nuevo lejos de casa...

Carla & Hernán          

21 de diciembre de 2011

... Nepal! (cuarta parte)


Llegar a Bhaktapur, por suerte, no nos exigió un gran esfuerzo gracias, en primer lugar, a nuestras mochilas momentáneamente reducidas (ya que habíamos dejado gran parte de nuestras ropas en Kathmandú) y, posteriormente, a los pocos kilómetros que separaron nuestro origen de nuestro destino y que se tradujeron en, apenas, una hora de asfaltado camino.
Igualmente no nos exigió demasiado dinero ya que, sin quererlo, ingresamos al área antigua de Bhaktapur obviando uno de los tantos puestos de venta de su altísimo ticket de entrada, desde donde iniciamos nuestra búsqueda de alojamiento, optando por uno que, al igual que siempre, se ajustó a nuestro presupuesto y que, además, poseía una terraza adonde pasamos más tardes de mates y, nuestra habitación, un afrancesado balcón desde donde miramos a protestantes con antorchas, una y otra vez, a lo largo de nuestra estadía.
Bhaktapur nos resultó sumamente más atractiva que su vecina Kathmandú: una ciudad que, al parecer, resulta íntegramente de ladrillos a la vista, un Durbar Square más conservado, grandes templos que exhiben grandes imágenes de animales, principalmente, y menos ruidos, mucho menos ruidos, en efecto, no se permiten ingresar vehículos motorizados –lo cual se interpreta, aparte, como una ausencia de bocinas– a la parte antigua de la ciudad.
Y, como se supondría, caminamos muchísimo a través de su maraña de callejuelas aunque, ahora queriéndolo, obviando cada uno de los puestos de venta del ticket de entrada, asimismo, seguimos agasajando a nuestros estómagos a partir de la recomendación del joven “amigo” de Hernán, un simple restaurantito, un tanto oscuro –o excesivamente si nuestro arribo coincidía con uno de los tantos cortes de luz que dejaban a ciegas a la ciudad– aunque siempre visitado por montones de nepalíes.
Y cuando nos disponíamos a subirnos a un ómnibus para visitar uno de sus alrededores, un paro general postergó nuestros planes que, aquel día, terminaron siendo reciclados por otra excursión, de esta forma, iniciamos un trayecto a pie atravesando campos y pequeñas poblaciones y, finalmente, arribamos a Changu, un pintoresco pueblo que antecede uno de los templos hindúes más hermosos que hemos visto al momento mientras que, al día siguiente, sí, nos dirigimos a Nagarkot, una pequeña población que destaca por sus vistas a los Himalayas, de hecho, una vez descendidos del ómnibus, dimos inicio a una caminata arriba al que sería, casualmente, nuestra base del día: un adorable hotel adonde solicitamos un par de tes negros que nos sirvieron de pretexto para quedarnos más de lo debido apreciando al Langtang y otros picos nevados.
No quedan dudas: Bhaktapur y sus alrededores nos gustaron demasiado y, además, nos sirvieron para que retomáramos nuestro ritmo de viaje que, por un motivo u otro, se vio alterado –aunque felizmente– desde que ingresamos a Nepal. Así que, ahora, le diríamos “hasta luego” a las montañas para dirigirnos al sur del país, de hecho, nuestro siguiente objetivo será una población, quizás, una única que visitaremos del área del Terai, que nos servirá como acceso para, si la suerte nos acompaña, ver a uno de los “cinco grandes” por más que nos ubiquemos en pleno corazón de Asia.

Carla & Hernán          

17 de diciembre de 2011

... Nepal! (tercera parte)


Y para Kathmandú, al parecer, nuestra tercera vez sería su vencida, en efecto, si bien junto a los Zapp ya habíamos paseado por Durbar Square, un área que, además de negocios, alberga templos, muchos de los cuales, exhiben delicadas tallas de madera; y junto a Feng y sus amigos, posteriormente, nos habíamos adentrado a una parte de la vida nocturna nepalí; no sería sino después de aguantar otro trayecto en ómnibus, esta vez, desde Syabrubesi a Kathmandú cuando visitaríamos al resto –y mayor parte– de los puntos de interés de la capital del país. Y, una vez más, no lo haríamos solos sino que nos veríamos acompañados por Ester, una aragonesa genia del trekking que habíamos conocido en Kyanjin Gompa y reencontrado en Syabrubesi, amante de los deportes de alto riesgo y dueña de un innegable sentido del humor.
Así, ni bien arribados a Kathmandú, nos dirigimos al hotel de Ester que, acaso, se trató del mismo adonde se había hospedado Feng y que nosotros, ahora también, optaríamos para alojarnos, dando inicio, de esta forma, a otra estadía atípicamente compartida junto a Ester: desayunos, almuerzos, meriendas y cenas (ambas muchachas, de hecho, habrían compartido su pasión por la gastronomía) que solían prolongarse debido a las tertulias que se generaban; mateadas que, obviando una primera reacción debido a la amargura, terminaron siendo un éxito; y muchos paseos: a lo largo de la turística Thamel, un área adonde abundan negocios tan deseados por Carla como arrasados por Ester; asimismo visitamos Boudha, una stupa gigante e inmaculada que atrae a montones de tibetanos aunque rodeada, también, por montones de negocios destinados a turistas, no obstante, uno de los más agradables templos de Nepal; alcanzamos Pashupatinath, uno de los principales templos hindúes del país adonde se agrupan personajes: turistas y, por consiguiente, sadhus que atraen miradas y requieren propinas para obtener sus fotos (o, viceversa, usan sus fotos como propinas a, por ejemplo, un cigarrillo que pidieron a Ester), monos y vacas, peregrinos o, simplemente, seres que se acercan a despedir a otros, en efecto, Pashupatinath se ubica a orillas del río Bagmati, adonde se arrojan las cenizas de las cremaciones que allí, al aire libre, se realizan e, impresionantemente, intervienen niños que andan por sus aguas recogiendo maderas o, por qué no, joyas desprendidas de alguno de los cuerpos también; y, finalmente, visitamos a Swayambhunath, más conocido como Monkey Temple, que alberga una gran stupa, imágenes de Buda, templos y, lógicamente, montones de monos.
Y, de esta manera, pasamos uno y otro día en Kathmandú, una ciudad que despertó recuerdos a Hernán, asimismo, un inexplicable atractivo a ambos que, incluso, nos instó a gestionar una extensión de nuestro visado para incluir más ciudades a nuestro itinerario nepalí y, desde ya, asombro a partir de sus casualidades o causalidades, aquellos encuentros y reencuentros (hasta con “roxy” nos volvimos a ver) que nutrieron tanto nuestras estadías aunque, ahora, una nueva –y más sentida de lo esperado– despedida nos aguardaba, un adiós a Ester que retornaría a su Grisen mientras que nosotros seguiríamos nuestro viaje a otra ciudad ubicada en el valle de Kathmandú que, una y otra vez, nos recomendaron y que se llama Bhaktapur.

Carla & Hernán          

11 de diciembre de 2011

... Nepal! (segunda parte)


Qué importa que amaneciéramos muy temprano, que tomásemos un primer camión desde Bandipur a la ruta, que aguardásemos menos de diez minutos al servicio “express” de minibus que nos trasladaría a Kathmandú y que pagásemos un taxi desde su última parada a la Embajada de India si, de cualquier forma, sus puertas se encontraron cerradas al momento de nuestro arribo y, por tal motivo, debimos retornar al día siguiente y, entonces, comprendimos que no había sido más que otro deseo del destino, en efecto, aquella mañana no sólo nos reencontramos con Herman Zapp (se había sumado al minibus del grupo de matrimonios argentinos un día antes y, al igual que nosotros, no había llegado a tiempo) quien nos entregó uno de los dos kilos de yerba donados por los argentinos, sino que, además, vimos ingresar a un viajero conocido, Feng, nuestro compañero de rutas camboyanas y asesor número uno durante nuestro paso por su país, China.
Y después que nos otorgaran cinco meses de visado y, de esta forma, diéramos por –casi– finalizado al trámite, nos re-despedimos de Herman y coordinamos para reencontrarnos con Feng y sus dos amigos, Seven y Will, quienes, a la tarde, nos invitaron a tomar unos tes preparados por Feng a la terraza de su alojamiento, donde aguardamos al momento de seguirlos para ir a cenar, de hecho, nos invitarían a cenar… al casino, sí, gratis al casino adonde, obviamente, jugamos al tragamonedas y, más sorprendentemente, miramos unas coreografías a cargo de unos amateurs, conocimos un indio de “dedos dorados” que nos invitó a su casa en India y, principalmente, nos atracamos gracias a la cena tipo buffet que sirven a sus visitantes a quienes no requieren mínimo de apuestas (no obstante, un primer casino reconoció al grupo de chinos y negó su ingreso por lo que nos redirigimos a otro próximo).
Así nos despedimos de Feng, en efecto, ya poseíamos nuestras TIMS (identificación como trekkers independientes), por tanto, partiríamos rumbo al inicio del Langtang Trekking aunque, a causa de la gripe que incomodaba a Carla, decidimos postergarlo –primero uno y después– dos días y, entonces, nos dirigimos a Syabrubesi, una mínima y pintoresca población que dista a 150 kilómetros de Kathmandú que requirieron a nuestro ómnibus, no menos tortuoso (según la golpeada –por ventiladores– cabeza de Hernán) que su camino (según el estómago de Carla), ocho horas para transitarlos.
Ubicada a 1,470 metros de altura, Syabrubesi sería nuestro punto de partida al día siguiente aunque, una vez más debido a Carla y, esta vez, una “señora diarrea” (o, quizás, a su inconciente que se negaba a internarse a la montaña?), retrasamos un día nuestro inicio, lo cual generó un triple resultado: malhumor en Hernán, soportar un día más al anti-servicio de la tibetana del alojamiento y, finalmente, recuperación de Carla.
Y dimos inicio al trekking sin guía ni porteador más que Hernán, nos registramos ante un puesto militar, atravesamos dos puentes e ingresamos a un camino ascendente,  rocoso y rodeado por un río y abundante vegetación; almorzamos en Bamboo (1,970 msnm) y, gracias a nuestras óptimas energías que superaron al peso de la mochila de Hernán y a la innata ineptitud física de Carla, seguimos andando a Rimche (2,450 msnm) adonde arribamos al atardecer, después de seis horas de caminata agotadora –para Hernán– y tortuosa –para Carla– y nos hospedamos en Ganesh View, un refugio gratuito –al igual que los siguientes que usaríamos–, regenteado por una familia de tibetanos tan agradables como su ducha de agua caliente, su salamandra y sus vistas panorámicas.
Y la experiencia mejoró a partir del día siguiente gracias, primero, a nuestra acertada decisión de dividir a la jornada por lo que nuestros cuerpos sortearon innecesarias exigencias –el de Hernán– o sobreexigencias –el de Carla– y, segundo, a la vegetación menos impenetrable que, paulatinamente, dio paso a vistas de montañas alucinantes como, por ejemplo, en Ghoda Tabela (2,970 msnm), adonde arribamos al mediodía, almorzamos, jugamos a las cartas junto a la tibetana del albergue, sesteamos, cenamos y abandonamos a la mañana siguiente para encarar un trayecto que supusimos –acertadamente– no sería ni muy arduo ni muy extenso y,  de esta forma, arribamos al pueblo de Langtang (3,475 msnm) que nos enamoró: sus casas de piedras, sus vecinos tibetanos (a lo largo del valle del Langtang abundan los tibetanos refugiados) y, sí, su fábrica de quesos de yak también.
Ya, al día siguiente, iniciamos nuestro último día de ascenso, atravesamos áreas áridas y, a medida que nos acercamos a Kyanjin Gompa (3,860 msnm), nos sentimos más intimidados por sus montañas y más hipnotizados por sus glaciares. No hay demasiadas actividades en Kyanjin Gompa, un pueblo adonde se ubican, únicamente, albergues y otra fábrica de quesos de yak, no obstante, quisimos quedarnos dos noches y, al día siguiente a nuestro arribo, Hernán, un italiano con documento argentino –o un argentino con acento italiano?– llamado David y un sueco apodado por nosotros “roxy” que vimos reiteradamente a lo largo del trekking, ascendieron un punto panorámico ubicado a 4,300 metros de altura, actividad que motivó a los muchachos (ahora se sumó un español, Pablo) a pensar una excursión más prolongada al día siguiente aunque, finalmente, quedase anulada dadas las condiciones de “roxy” al amanecer, de esta forma, abandonamos Kyanjin Gompa e iniciamos un camino de descenso que, desde ya, nos resultó más simple que inversamente, de hecho, apenas paramos para tomar agua (que sería de deshielo), ingerir un poco de queso o dar paso a porteadores –de equipajes o de materiales– o yaks; atravesamos al pueblo de Langtang, Ghoda Tabela y, una vez más al atardecer, nos albergamos en Rimche, desde donde iniciamos nuestro último día de trekking, arribando a Syabrubesi al mediodía, adonde optaríamos por otro alojamiento donde, casualmente, nos reencontraríamos con Ester, una española que conocimos 2,400 metros más arriba.
Al final, siete días de esfuerzo sucedieron y, a la vez, de satisfacción tras haber alcanzado nuestra meta. Ahora, una vez más, nos aguarda Kathmadú.

Carla & Hernán