No había un
ómnibus directo a Sauraha, lo sabíamos, aunque jamás imaginamos que serían
cinco medios de transporte necesarios para arribar a nuestro siguiente destino:
un ómnibus desde Bhaktapur a Kathmandú, otro urbano a la terminal, otro a
Mugling y otro a Sauraha Chowk, una parada rutera que se ubica a seis
kilómetros de la ciudad, por ende, aceptamos subirnos al jeep del dueño de un
alojamiento que, gratuitamente, nos acercó por lo que nosotros, agradecidamente,
optamos por una de sus habitaciones aunque, al parecer, nuestro gesto sería
insuficiente y, por consiguiente, nos insistieron para que optásemos por sus
servicios de guía adentro del que sería nuestro mayor punto de interés, el
parque nacional Chitwan.
Dos motivos
–nuestro arribo impensadamente nocturno a Sauraha sumado a nuestra proyectada
estadía que, necesariamente, respetaríamos– nos impulsaron a ser infieles a
nuestra naturaleza y, de esta forma, aceptáramos su proposición sin aplicar
ningún juicio al resto de la oferta. Así, al día siguiente, un –más que
arrogante– guía nos acompañó, primeramente, al paseo abordo de una piragua de
madera a lo largo del río Rapti, desde donde observamos aves, cocodrilos y algunos
pocos monos y, posteriormente, iniciamos un trayecto a pie a través de la
jungla que nos acercó a grupos de turistas sobre elefantes y manadas de ciervos
aunque nuestra gran misión, ver a los rinocerontes, seguiría siendo
inalcanzable, de hecho, más allá de uno que Hernán vio aunque limitadamente
puesto se asustó –de Hernán?– y se echó a correr, nuestro guía que, al parecer,
sería más altanero que suertudo, apenas identificaba excrementos –que siempre
serían de ciervos–, no obstante, ya imaginábamos a nuestra jornada como un “semi-fracaso”
cuando oímos unos ruidos y vimos, aunque más sea fugazmente, un par de
rinocerontes adultos siguiéndose y, unos minutos más tarde, desde arriba del
jeep que nos trasladaría de regreso al alojamiento, otro rinoceronte que atravesaba
nuestro camino.
Ya nos sentíamos medianamente satisfechos
cuando, al día siguiente, iniciamos una travesía que superaría nuestras
expectativas, en efecto, alquilamos un par de bicicletas y, abordo de las
mismas, atravesamos plantaciones y poblaciones y, finalmente, alcanzamos otra
área protegida que alberga un gran número de lagunas (aunque no sean veinte mil
como indica su nombre), donde visualizamos
a manadas de ciervos, adicionalmente, algunos chanchos salvajes y, finalmente,
gracias al grupo de turistas de Bangladesh que nos los señalaran, madre e hijo
rinocerontes.
Y sí, ya no
podíamos exigirle más a nuestro destino por lo que, posteriormente, nos
dedicamos a pasear por Sauraha y su ribera, asimismo, vimos una exposición a
cargo de un “manosanta” que incluyó agua santa y poseídos, atravesamos más pueblos
igualmente encantadores cuyas casas serían íntegramente de barro, visitamos un
centro de elefantes adonde vimos crías de apenas seis semanas de edad,
presenciamos un atardecer alucinante y, de regreso, nos sumamos al festejo del
grupo de egresados que usurparon nuestro alojamiento y, además de deleitarnos a
partir del buffet que les sirvieran (y nos dejaran a un precio más que
razonable a nosotros, suponemos, debido a la culpa de nuestro semi-fracasado guía),
presenciamos un espectáculo de danza del fuego acompañada por música generada
por palitos y tambores y, por último, siguieron hits que pusieron a bailar a
los más jóvenes.
Ahora, sí, llegó
nuestro momento de partir a la que, probablemente sea, nuestra última ciudad
que visitaremos de Nepal, un destino nuevamente recomendado y que, por algún
motivo, proyectamos como “hogar” adonde pasaríamos nuestros primeros Navidad y
Año Nuevo lejos de casa...
Carla & Hernán