Qué importa que amaneciéramos muy
temprano, que tomásemos un primer camión desde Bandipur a la ruta, que
aguardásemos menos de diez minutos al servicio “express” de minibus que nos
trasladaría a Kathmandú y que pagásemos un taxi desde su última parada a la
Embajada de India si, de cualquier forma, sus puertas se encontraron cerradas
al momento de nuestro arribo y, por tal motivo, debimos retornar al día
siguiente y, entonces, comprendimos que no había sido más que otro deseo del
destino, en efecto, aquella mañana no sólo nos reencontramos con Herman Zapp
(se había sumado al minibus del grupo de matrimonios argentinos un día antes y,
al igual que nosotros, no había llegado a tiempo) quien nos entregó uno de los
dos kilos de yerba donados por los argentinos, sino que, además, vimos ingresar
a un viajero conocido, Feng, nuestro compañero de rutas camboyanas y asesor
número uno durante nuestro paso por su país, China.
Y después que nos otorgaran cinco meses de
visado y, de esta forma, diéramos por –casi– finalizado al trámite, nos
re-despedimos de Herman y coordinamos para reencontrarnos con Feng y sus dos
amigos, Seven y Will, quienes, a la tarde, nos invitaron a tomar unos tes
preparados por Feng a la terraza de su alojamiento, donde aguardamos al momento
de seguirlos para ir a cenar, de hecho, nos invitarían a cenar… al casino, sí,
gratis al casino adonde, obviamente, jugamos al tragamonedas y, más
sorprendentemente, miramos unas coreografías a cargo de unos amateurs,
conocimos un indio de “dedos dorados” que nos invitó a su casa en India y,
principalmente, nos atracamos gracias a la cena tipo buffet que sirven a sus
visitantes a quienes no requieren mínimo de apuestas (no obstante, un primer
casino reconoció al grupo de chinos y negó su ingreso por lo que nos
redirigimos a otro próximo).
Así nos despedimos de Feng, en efecto, ya
poseíamos nuestras TIMS (identificación como trekkers independientes), por tanto,
partiríamos rumbo al inicio del Langtang Trekking aunque, a causa de la gripe
que incomodaba a Carla, decidimos postergarlo –primero uno y después– dos días
y, entonces, nos dirigimos a Syabrubesi, una mínima y pintoresca población que
dista a 150 kilómetros de Kathmandú que requirieron a nuestro ómnibus, no menos
tortuoso (según la golpeada –por ventiladores– cabeza de Hernán) que su camino
(según el estómago de Carla), ocho horas para transitarlos.
Ubicada a 1,470 metros de altura,
Syabrubesi sería nuestro punto de partida al día siguiente aunque, una vez más
debido a Carla y, esta vez, una “señora diarrea” (o, quizás, a su inconciente
que se negaba a internarse a la montaña?), retrasamos un día nuestro inicio, lo
cual generó un triple resultado: malhumor en Hernán, soportar un día más al
anti-servicio de la tibetana del alojamiento y, finalmente, recuperación de
Carla.
Y dimos inicio al trekking sin guía ni
porteador más que Hernán, nos registramos ante un puesto militar, atravesamos
dos puentes e ingresamos a un camino ascendente, rocoso y rodeado por un
río y abundante vegetación; almorzamos en Bamboo (1,970 msnm) y, gracias a
nuestras óptimas energías que superaron al peso de la mochila de Hernán y a la
innata ineptitud física de Carla, seguimos andando a Rimche (2,450 msnm) adonde
arribamos al atardecer, después de seis horas de caminata agotadora –para
Hernán– y tortuosa –para Carla– y nos hospedamos en Ganesh View, un refugio
gratuito –al igual que los siguientes que usaríamos–, regenteado por una
familia de tibetanos tan agradables como su ducha de agua caliente, su
salamandra y sus vistas panorámicas.
Y la experiencia mejoró a partir del día
siguiente gracias, primero, a nuestra acertada decisión de dividir a la jornada
por lo que nuestros cuerpos sortearon innecesarias exigencias –el de Hernán– o
sobreexigencias –el de Carla– y, segundo, a la vegetación menos impenetrable
que, paulatinamente, dio paso a vistas de montañas alucinantes como, por
ejemplo, en Ghoda Tabela (2,970 msnm), adonde arribamos al mediodía,
almorzamos, jugamos a las cartas junto a la tibetana del albergue, sesteamos,
cenamos y abandonamos a la mañana siguiente para encarar un trayecto que
supusimos –acertadamente– no sería ni muy arduo ni muy extenso y, de esta
forma, arribamos al pueblo de Langtang (3,475 msnm) que nos enamoró: sus casas
de piedras, sus vecinos tibetanos (a lo largo del valle del Langtang abundan
los tibetanos refugiados) y, sí, su fábrica de quesos de yak también.
Ya, al día siguiente, iniciamos nuestro
último día de ascenso, atravesamos áreas áridas y, a medida que nos acercamos a
Kyanjin Gompa (3,860 msnm), nos sentimos más intimidados por sus montañas y más
hipnotizados por sus glaciares. No hay demasiadas actividades en Kyanjin Gompa,
un pueblo adonde se ubican, únicamente, albergues y otra fábrica de quesos de
yak, no obstante, quisimos quedarnos dos noches y, al día siguiente a nuestro
arribo, Hernán, un italiano con documento argentino –o un argentino con acento
italiano?– llamado David y un sueco apodado por nosotros “roxy” que vimos
reiteradamente a lo largo del trekking, ascendieron un punto panorámico ubicado
a 4,300 metros de altura, actividad que motivó a los muchachos (ahora se sumó
un español, Pablo) a pensar una excursión más prolongada al día siguiente
aunque, finalmente, quedase anulada dadas las condiciones de “roxy” al
amanecer, de esta forma, abandonamos Kyanjin Gompa e iniciamos un camino de
descenso que, desde ya, nos resultó más simple que inversamente, de hecho,
apenas paramos para tomar agua (que sería de deshielo), ingerir un poco de
queso o dar paso a porteadores –de equipajes o de materiales– o yaks;
atravesamos al pueblo de Langtang, Ghoda Tabela y, una vez más al atardecer,
nos albergamos en Rimche, desde donde iniciamos nuestro último día de trekking,
arribando a Syabrubesi al mediodía, adonde optaríamos por otro alojamiento
donde, casualmente, nos reencontraríamos con Ester, una española que conocimos
2,400 metros más arriba.
Al final, siete días de esfuerzo sucedieron
y, a la vez, de satisfacción tras haber alcanzado nuestra meta. Ahora, una vez
más, nos aguarda Kathmadú.
Carla & Hernán