11 de diciembre de 2011

... Nepal! (segunda parte)


Qué importa que amaneciéramos muy temprano, que tomásemos un primer camión desde Bandipur a la ruta, que aguardásemos menos de diez minutos al servicio “express” de minibus que nos trasladaría a Kathmandú y que pagásemos un taxi desde su última parada a la Embajada de India si, de cualquier forma, sus puertas se encontraron cerradas al momento de nuestro arribo y, por tal motivo, debimos retornar al día siguiente y, entonces, comprendimos que no había sido más que otro deseo del destino, en efecto, aquella mañana no sólo nos reencontramos con Herman Zapp (se había sumado al minibus del grupo de matrimonios argentinos un día antes y, al igual que nosotros, no había llegado a tiempo) quien nos entregó uno de los dos kilos de yerba donados por los argentinos, sino que, además, vimos ingresar a un viajero conocido, Feng, nuestro compañero de rutas camboyanas y asesor número uno durante nuestro paso por su país, China.
Y después que nos otorgaran cinco meses de visado y, de esta forma, diéramos por –casi– finalizado al trámite, nos re-despedimos de Herman y coordinamos para reencontrarnos con Feng y sus dos amigos, Seven y Will, quienes, a la tarde, nos invitaron a tomar unos tes preparados por Feng a la terraza de su alojamiento, donde aguardamos al momento de seguirlos para ir a cenar, de hecho, nos invitarían a cenar… al casino, sí, gratis al casino adonde, obviamente, jugamos al tragamonedas y, más sorprendentemente, miramos unas coreografías a cargo de unos amateurs, conocimos un indio de “dedos dorados” que nos invitó a su casa en India y, principalmente, nos atracamos gracias a la cena tipo buffet que sirven a sus visitantes a quienes no requieren mínimo de apuestas (no obstante, un primer casino reconoció al grupo de chinos y negó su ingreso por lo que nos redirigimos a otro próximo).
Así nos despedimos de Feng, en efecto, ya poseíamos nuestras TIMS (identificación como trekkers independientes), por tanto, partiríamos rumbo al inicio del Langtang Trekking aunque, a causa de la gripe que incomodaba a Carla, decidimos postergarlo –primero uno y después– dos días y, entonces, nos dirigimos a Syabrubesi, una mínima y pintoresca población que dista a 150 kilómetros de Kathmandú que requirieron a nuestro ómnibus, no menos tortuoso (según la golpeada –por ventiladores– cabeza de Hernán) que su camino (según el estómago de Carla), ocho horas para transitarlos.
Ubicada a 1,470 metros de altura, Syabrubesi sería nuestro punto de partida al día siguiente aunque, una vez más debido a Carla y, esta vez, una “señora diarrea” (o, quizás, a su inconciente que se negaba a internarse a la montaña?), retrasamos un día nuestro inicio, lo cual generó un triple resultado: malhumor en Hernán, soportar un día más al anti-servicio de la tibetana del alojamiento y, finalmente, recuperación de Carla.
Y dimos inicio al trekking sin guía ni porteador más que Hernán, nos registramos ante un puesto militar, atravesamos dos puentes e ingresamos a un camino ascendente,  rocoso y rodeado por un río y abundante vegetación; almorzamos en Bamboo (1,970 msnm) y, gracias a nuestras óptimas energías que superaron al peso de la mochila de Hernán y a la innata ineptitud física de Carla, seguimos andando a Rimche (2,450 msnm) adonde arribamos al atardecer, después de seis horas de caminata agotadora –para Hernán– y tortuosa –para Carla– y nos hospedamos en Ganesh View, un refugio gratuito –al igual que los siguientes que usaríamos–, regenteado por una familia de tibetanos tan agradables como su ducha de agua caliente, su salamandra y sus vistas panorámicas.
Y la experiencia mejoró a partir del día siguiente gracias, primero, a nuestra acertada decisión de dividir a la jornada por lo que nuestros cuerpos sortearon innecesarias exigencias –el de Hernán– o sobreexigencias –el de Carla– y, segundo, a la vegetación menos impenetrable que, paulatinamente, dio paso a vistas de montañas alucinantes como, por ejemplo, en Ghoda Tabela (2,970 msnm), adonde arribamos al mediodía, almorzamos, jugamos a las cartas junto a la tibetana del albergue, sesteamos, cenamos y abandonamos a la mañana siguiente para encarar un trayecto que supusimos –acertadamente– no sería ni muy arduo ni muy extenso y,  de esta forma, arribamos al pueblo de Langtang (3,475 msnm) que nos enamoró: sus casas de piedras, sus vecinos tibetanos (a lo largo del valle del Langtang abundan los tibetanos refugiados) y, sí, su fábrica de quesos de yak también.
Ya, al día siguiente, iniciamos nuestro último día de ascenso, atravesamos áreas áridas y, a medida que nos acercamos a Kyanjin Gompa (3,860 msnm), nos sentimos más intimidados por sus montañas y más hipnotizados por sus glaciares. No hay demasiadas actividades en Kyanjin Gompa, un pueblo adonde se ubican, únicamente, albergues y otra fábrica de quesos de yak, no obstante, quisimos quedarnos dos noches y, al día siguiente a nuestro arribo, Hernán, un italiano con documento argentino –o un argentino con acento italiano?– llamado David y un sueco apodado por nosotros “roxy” que vimos reiteradamente a lo largo del trekking, ascendieron un punto panorámico ubicado a 4,300 metros de altura, actividad que motivó a los muchachos (ahora se sumó un español, Pablo) a pensar una excursión más prolongada al día siguiente aunque, finalmente, quedase anulada dadas las condiciones de “roxy” al amanecer, de esta forma, abandonamos Kyanjin Gompa e iniciamos un camino de descenso que, desde ya, nos resultó más simple que inversamente, de hecho, apenas paramos para tomar agua (que sería de deshielo), ingerir un poco de queso o dar paso a porteadores –de equipajes o de materiales– o yaks; atravesamos al pueblo de Langtang, Ghoda Tabela y, una vez más al atardecer, nos albergamos en Rimche, desde donde iniciamos nuestro último día de trekking, arribando a Syabrubesi al mediodía, adonde optaríamos por otro alojamiento donde, casualmente, nos reencontraríamos con Ester, una española que conocimos 2,400 metros más arriba.
Al final, siete días de esfuerzo sucedieron y, a la vez, de satisfacción tras haber alcanzado nuestra meta. Ahora, una vez más, nos aguarda Kathmadú.

Carla & Hernán