Y para
Kathmandú, al parecer, nuestra tercera vez sería su vencida, en efecto, si bien
junto a los Zapp ya habíamos paseado por Durbar Square, un área que, además de
negocios, alberga templos, muchos de los cuales, exhiben delicadas tallas de
madera; y junto a Feng y sus amigos, posteriormente, nos habíamos adentrado a
una parte de la vida nocturna nepalí; no sería sino después de aguantar otro
trayecto en ómnibus, esta vez, desde Syabrubesi a Kathmandú cuando visitaríamos
al resto –y mayor parte– de los puntos de interés de la capital del país. Y,
una vez más, no lo haríamos solos sino que nos veríamos acompañados por Ester,
una aragonesa genia del trekking que habíamos conocido en Kyanjin Gompa y reencontrado
en Syabrubesi, amante de los deportes de alto riesgo y dueña de un innegable
sentido del humor.
Así, ni bien
arribados a Kathmandú, nos dirigimos al hotel de Ester que, acaso, se trató del
mismo adonde se había hospedado Feng y que nosotros, ahora también, optaríamos
para alojarnos, dando inicio, de esta forma, a otra estadía atípicamente
compartida junto a Ester: desayunos, almuerzos, meriendas y cenas (ambas
muchachas, de hecho, habrían compartido su pasión por la gastronomía) que
solían prolongarse debido a las tertulias que se generaban; mateadas que,
obviando una primera reacción debido a la amargura, terminaron siendo un éxito;
y muchos paseos: a lo largo de la turística Thamel, un área adonde abundan
negocios tan deseados por Carla como arrasados por Ester; asimismo visitamos
Boudha, una stupa gigante e inmaculada que atrae a montones de tibetanos aunque
rodeada, también, por montones de negocios destinados a turistas, no obstante,
uno de los más agradables templos de Nepal; alcanzamos Pashupatinath, uno de
los principales templos hindúes del país adonde se agrupan personajes: turistas
y, por consiguiente, sadhus que
atraen miradas y requieren propinas para obtener sus fotos (o, viceversa, usan
sus fotos como propinas a, por ejemplo, un cigarrillo que pidieron a Ester),
monos y vacas, peregrinos o, simplemente, seres que se acercan a despedir a
otros, en efecto, Pashupatinath se ubica a orillas del río Bagmati, adonde se
arrojan las cenizas de las cremaciones que allí, al aire libre, se realizan e, impresionantemente,
intervienen niños que andan por sus aguas recogiendo maderas o, por qué no, joyas
desprendidas de alguno de los cuerpos también; y, finalmente, visitamos a Swayambhunath,
más conocido como Monkey Temple, que alberga una gran stupa, imágenes de Buda,
templos y, lógicamente, montones de monos.
Y, de esta
manera, pasamos uno y otro día en Kathmandú, una ciudad que despertó recuerdos
a Hernán, asimismo, un inexplicable atractivo a ambos que, incluso, nos instó a
gestionar una extensión de nuestro visado para incluir más ciudades a nuestro
itinerario nepalí y, desde ya, asombro a partir de sus casualidades o
causalidades, aquellos encuentros y reencuentros (hasta con “roxy” nos volvimos
a ver) que nutrieron tanto nuestras estadías aunque, ahora, una nueva –y más
sentida de lo esperado– despedida nos aguardaba, un adiós a Ester que
retornaría a su Grisen mientras que nosotros seguiríamos nuestro viaje a otra
ciudad ubicada en el valle de Kathmandú que, una y otra vez, nos recomendaron y
que se llama Bhaktapur.
Carla & Hernán