17 de diciembre de 2011

... Nepal! (tercera parte)


Y para Kathmandú, al parecer, nuestra tercera vez sería su vencida, en efecto, si bien junto a los Zapp ya habíamos paseado por Durbar Square, un área que, además de negocios, alberga templos, muchos de los cuales, exhiben delicadas tallas de madera; y junto a Feng y sus amigos, posteriormente, nos habíamos adentrado a una parte de la vida nocturna nepalí; no sería sino después de aguantar otro trayecto en ómnibus, esta vez, desde Syabrubesi a Kathmandú cuando visitaríamos al resto –y mayor parte– de los puntos de interés de la capital del país. Y, una vez más, no lo haríamos solos sino que nos veríamos acompañados por Ester, una aragonesa genia del trekking que habíamos conocido en Kyanjin Gompa y reencontrado en Syabrubesi, amante de los deportes de alto riesgo y dueña de un innegable sentido del humor.
Así, ni bien arribados a Kathmandú, nos dirigimos al hotel de Ester que, acaso, se trató del mismo adonde se había hospedado Feng y que nosotros, ahora también, optaríamos para alojarnos, dando inicio, de esta forma, a otra estadía atípicamente compartida junto a Ester: desayunos, almuerzos, meriendas y cenas (ambas muchachas, de hecho, habrían compartido su pasión por la gastronomía) que solían prolongarse debido a las tertulias que se generaban; mateadas que, obviando una primera reacción debido a la amargura, terminaron siendo un éxito; y muchos paseos: a lo largo de la turística Thamel, un área adonde abundan negocios tan deseados por Carla como arrasados por Ester; asimismo visitamos Boudha, una stupa gigante e inmaculada que atrae a montones de tibetanos aunque rodeada, también, por montones de negocios destinados a turistas, no obstante, uno de los más agradables templos de Nepal; alcanzamos Pashupatinath, uno de los principales templos hindúes del país adonde se agrupan personajes: turistas y, por consiguiente, sadhus que atraen miradas y requieren propinas para obtener sus fotos (o, viceversa, usan sus fotos como propinas a, por ejemplo, un cigarrillo que pidieron a Ester), monos y vacas, peregrinos o, simplemente, seres que se acercan a despedir a otros, en efecto, Pashupatinath se ubica a orillas del río Bagmati, adonde se arrojan las cenizas de las cremaciones que allí, al aire libre, se realizan e, impresionantemente, intervienen niños que andan por sus aguas recogiendo maderas o, por qué no, joyas desprendidas de alguno de los cuerpos también; y, finalmente, visitamos a Swayambhunath, más conocido como Monkey Temple, que alberga una gran stupa, imágenes de Buda, templos y, lógicamente, montones de monos.
Y, de esta manera, pasamos uno y otro día en Kathmandú, una ciudad que despertó recuerdos a Hernán, asimismo, un inexplicable atractivo a ambos que, incluso, nos instó a gestionar una extensión de nuestro visado para incluir más ciudades a nuestro itinerario nepalí y, desde ya, asombro a partir de sus casualidades o causalidades, aquellos encuentros y reencuentros (hasta con “roxy” nos volvimos a ver) que nutrieron tanto nuestras estadías aunque, ahora, una nueva –y más sentida de lo esperado– despedida nos aguardaba, un adiós a Ester que retornaría a su Grisen mientras que nosotros seguiríamos nuestro viaje a otra ciudad ubicada en el valle de Kathmandú que, una y otra vez, nos recomendaron y que se llama Bhaktapur.

Carla & Hernán