Llegar a
Bhaktapur, por suerte, no nos exigió un gran esfuerzo gracias, en primer lugar,
a nuestras mochilas momentáneamente reducidas (ya que habíamos dejado gran parte
de nuestras ropas en Kathmandú) y, posteriormente, a los pocos kilómetros que separaron
nuestro origen de nuestro destino y que se tradujeron en, apenas, una hora de asfaltado
camino.
Igualmente no
nos exigió demasiado dinero ya que, sin quererlo, ingresamos al área antigua de
Bhaktapur obviando uno de los tantos puestos de venta de su altísimo ticket de
entrada, desde donde iniciamos nuestra búsqueda de alojamiento, optando por uno
que, al igual que siempre, se ajustó a nuestro presupuesto y que, además, poseía
una terraza adonde pasamos más tardes de mates y, nuestra habitación, un
afrancesado balcón desde donde miramos a protestantes con antorchas, una y otra
vez, a lo largo de nuestra estadía.
Bhaktapur nos
resultó sumamente más atractiva que su vecina Kathmandú: una ciudad que, al
parecer, resulta íntegramente de ladrillos a la vista, un Durbar Square más
conservado, grandes templos que exhiben grandes imágenes de animales,
principalmente, y menos ruidos, mucho menos ruidos, en efecto, no se permiten ingresar
vehículos motorizados –lo cual se interpreta, aparte, como una ausencia de
bocinas– a la parte antigua de la ciudad.
Y, como se
supondría, caminamos muchísimo a través de su maraña de callejuelas aunque,
ahora queriéndolo, obviando cada uno de los puestos de venta del ticket de
entrada, asimismo, seguimos agasajando a nuestros estómagos a partir de la
recomendación del joven “amigo” de Hernán, un simple restaurantito, un tanto
oscuro –o excesivamente si nuestro arribo coincidía con uno de los tantos
cortes de luz que dejaban a ciegas a la ciudad– aunque siempre visitado por
montones de nepalíes.
Y cuando nos
disponíamos a subirnos a un ómnibus para visitar uno de sus alrededores, un
paro general postergó nuestros planes que, aquel día, terminaron siendo
reciclados por otra excursión, de esta forma, iniciamos un trayecto a pie
atravesando campos y pequeñas poblaciones y, finalmente, arribamos a Changu, un
pintoresco pueblo que antecede uno de los templos hindúes más hermosos que
hemos visto al momento mientras que, al día siguiente, sí, nos dirigimos a
Nagarkot, una pequeña población que destaca por sus vistas a los Himalayas, de
hecho, una vez descendidos del ómnibus, dimos inicio a una caminata arriba al
que sería, casualmente, nuestra base del día: un adorable hotel adonde solicitamos
un par de tes negros que nos sirvieron de pretexto para quedarnos más de lo
debido apreciando al Langtang y otros picos nevados.
No quedan
dudas: Bhaktapur y sus alrededores nos gustaron demasiado y, además, nos
sirvieron para que retomáramos nuestro ritmo de viaje que, por un motivo u
otro, se vio alterado –aunque felizmente– desde que ingresamos a Nepal. Así
que, ahora, le diríamos “hasta luego” a las montañas para dirigirnos al sur del
país, de hecho, nuestro siguiente objetivo será una población, quizás, una
única que visitaremos del área del Terai, que nos servirá como acceso para, si
la suerte nos acompaña, ver a uno de los “cinco grandes” por más que nos
ubiquemos en pleno corazón de Asia.
Carla & Hernán