Abordo del
ómnibus a Dharamsala nos veríamos más que acompañados: nos reencontramos a las
blondas europeas del tren a Amritsar y conocimos a la argentina residente en
Brasil, Ivana, que seguía a su maestro espiritual por India, al par de húngaros
quienes nos compartieron sus anécdotas “aeronáuticas” y al tibetano que nos
asesoraría al momento de subirnos al último de los ómnibus del día, aquel que
nos trasladaría desde Dharamsala a McLeod Ganj y, asimismo, nos sugeriría
opciones de alojamiento que no serían agradables para nosotros, por tanto, a
partir del relevamiento a cargo de Carla e Ivana, optamos por uno regenteado
por indios cuyas vistas a las montañas desde el balcón de nuestra habitación acompañarían
nuestros desayunos, almuerzos y meriendas.
McLeod Ganj
nos generó una extraña primera impresión; como asilo del Dalai Lama y montones
de tibetanos, no imaginamos un pueblo moderno ni occidentalizado, no obstante,
no implicó nuestro desagrado sino que, al contrario, nos repusimos de unos dos
primeros días de diarrea y vómitos y, sí, gozamos de McLeod Ganj: su única vía
repleta de negocios de artesanías –y bueh, turistas también–, empapelada con
carteles de apoyo al pueblo del Tíbet y denuncia al régimen de China; Tsuglagkhang,
un complejo aunque ausente de mística que alberga al homónimo templo
(equivalente al Jokhang de Lhasa), al interesante Museo del Tíbet (exhibe la
historia de la usurpación de los chinos y el exilio de los tibetanos), al
monasterio donde un pequeño grupo de monjes debatían al estilo tibetano y a la
residencia del Dalai Lama (que se encontraba en Delhi al momento de nuestra
visita); su agradable temperatura nos instó a volver a los momos y a las
thukpas del restaurantito atendido por aquella joven tibetana, adonde siempre veríamos
a las mismas caras y, asimismo, aprendería Hernán a jugar al caremboard (similar al pool aunque
usando a los dedos para empujar a las fichas sobre un tablero de cuatro
agujeros); y su bosque que atravesamos y sus montañas a las cuales nos
acercamos al momento de visitar dos próximos pueblos, Dharamkot y Bhagsu, este
último, supuesta aldea hippie de israelíes que posee una mínima cascada que nos
generó igual desilusión que aquel sagrado –y llamado lago– Dal.
Ya sea por
nuestro acumulado cansancio o la comodidad que nos generara McLeod Ganj, nos
sentimos atrapados por lo que quisimos extender nuestro paso por aquí y
anulamos, acobardados también por el clima, nuestra ida al resto de las
ciudades del norte; así, después de festejar un nuevo cumple mes de viaje, el
#14, organizamos nuestra partida al sur, dando inicio a la que será nuestra
última etapa de viaje por esta “Incredible India”.
Carla & Hernán
