27 de febrero de 2011

... Indonesia! (segunda parte)


     Apenas unos 100 kilómetros -apróximadamente- nos separaban de nuestro próximo destino en la isla de Lombok aunque, sin saberlo aún, se tratarían de los 100 kilómetros más largos de nuestras vidas…
     A las 7 horas de la mañana, un minibus pasó a buscarnos (a los tres ya que Aurelien continuó viaje con nosotros) por nuestro alojamiento en Ubud a fin de trasladarnos a Padangbai (Bali), puerto de salida del ferry que nos cruzaría al puerto de arribo en Lombok. Después de 30 kilómetros y dos horas de viaje debido al tráfico, llegamos al primero de nuestros objetivos, donde embarcamos al ferry lento que habíamos contratado (si bien existe una opción rápida, habríamos optado por descartarla ya que… “cuánto podría demorarse un ferry en cruzar 25 kilómetros?”). Y bien alejados de todas nuestras aproximaciones, llegamos al puerto de Lembar (Lombok) después de 5 horas de viaje (aunque Carla apenas sostuvo una despierta)! Ahora bien, dado que nuestro destino serían unas islas ubicadas a 45 kilómetros de dicho puerto, un minibus nos recogió a fin de trasladarnos al puerto desde donde partirían los botes que nos cruzarían a las mismas, adonde no llegamos sino después de otras dos horas de viaje dado que dicho trayecto se vio sumamente demorado gracias a las extensas paradas generadas por nuestros “guías” mientras recogían otros pasajeros que ya habíamos visto en nuestro mismo ferry lento pero que, estratégicamente, habíamos sido separados a fin de intentar vendernos -muy insistentemente- algunos de sus servicios. De esta forma, nuestro minibus terminó ocupado por una pareja de reservados norteamericanos, una alemana histérica por las demoras, una francesa que no emitía sonido, un divertido español, un francés conocido -Aurelien- y nosotros. Finalmente, nuestro conductor decidió dejarnos en un café y tras caminar unos 300 metros llegamos al bastante descontrolado puerto de Bangsal (Lombok), donde logramos subir a un barco que, tras 30 minutos de viaje, nos permitió llegar a nuestro destino: Gili Air.
     Las islas Gili son tres: Trawangan -la más grande y la más descontrolada-, Meno -la más pequeña y las más desolada- y Air -una combinación de las dos anteriores y aquella elegida por nosotros-. Se trata de islas muy pequeñas, en efecto, dar la vuelta caminando a Air demoraba apenas dos horas… Y, a diferencia de Bali donde había templos hindúes por doquier, aquí predominan las mezquitas (en efecto, Indonesia resulta ser el país musulmán de mayor población en el mundo con 240 millones de habitantes). Asimismo son islas muy rústicas: no hay motores por lo que sólo se puede optar por bicicletas y carretas tiradas por caballos para transportarse mientras que la electricidad resulta escasa -los cortes de luz suceden a diario- y no hay agua dulce.
     Si bien son islas hermosas con playas de arenas finas y aguas turquesas cálidas y cristalinas repletas de vida marina… sentimos que no fuimos muy bienvenidos por la isla y, de una forma u otra, sólo quería que nos fuéramos (sí, ya sabemos, tenemos muchas horas de Lost encima). De esta forma, nuestra estadía en Gili Air estuvo condimentada con malhumores continuos debido a la presencia de nubes a diario, insectos por todos lados, mucha humedad, aguavivas molestísimas, episodios de furiosas diarreas, mosquitos potenciales transmisores de malaria, isleños más que cargosos… hasta bañarnos con agua salada nos generaba fastidio! Aunque, desde ya, cada uno de nosotros se vio diferentemente afectado por estos motivos (sabrán Uds. imaginar cuáles ítems influyeron en los ánimos de Hernán y cuáles, en los de Carla).
     Una vez más, al final de nuestra estadía playera –que coincidió con nuestro primer cumple-mes viajando-, logramos compensarnos y nos embarcamos en un paseo por las otras dos islas y practicamos snorkel, pudiendo ver rayas y nadar con montones de peces y tortugas!
     Y así dejamos atrás Lombok para adentrarnos en Java, nuestra última isla/destino de Indonesia.

Carla & Hernán        

19 de febrero de 2011

... Indonesia! (primera parte)


     Después de 4 horas de vuelo de Air Asia, línea aérea de bajo costo cuyo servicio resultó ser más que óptimo, llegamos a Indonesia y, ni bien cruzamos la puerta de salida del aeropuerto de Denpasar en Bali, la combinación del calor más humedad, del aroma a arroz de jazmín y sahumerios y la aparición de “buscaclientes” por doquier nos hizo recordar cual sería parte de la esencia de nuestro viaje por Sudeste Asiático, lo cual provocó una sonrisa de felicidad en Carla y ganas irrefrenables en Hernán por hablar en “pseudo inglés” o “inglés asiático” con cualquier sujeto que cruzara por su camino.
     Ahora bien, siguiendo algunos consejos de nuestra Lonely Planet, salteamos a la gran cantidad de personas que nos ofrecían sus servicios de traslado y tomamos -acertadamente puesto terminó costando significativamente menos- un taxi desde la puerta del aeropuerto hacia la zona de Legian donde, también por recomendación de nuestra guía de viajes, optamos por una hostería sencilla, controlada por unos jóvenes y muy amables hermanos y, si bien limpia, el baño “privado” de la habitación no contaba ni con agua caliente (lo cual no constituye un problema debido al caluroso clima) ni con techo (a lo cual Carla, afortunadamente puesto resulta bastante común, logró adaptarse bastante rápido)…
     Una vez acomodados, dedicamos los siguientes días a recorrer Kuta -ruidosa y llena de acosadores vendedores y restaurantes-, Legian -similar a Kuta aunque un poco más tranquila- y Seminyak -mucho más tranquila y exclusiva que las anteriores-. Sus playas, si bien paraíso para surfistas, no resultaron muy atractivas para nosotros (excepto por una boda hindú que contemplamos) por lo que pasamos gran parte del tiempo recorriendo sus gangs o callejones, intercambiando palabras con incansables vendedores quienes nos asociaban constantemente con Messi (apenas una persona nos nombró a Maradona) y comiendo tan rico como barato: mientras Carla probaba diferentes platos indonesios, Hernán elegía nasi goreng super (arroz, verduras y pollo salteados, coronados por un huevo frito y acompañados por una galleta) una y otra vez.
     Dado que, debido a la anchura y aleatorio sentido de los callejones, abundan las motocicletas más que cualquier otro medio de transporte en la isla, decidimos alquilar una para alejarnos un poco y recorrer algunos de los atractivos más cercanos. Así llegamos a Ulu Watu, un templo hindú habitado por monos poco simpáticos que, si bien no nos impactó ni por su arquitectura ni por su envergadura (de hecho hay montones de templos hindúes en Bali), posee una ubicación inmejorable al borde de un acantilado. Asimismo visitamos algunas otras playas de aguas cristalinas como Ulu Watu, diminuta aunque repleta de surfistas, y Padang Padang.
     Dejando atrás a la irrefrenable Kuta y alrededores, un minibus nos condujo a Ubud, en el cual conocimos a Aurelien, un francés tan relajado como agradable que terminó siendo nuestro compañero de viaje durante algunos cuantos días. Al llegar buscamos alojamiento y optamos por uno de los cuantos homestay que se ofrecen (se trata de habitaciones ubicadas dentro del terreno de la casa de familia), recuperando algunas comodidades que habíamos gozado por última vez en Port Douglas: un cuarto delicadamente decorado, una cama gigante con sábanas bien limpias, un baño con toallones, agua caliente y techo y, por la mañana, un abundante desayuno que incluía té o café (sabroso aunque siempre repleto de borra como cualquier copi indonesio), leche de coco, waffles de banana y frutas frescas.
     Si bien preparada para recibir turistas, Ubud se trata de una ciudad tranquila, repleta de muestras artísticas balinesas (al respecto asistimos a una representación de danza legong), templos hindúes y algunos budistas, y rodeada de gigantescos y hermosísimos campos de arroz que nos atraparon durante tardes enteras.
     Una vez más creímos que una motocicleta sería lo más óptimo para transportarnos y, junto a Aurelien, nos dirigimos a Pura Besakih y, tras dos horas de recorrido por rutas que atravesaban pueblos y bordeaban arrozales, llegamos al templo hindú más importante de Bali. Después de recorrerlo acompañados por un guía que no nos dejó otra opción, seguimos viaje y llegamos al volcán Batur, el cual pudimos apreciar apenas desde un punto panorámico puesto que, a fin de ingresar al pueblo que lo rodea, debíamos pagar una entrada y, más allá de la indignación que nos provocó, ya era hora de comenzar nuestro retorno a Ubud.
     Y así llegamos al final de nuestro paseo por Bali a fin de aventurarnos a una nueva isla del archipiélago indonesio: Lombok.

Carla & Hernán        

13 de febrero de 2011

... Australia! (última parte)


     Llegamos a Perth, según previsto, en un vuelo de Qantas histórico para nosotros, en tanto, se trató del último trayecto recorrido utilizando pasajes de beneficio de empleado de línea aérea, dando fin, de esta forma, a una etapa más que significativa de nuestras vidas…
     Una vez en el aeropuerto doméstico de la ciudad, nos dirigimos hacia Northbridge, una zona cercana al centro donde se concentra buena parte de la actividad cultural y nocturna de la ciudad. Y si bien existe una oferta de albergues bastante amplia allí, nos resultó bastante difícil conseguir alojamiento ya que, según nos comentaran… “el mal clima de la costa noreste del país hizo que muchos turistas modificaran sus destinos” (y sí, claramente, cualquier persona coherente lo hubiera modificado). Después de algunas horas de búsqueda, terminamos en Bambú Hostel… bien ubicado aunque bastante bastante mugriento (por la salud de nuestras madres preferimos no subir fotos).
     Perth, sin lugar a dudas, no desentona con las demás ciudades australianas: joven, cosmopolita, prolija y muy limpia… Durante nuestro recorrido por la ciudad se destacó Kings Park, un jardín botánico inmenso y muy pero muy bien cuidado, donde pasamos buenos ratos –siestas incluidas- y reconfirmamos la seguridad que existe en Australia así como la calidad de vida que tienen sus habitantes, quienes tienen la posibilidad de disfrutar picnics con parejas, familiares o amigos en espacios verdes públicos impecables, donde nadie molesta a nadie y donde todo queda en exactas mismas condiciones al irse…
     Y llegamos al final de nuestro viaje por Australia, habiendo sido Perth, más que un destino en sí mismo, la puerta de salida hacia nuestro tan esperado Sudeste Asiático…

Carla & Hernán        

10 de febrero de 2011

... Australia! (tercera parte)


     Dejando atrás nuestro destino playero, nos dirigimos al centro de Australia más conocido como outback o desierto australiano y, después de poco más de dos horas de vuelo (apenas ocupado ya que, lógicamente… a quién se le ocurre viajar a una zona de ciclones?), llegamos a Ayers Rock, localidad que alberga a una de las “postales” de Australia más conocidas, Uluru, un monolito rocoso gigante y sagrado para los aborígenes locales.
     Apenas arribados, un micro nos trasladó hasta nuestro alojamiento, Ayers Rock Resort, un complejo compuesto por hoteles de diferentes categorías (de hecho, todas las opciones adonde dormir se limitan a éste), restaurantes, supermercado y demás negocios… ubicados en pleno desierto (y probablemente pertenecientes a un único dueño)! A fin de visitar ambos atractivos más cercanos, Uluru y Kata Tjuta, decidimos alquilar un automóvil y, ya que estábamos, experimentar el andar por las rutas al “estilo inglés”.
     Uluru es impresionante! No sólo por su color rojo intenso (que, quizás, no haya resultado tan sorprendente para nosotros) sino por su forma abruptamente perpendicular a una superficie completamente llana. Ambos, amanecer y atardecer, son imperdibles ya que, durante unos pocos minutos, estas formaciones se iluminan, cobran un color anaranjado cual fuego, tornándose mágicas.
     Dentro del parque nacional que conforman ambos monolitos, existen varios senderos para caminatas de diferentes duraciones y dificultades. Afortunadamente logramos recorrer varios, algunos agradables, otros espectaculares… aunque siempre acompañados por cientos y cientos de moscas insoportables!!! Sin lugar a dudas que, hasta la persona más paciente se sentiría fastidiada por éstas y, tras haberlas espantado durante horas seguidas, lograron quitarle parte del encanto al paisaje.
     Ya llegando al final de nuestra estadía, corta aunque suficiente, aprovechamos una tarde y aplacamos al calor del desierto en la pileta del complejo, preparándonos para aquel que será nuestro último destino australiano: Perth.

Carla & Hernán        

8 de febrero de 2011

... Australia! (segunda parte)

    
     Según planeado, nuestro tiempo en Sydney había concluido, por lo tanto, partimos bien temprano para embarcarnos en el primer vuelo disponible rumbo a Cairns y dar inicio así a nuestra primera semanita de vida de playa… idea que comenzó a desmoronarse apenas nos pusimos en contacto con personal de Qantas cuando una chica muy gentil nos informó que, aparentemente, se dirigía un ciclón hacia nuestro destino y tras haber analizado la posibilidad de alterar nuestro itinerario, no obstante, decidimos mantener nuestro programa ya que o bien nos dirigíamos allí o bien lo dejábamos atrás definitivamente y, como era de suponerse, no queríamos perdernos nada… pensamos “un par de días de lluvia y viento nos servirían para asentarnos un poco más!” Y así nos embarcamos al ojo de la tormenta (literalmente aunque sin saberlo aún).
     Después de tres horas de vuelo impecables y un servicio que derrocha calidad, llegamos a Cairns, donde volvimos a consultar sobre la relevancia del ciclón y, tras no haber encontrado demasiada preocupación, nos dirigimos rumbo a Port Douglas (gracias Napo por la recomendación), una pequeña ciudad ubicada a 60 km al norte del aeropuerto.
     Al llegar a nuestro destino, más allá del calor y la humedad típicamente tropicales, percibimos una desolación similar a una ciudad fantasma: muchos lugareños habían decidido auto-evacuarse por lo que había muy poca gente por las calles, negocios cerrados, recepciones vacías, pocos autos circulando… y nosotros, cual salidos de una burbuja, consultando por alojamiento baratito baratito!
     Rondaban las 17 horas (habíamos perdido el primer vuelo que partía desde Sydney mientras evaluábamos cómo seguir nuestro itinerario) y decidimos optimizar nuestras energías: Hernán se quedaría aguardando con nuestras mochilas mientras Carla iba en busca de alojamiento. Y sí, a la hora aproximadamente, Carla había recogido no sólo unas cuantas opciones dónde dormir, sino también unos cuantos (y tenebrosos) comentarios acerca del ciclón que llegaría en 24 horas… De esta forma, elegir alojamiento no resultó difícil ya que automáticamente descartó a todas aquellas construcciones poco rígidas y habitaciones en planta baja (por riesgo a las inundaciones) y aquéllas en último piso (por riesgo a las voladuras de techo), llegando a un departamento ubicado a una cuadra de la playa y muy pero muy… no no… pero muy top (vean las fotos) que, afortunadamente, se ajustaba a nuestro presupuesto (nunca supimos si nos hicieron precio porque sería la última vez que lo alquilarían ya que luego se lo llevaría el viento o porque no llegarían turistas por un largo tiempo).
     Una vez acomodados y abastecidos de comida (los supermercados permanecerían cerrados a partir del día siguiente), prosiguieron horas extrañas, siguiendo el camino de Yasi, el ciclón “más duro que golpearía a Australia en las últimas décadas” a través de las noticias. 
     Y Yasi vino pero, pobrecito y por fortuna nuestra, andaba bastante mal de los pulmones, de hecho, el turbo de casa movía más hojas que el ciclón. Por suerte, el centro del mismo pasó a más de 100 km al sur y sólo dejó hojas desparramadas por la cuidad. Eso sí… uno de los integrantes de la pareja no quiso perderse ni un minuto del “cyclone forward plan” australiano y se fue a dormir con la linterna bajo la almohada…
     Poco a poco, la rutina de Port Douglas comenzó a retomarse aunque, desafortunadamente, el clima no se normalizó y, tras Yasi, prosiguieron días nublados y lluvias tropicales más que recurrentes mientras que las caminatas por la playa interrumpidas por tormentas eléctricas potenciaban tanto la emoción cual corresponsal de catástrofe de Hernán como la devoción de Carla por los santos.
     De cualquier forma y dejando los “detalles” climáticos de lado, Port Douglas nos resultó encantadora: ambiente tropical, calles sin semáforos, playas muy limpias y larguísimas (comparadas con otras de la zona) y aguas cálidas que esconden al arrecife de coral más extenso del mundo, entorno al cual, hay montones de actividades organizadas aunque muy costosas también (al respecto, Yasi nos hizo ahorrar ya que, debido a las condiciones climáticas, éstas se encontraban suspendidas).
     Y ya llegando al final de nuestra estadía, la cual, más allá de las horas de encierro, fluyó en armonía, logramos conocer al sol de la “costa dorada” australiana que brilló intermitentemente, disfrutando también de la pile del departamento, y permitiéndonos llevar una imagen mucho más divertida de Port Douglas…

Carla & Hernán        

1 de febrero de 2011

... Australia! (primera parte)


     Quizás hayan sido los nervios del comienzo que se disiparon o, tal vez, las horas de sueño debido a la diferencia horaria con Buenos Aires que, poco a poco, fuimos recuperando pero, sin lugar a dudas, Sydney nos sentó más que bien!
     Arribamos tal cual previsto en vuelo de Qantas (para quienes sean relativos a las líneas aéreas y nunca hayan volado por ésta, sepan que tiene un servicio impresionante) y optamos por el tren (lo mas económico, obvio) para que nos acercara al centro de la ciudad. A fin de buscar alojamiento acorde a nuestro presupuesto, creímos que el barrio chino sería una buena opción y, por suerte, no nos equivocamos: no nos costó demasiado encontrar un hostel dirigido por un chino super meticuloso que tenía todo más que limpio y ordenado y controlado a través de cámaras de seguridad ubicadas estratégicamente en cada ambiente (al mejor estilo super chino de Buenos Aires). Así que, una vez acomodados en habitaciones óctuples y mixtas (a propósito, nuestros compañeros de cuarto -un asiático, un australiano, un hindú, un francés y otra persona de identidad desconocida que había montado una carpa entorno a su cama y tenía ropa de mujer debajo de ésta aunque voz masculina- fueron más que tranquilos) y motivados por el equipamiento de la cocina, fuimos de compras a una feria y compensamos a nuestros estómagos por lo mal tratados que habían sido en Auckland.
     Ahora sí, más descansados y con las panzas llenas, encaramos nuestra visita a la ciudad, en la cual se destacaron Pyrmont Bridge, The Rocks -su barrio tradicional- y, obviamente, Sydney Harbour con su Opera House (según Hernán, no se trata de una naranja abierta ni de velas al viento como dicen las guías de viajes sino que, sin lugar a dudas, se parece a la cara de Darth Vader, ya sea de frente o de perfil, según desde donde se lo mire) y su magnífico puente. Ciertamente, este rincón de la ciudad transmite una energía muy positiva y le dedicamos una buena cantidad de horas -diurnas y nocturnas-.
     Una vez recorrida en todas sus direcciones (quizás su limpieza y tecnología no nos impactó tanto ya que habíamos recién abandonado a su prolija vecina Auckland), nos embarcamos para tener una imagen de la ciudad desde otra perspectiva y nos dirigimos hacia Manly Beach, una playa que dista a 20 minutos en ferry de la ciudad. En un principio, recorrimos su playa principal con olas generosas para surfistas aunque repleta también de bluebottles (aguavivas chiquitas con filamentos larguísimos azules oscuro). A propósito, el pie de Carla, curioso por saber que pasaba si tocaba una, se enredó con un filamento, lo cual terminó en media hora de insultos. Por lo tanto, optamos por Shelley Beach,  la cual dista a 10 minutos a pie de la principal y, al encontrarse en una especie de mini-bahía, no tiene ni olas ni aguavivas, y allí pasamos el día sencillamente aunque podría haber sido a todo trapo ya que cuenta con parrillas eléctricas de acero inoxidable, mesas y sillas, bebederos de agua purificada, duchas y demás instalaciones abiertas a todo público… e impecables! En síntesis, si bien no se tratan de playas paradisíacas, sus aguas son cálidas y cristalinas y su entorno más que agradable, relajado y seguro y, considerando su cercanía a la ciudad, se convierte en una escapada envidiable (al menos para cualquier porteño).
     Sydney, cuya moneda cotiza mejor que el dólar americano y, si bien más cara que Auckland, tiene un rango de opciones de servicios mucho más amplio y sencillo de explorar por lo que nuestro presupuesto (apenas excedido) no constituyó obstáculo alguno.
     Y ya con ganas de abandonar un poquito las mega-ciudades y dedicarnos un tiempo a la relajación absoluta, encaramos nuestra partida rumbo a la costa norte del país…

Carla & Hernán