1 de febrero de 2011

... Australia! (primera parte)


     Quizás hayan sido los nervios del comienzo que se disiparon o, tal vez, las horas de sueño debido a la diferencia horaria con Buenos Aires que, poco a poco, fuimos recuperando pero, sin lugar a dudas, Sydney nos sentó más que bien!
     Arribamos tal cual previsto en vuelo de Qantas (para quienes sean relativos a las líneas aéreas y nunca hayan volado por ésta, sepan que tiene un servicio impresionante) y optamos por el tren (lo mas económico, obvio) para que nos acercara al centro de la ciudad. A fin de buscar alojamiento acorde a nuestro presupuesto, creímos que el barrio chino sería una buena opción y, por suerte, no nos equivocamos: no nos costó demasiado encontrar un hostel dirigido por un chino super meticuloso que tenía todo más que limpio y ordenado y controlado a través de cámaras de seguridad ubicadas estratégicamente en cada ambiente (al mejor estilo super chino de Buenos Aires). Así que, una vez acomodados en habitaciones óctuples y mixtas (a propósito, nuestros compañeros de cuarto -un asiático, un australiano, un hindú, un francés y otra persona de identidad desconocida que había montado una carpa entorno a su cama y tenía ropa de mujer debajo de ésta aunque voz masculina- fueron más que tranquilos) y motivados por el equipamiento de la cocina, fuimos de compras a una feria y compensamos a nuestros estómagos por lo mal tratados que habían sido en Auckland.
     Ahora sí, más descansados y con las panzas llenas, encaramos nuestra visita a la ciudad, en la cual se destacaron Pyrmont Bridge, The Rocks -su barrio tradicional- y, obviamente, Sydney Harbour con su Opera House (según Hernán, no se trata de una naranja abierta ni de velas al viento como dicen las guías de viajes sino que, sin lugar a dudas, se parece a la cara de Darth Vader, ya sea de frente o de perfil, según desde donde se lo mire) y su magnífico puente. Ciertamente, este rincón de la ciudad transmite una energía muy positiva y le dedicamos una buena cantidad de horas -diurnas y nocturnas-.
     Una vez recorrida en todas sus direcciones (quizás su limpieza y tecnología no nos impactó tanto ya que habíamos recién abandonado a su prolija vecina Auckland), nos embarcamos para tener una imagen de la ciudad desde otra perspectiva y nos dirigimos hacia Manly Beach, una playa que dista a 20 minutos en ferry de la ciudad. En un principio, recorrimos su playa principal con olas generosas para surfistas aunque repleta también de bluebottles (aguavivas chiquitas con filamentos larguísimos azules oscuro). A propósito, el pie de Carla, curioso por saber que pasaba si tocaba una, se enredó con un filamento, lo cual terminó en media hora de insultos. Por lo tanto, optamos por Shelley Beach,  la cual dista a 10 minutos a pie de la principal y, al encontrarse en una especie de mini-bahía, no tiene ni olas ni aguavivas, y allí pasamos el día sencillamente aunque podría haber sido a todo trapo ya que cuenta con parrillas eléctricas de acero inoxidable, mesas y sillas, bebederos de agua purificada, duchas y demás instalaciones abiertas a todo público… e impecables! En síntesis, si bien no se tratan de playas paradisíacas, sus aguas son cálidas y cristalinas y su entorno más que agradable, relajado y seguro y, considerando su cercanía a la ciudad, se convierte en una escapada envidiable (al menos para cualquier porteño).
     Sydney, cuya moneda cotiza mejor que el dólar americano y, si bien más cara que Auckland, tiene un rango de opciones de servicios mucho más amplio y sencillo de explorar por lo que nuestro presupuesto (apenas excedido) no constituyó obstáculo alguno.
     Y ya con ganas de abandonar un poquito las mega-ciudades y dedicarnos un tiempo a la relajación absoluta, encaramos nuestra partida rumbo a la costa norte del país…

Carla & Hernán