Después de 4 horas de vuelo de Air Asia, línea aérea de bajo costo cuyo servicio resultó ser más que óptimo, llegamos a Indonesia y, ni bien cruzamos la puerta de salida del aeropuerto de Denpasar en Bali, la combinación del calor más humedad, del aroma a arroz de jazmín y sahumerios y la aparición de “buscaclientes” por doquier nos hizo recordar cual sería parte de la esencia de nuestro viaje por Sudeste Asiático, lo cual provocó una sonrisa de felicidad en Carla y ganas irrefrenables en Hernán por hablar en “pseudo inglés” o “inglés asiático” con cualquier sujeto que cruzara por su camino.
Ahora bien, siguiendo algunos consejos de nuestra Lonely Planet, salteamos a la gran cantidad de personas que nos ofrecían sus servicios de traslado y tomamos -acertadamente puesto terminó costando significativamente menos- un taxi desde la puerta del aeropuerto hacia la zona de Legian donde, también por recomendación de nuestra guía de viajes, optamos por una hostería sencilla, controlada por unos jóvenes y muy amables hermanos y, si bien limpia, el baño “privado” de la habitación no contaba ni con agua caliente (lo cual no constituye un problema debido al caluroso clima) ni con techo (a lo cual Carla, afortunadamente puesto resulta bastante común, logró adaptarse bastante rápido)…
Una vez acomodados, dedicamos los siguientes días a recorrer Kuta -ruidosa y llena de acosadores vendedores y restaurantes-, Legian -similar a Kuta aunque un poco más tranquila- y Seminyak -mucho más tranquila y exclusiva que las anteriores-. Sus playas, si bien paraíso para surfistas, no resultaron muy atractivas para nosotros (excepto por una boda hindú que contemplamos) por lo que pasamos gran parte del tiempo recorriendo sus gangs o callejones, intercambiando palabras con incansables vendedores quienes nos asociaban constantemente con Messi (apenas una persona nos nombró a Maradona) y comiendo tan rico como barato: mientras Carla probaba diferentes platos indonesios, Hernán elegía nasi goreng super (arroz, verduras y pollo salteados, coronados por un huevo frito y acompañados por una galleta) una y otra vez.
Dado que, debido a la anchura y aleatorio sentido de los callejones, abundan las motocicletas más que cualquier otro medio de transporte en la isla, decidimos alquilar una para alejarnos un poco y recorrer algunos de los atractivos más cercanos. Así llegamos a Ulu Watu, un templo hindú habitado por monos poco simpáticos que, si bien no nos impactó ni por su arquitectura ni por su envergadura (de hecho hay montones de templos hindúes en Bali), posee una ubicación inmejorable al borde de un acantilado. Asimismo visitamos algunas otras playas de aguas cristalinas como Ulu Watu, diminuta aunque repleta de surfistas, y Padang Padang.
Dejando atrás a la irrefrenable Kuta y alrededores, un minibus nos condujo a Ubud, en el cual conocimos a Aurelien, un francés tan relajado como agradable que terminó siendo nuestro compañero de viaje durante algunos cuantos días. Al llegar buscamos alojamiento y optamos por uno de los cuantos homestay que se ofrecen (se trata de habitaciones ubicadas dentro del terreno de la casa de familia), recuperando algunas comodidades que habíamos gozado por última vez en Port Douglas: un cuarto delicadamente decorado, una cama gigante con sábanas bien limpias, un baño con toallones, agua caliente y techo y, por la mañana, un abundante desayuno que incluía té o café (sabroso aunque siempre repleto de borra como cualquier copi indonesio), leche de coco, waffles de banana y frutas frescas.
Si bien preparada para recibir turistas, Ubud se trata de una ciudad tranquila, repleta de muestras artísticas balinesas (al respecto asistimos a una representación de danza legong), templos hindúes y algunos budistas, y rodeada de gigantescos y hermosísimos campos de arroz que nos atraparon durante tardes enteras.
Una vez más creímos que una motocicleta sería lo más óptimo para transportarnos y, junto a Aurelien, nos dirigimos a Pura Besakih y, tras dos horas de recorrido por rutas que atravesaban pueblos y bordeaban arrozales, llegamos al templo hindú más importante de Bali. Después de recorrerlo acompañados por un guía que no nos dejó otra opción, seguimos viaje y llegamos al volcán Batur, el cual pudimos apreciar apenas desde un punto panorámico puesto que, a fin de ingresar al pueblo que lo rodea, debíamos pagar una entrada y, más allá de la indignación que nos provocó, ya era hora de comenzar nuestro retorno a Ubud.
Y así llegamos al final de nuestro paseo por Bali a fin de aventurarnos a una nueva isla del archipiélago indonesio: Lombok.
Carla & Hernán