Otro tren nos
trasladaría a Kandy… y sería agradable por todos lados: adentro porque nos
acompañarían de los más simpáticos srilankeses –un amable y sonriente
matrimonio que nos convidaba algunas de sus frutas, un grupo de adolescentes
que improvisaba música y un señor cuyo paraguas serviría de aliado para dormir–
y afuera porque seguiríamos viendo más –e idílicos– paisajes de plantaciones de
té.
Arribados a la
ciudad, optamos por obviar a las ofertas de los conductores de tuk-tuk
(llamados “taxis” en Sri Lanka) y cargando nuestro cansancio –y nuestras
mochilas, por supuesto, también–, nos dirigimos al área del lago, ubicamos a la
calle Saranankara y, sobre ésta, al que sería nuestro alojamiento a lo largo de
nuestro paso por Kandy.
Y anduvimos
tranquilos, primero, por la salud de Carla que no mejoraba y, segundo –aunque
no menos importante para nosotros–, porque sentimos a la gente desesperada tras
el turista –o, mejor dicho, los dólares del turista–, situación que se volvió
más que evidente al momento de abonar entradas a los puntos de interés, de
hecho, proyectamos nuestros itinerarios a partir del “Cultural Triangle Ticket”
que, además de habilitarnos a ingresar a algunas de las ruinas más importantes
del país, nos serviría para conocer otras atracciones en Kandy aunque, al
momento de adquirirlo, supimos sobre la suspensión –por parte del gobierno– del
mencionado “combo de entradas” por lo que, ahora, nos vimos obligados a
reprogramar nuestro itinerario a futuro (ya que la suspensión supuso, igualmente,
la fijación de altísimos precios por entrada) y, asimismo, nuestro paseo a
presente, de esta forma, anduvimos por la ciudad y su colorido mercado,
ingresamos al Templo de la Reliquia Sagrada del Diente de Buda mas no para ver
al diente –ya que nos exigían un pago ídem exagerado al resto– sino para
empaparnos del ambiente –más o menos– místico del lugar repleto de peregrinos
que se acercan a éste, uno de los más sagrados del budismo en Sri Lanka;
además, caminamos alrededor del lago y ascendimos al “acupuntado” y gigantesco
Buda que sirve como protector de la ciudad.
Digamos que
nuestro paso por Kandy no sería del todo aprovechado, sin embargo, nos sentimos
contentos… a partir de nuestras almas que siguen relajadas, causa –o, quizás,
consecuencia?– de la satisfacción que sienten nuestros estómagos al sentarse,
día tras día, a la mesa de Sri Lanka.
Ahora, por lo
pronto, abandonaremos a las tierras altas del país, para dirigirnos al elegido
vértice del llamado “Triángulo Cultural”, Dambulla, una ciudad que nos acercará
a la “Roca del León” y nos remitirá aún más a la ancestral presencia del
budismo en Sri Lanka.
Carla & Hernán




