13 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (quinta parte)


Otro tren nos trasladaría a Kandy… y sería agradable por todos lados: adentro porque nos acompañarían de los más simpáticos srilankeses –un amable y sonriente matrimonio que nos convidaba algunas de sus frutas, un grupo de adolescentes que improvisaba música y un señor cuyo paraguas serviría de aliado para dormir– y afuera porque seguiríamos viendo más –e idílicos– paisajes de plantaciones de té.
Arribados a la ciudad, optamos por obviar a las ofertas de los conductores de tuk-tuk (llamados “taxis” en Sri Lanka) y cargando nuestro cansancio –y nuestras mochilas, por supuesto, también–, nos dirigimos al área del lago, ubicamos a la calle Saranankara y, sobre ésta, al que sería nuestro alojamiento a lo largo de nuestro paso por Kandy.
Y anduvimos tranquilos, primero, por la salud de Carla que no mejoraba y, segundo –aunque no menos importante para nosotros–, porque sentimos a la gente desesperada tras el turista –o, mejor dicho, los dólares del turista–, situación que se volvió más que evidente al momento de abonar entradas a los puntos de interés, de hecho, proyectamos nuestros itinerarios a partir del “Cultural Triangle Ticket” que, además de habilitarnos a ingresar a algunas de las ruinas más importantes del país, nos serviría para conocer otras atracciones en Kandy aunque, al momento de adquirirlo, supimos sobre la suspensión –por parte del gobierno– del mencionado “combo de entradas” por lo que, ahora, nos vimos obligados a reprogramar nuestro itinerario a futuro (ya que la suspensión supuso, igualmente, la fijación de altísimos precios por entrada) y, asimismo, nuestro paseo a presente, de esta forma, anduvimos por la ciudad y su colorido mercado, ingresamos al Templo de la Reliquia Sagrada del Diente de Buda mas no para ver al diente –ya que nos exigían un pago ídem exagerado al resto– sino para empaparnos del ambiente –más o menos– místico del lugar repleto de peregrinos que se acercan a éste, uno de los más sagrados del budismo en Sri Lanka; además, caminamos alrededor del lago y ascendimos al “acupuntado” y gigantesco Buda que sirve como protector de la ciudad.
Digamos que nuestro paso por Kandy no sería del todo aprovechado, sin embargo, nos sentimos contentos… a partir de nuestras almas que siguen relajadas, causa –o, quizás, consecuencia?– de la satisfacción que sienten nuestros estómagos al sentarse, día tras día, a la mesa de Sri Lanka.
Ahora, por lo pronto, abandonaremos a las tierras altas del país, para dirigirnos al elegido vértice del llamado “Triángulo Cultural”, Dambulla, una ciudad que nos acercará a la “Roca del León” y nos remitirá aún más a la ancestral presencia del budismo en Sri Lanka.

Carla & Hernán          

10 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (cuarta parte)


Y cuando creíamos que nada superaría a las Cameron Highlands de Malasia, conocimos a Haputale.
Ya, por sí mismo, el traslado a la ciudad sería un atractivo, abordo de otro mínimo tren que, esta vez, se zambulliría en campos de té que, progresivamente, se volvieron más grandes y más hermosos.
Si bien la ciudad de Haputale, por su parte, no sería demasiado agradable, sus alrededores más inmediatos apoderados por más plantaciones de té serían lo suficientemente bellos como para hacer de nuestro hotel, uno de los más encantadores de los últimos tiempos a partir de sus –otras vez verdes– vistas.
Justamente, más vistas serían las que nos interesarían al momento de salir a pasear; así, alcanzamos a la antigua mansión del empresario del té, Sir Thomas Lister Villiers, adquirida por la orden benedictina y convertida en monasterio en 1961; además del negocio donde venden mermeladas preparadas por los pocos monjes que habitan al caserón, visitamos un par de salas abiertas al público aunque su mayor atractivo, para nosotros, seguiría siendo su exterior: su arquitectura y sus vistas a las laderas de té que, alguna vez, pertenecieron al mismo Sir Lister Villiers, quien no sería el único británico –obviamente– que se serviría de las tierras altas de Sri Lanka para originar su imperio, de hecho, un poco más alejadas se encuentran la fábrica, el pueblo –de los trabajadores– y las majestuosas plantaciones de Sir Thomas Lipton, a través de las cuales caminamos, visualizamos al minucioso trabajo de recolección de brotes y hojas de té realizado por las mujeres tamiles y alcanzamos al llamado “asiento de Lipton”, un punto panorámico, quizás, aquel mayormente adorado por el escocés, donde conocimos –e hicimos felices– a Sangar Cravi al regalarle una moneda de Argentina… porque aquel simpático srilankés sería, además de cobrador de la entrada al punto panorámico, un gran coleccionista de billetes y monedas del mundo… un mundo que conoce a través de los turistas que allí se acercan.
Ya lo dijimos alguna vez: las plantaciones de té implican un nuevo –aunque ya no tan nuevo– paisaje para nosotros y, a la vez, una de las imágenes más hermosas, simplemente, un paisaje de ensueños, no obstante, ahora debemos volver a partir, incluso, soportando al resfrío vuelto gripe de Carla, rumbo al siguiente destino, una parada obligada en el camino aunque, siendo la segunda de las más importantes ciudades de Sri Lanka, seguramente, no nos arrepentiremos de dedicarle algunos días a la conocida como la capital de las montañas, Kandy.

Carla & Hernán          

7 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (tercera parte)


Aquellos doscientos y pico de kilómetros que nos separaban de Ella serían sorteados por tres ómnibus: un primero desde Unawatuna a Matara a lo largo de la ruta paralela a la costa, un segundo que, desde allí, inició un camino adornado por gigantescas imágenes de Buda que surgían intempestivamente, sutilmente ascendente y verde a Wellawaya, donde abordamos un tercero que, finalmente, ascendió a los 1.041 metros (snm) de Ella.
Ya nuestras energías no son iguales a las del principio del viaje por lo que, arribados próximos al atardecer, elegimos un alojamiento –otra vez familiar, cuyos desayunos servidos en vajilla antigua como la de las abuelas, serían  igualmente grandiosos a los anteriores– e intentamos reponernos para unos siguientes días de actividades.
Ella… un nombre que sería tan romántico como su propia imagen: un pequeño pueblo extendido a lo largo de una única vía –que no sería otra que la ruta–, un poco turística, pues, agrupa un número importante de alojamientos y restaurantes que serían más agradables aún al momento de nuestra visita que coincidió con Vesak Poya, una de las principales celebraciones religiosas del budismo que conmemora al nacimiento de Siddhartha Gautama (Buda), ante la cual se decoran a las calles con lámparas de papel de colores y banderitas budistas que surgen por doquier. Al festejo de Vesak Poya nos invitaron y, en éste, compartiríamos “rice and curry” preparado para miles de personas por montones de voluntarios gracias al apoyo de uno de los empresarios del pueblo (el mismo que, año tras año, arma una mega cocina/comedor para la ocasión) y, por supuesto, a las donaciones de alimentos realizadas por la gente de Ella.
Así, la gastronomía de Sri Lanka volvió a ocupar un papel protagónico debido a la abundancia y excelencia del “rice and curry” del Vesak Poya como al de Nilmini, un restaurantito a cargo de una simpática srilankesa quien prepararía una variedad de frutas o verduras en curry que, noche tras noche, alabaríamos.
Si hablamos de paseos, no más que dos horas se necesitarían para visitar al pueblo de Ella aunque existen sus alrededores inmediatos pensados como mini-trekkings que nos permitieron alcanzar puntos panorámicos como, por ejemplo, Mini Adam’s Peak, al cual ascendimos tras atravesar algunas plantaciones de té y desde donde obtuvimos vistas del verde entorno de Ella, dominado por su “gap” y su “rock” a la cual nos dirigimos, asimismo, abordando una jornada más extensa que nos vio caminando a lo largo de las vías del tren, desviándonos por un angosto sendero rodeado por abundante vegetación, atravesando más plantaciones de té, posteriormente, un bosque y, por último, alcanzando su cima.
Nos gustó Ella: nos sentimos oxigenados a partir de sus aires, su temperatura –notablemente menor a la de la costa– nos instó a abrigarnos por las noches aunque, igualmente, atrajo al resfrío de Carla mientras que sus paisajes nos animaron a ver más plantaciones de té, por ello, seguiremos adentrándonos a la isla e iremos tras las huellas del Sr. Lipton… quizás tengamos suerte y nos invite a ver su “jardín”.

Carla & Hernán          

4 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (segunda parte)


Jamás imaginamos que seguiríamos viajando en tren por Sri Lanka ni, mucho menos, que aquello nos resultara una nueva –y sumamente pintoresca– experiencia: sus antiguas y mínimas estaciones de trenes y trenes junto a las vías que, alineadas a la costa, nos regalaron –casi– ininterrumpidas vistas al mar, volvieron un atractivo por sí mismo al viaje a Unawatuna.
Y lo que nos atrajo al sur de Sri Lanka sería, una vez más, una playa… así que no perdimos tiempo: nos acomodamos en el primer alojamiento apropiado –o un poco más que apropiado… uno de los más bonitos de los últimos meses– y nos dedicamos a la playa de Unawatuna, angosta –desde su reconstrucción tras el tsunami de 2004– aunque innegablemente atractiva gracias al color del agua y al del –verde– ambiente.
Al sur de la playa, se ubica un alto promontorio rocoso y, sobre el mismo, una pagoda a la cual accedimos para obtener panorámicas de Unawatuna aunque ahí no nos quedamos sino que seguimos andando, atravesamos una jungla –actividad que nos generó opuestas sensaciones– y conocimos a Jungle Beach para, más tarde, alcanzar otra pagoda que sería semejante a la de Pokhara (Nepal), no sólo por su nombre, Peace Pagoda, sino por su imagen también, desde donde obtuvimos más panorámicas pero de Galle, una antigua colonia holandesa a la cual nos dirigimos, superamos a la actividad pesquera del camino y al puerto –tan colorido– de Galle y, tras andar unos cinco kilómetros, ingresamos al área amurallada de la ciudad que alberga un ejemplo de arquitectura colonial más bello y mejor conservado que otro… adorable Galle que nos invitó a caminarla de punta a punta por más que el sol –también en punta– no acosara a lo largo de todo el trayecto.
Así, al ambiente relajado de Galle y, por supuesto, de Unawatuna también, se sumaron nuestros ánimos que gozaron de la playa y de los paseos, de los abundantes “rice and curry” que llevábamos a la terraza de la habitación y de los “roti de verduras” que nos servían sobre aquellos platos protegidos por bolsas –o bien por amor al plástico o bien por odio al detergente, aún no lo sabemos– a los cuales ya nos vamos acostumbrando.
Y al igual –o un poco más también– que Colombo, Unawatuna nos generó ganas de quedarnos más días… pero nuestros treinta días de visado nos acotan y obligan a movernos rápido por lo que resolvimos abandonar al sur y a la costa para adentrarnos a la isla y dirigirnos a Ella, nuestra primera parada a lo largo de las llamadas “tierras altas” de Sri Lanka.

Carla & Hernán          

1 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (primera parte)


Nuestro vuelo a Colombo, la capital de Sri Lanka, partía a las diez y media de la mañana, no obstante, quisimos irnos del hotel de Chennai a la madrugada, subirnos al tren (porque, sí, la red de medios de transporte de India incluye a los aeropuertos también) y, sin prisa, arribar al aeropuerto adonde aguardaríamos que SpiceJet (que compañía aérea más apropiada para irnos de India!) iniciara su check-in; igualmente serenos nos sentimos al momento de atravesar “migraciones” por más que, al llegar al mostrador, nos separaran del mismo y solicitaran la intervención de un supervisor a quien explicamos nuestras no-intenciones de retornar a India (poseíamos una “single entry visa” para India y al parecer, quienes viajan a Sri Lanka, suelen retornar al país).
Siguió un vuelo ameno aunque sin servicio de comidas –lógicamente si se trata de una aerolínea “low-cost”– y, al rato de acomodarnos en el avión y ver a la verde Sri Lanka desde el aire, aterrizamos en el aeropuerto de Bandaranaike o, más simplemente, en Colombo; un agente de migraciones nos dio la bienvenida –y en español ya que, ante la ausencia de oportunidades, puso en práctica sus conocimientos con nosotros– y, tras tildar los pasos relativos al equipaje –retiro y aduana–, apuntamos nuestra dirección al centro de la ciudad.
Destino… Sí, ambos creemos que existe un destino al cual asociamos que no pudiéramos convertir nuestro excedente de rupias indias (que serían muchas gracias a las últimas noticias de nuestro país) a rupias srilankesas ni en el aeropuerto de Chennai ni en el de Colombo; que, por consiguiente, extrajéramos rupias srilankesas del cajero automático del aeropuerto y que, aleatoriamente, las guardáramos; que, sin inconvenientes, arribáramos al área de Fort mas no encontráramos ni una opción de alojamiento acorde para nosotros (lo cual, en parte, se lo debemos a los modismos de los srilankeses que llaman a los “restaurantes”, “hoteles” y a los “hoteles”, “rooms”); que un joven nos viera y nos sugiriera al área de Mt. Lavinia y que siguiéramos su consejo; que no nos subiéramos al primer colectivo rumbo a Mt. Lavinia, que sí lo hiciéramos al segundo, que en ese segundo hubiera un “punga” y que, al final de la cadena, ese “punga” acertara al bolsillo y nos dejara sin rupias srilankesas.
Uff, así arrancamos nuestra estadía en Colombo; optamos por una de las “rooms” de la familia que regenteaba un multi-espacio (porque sería su casa más hotel más restaurante más, según razonaríamos más tarde, albergue transitorio también), visitamos a la comisaría de Mt. Lavinia (y qué experiencia más bizarra que sería) y, quizás lo más interesante del día, volvimos al supermercado (y atónitos nos sentimos al ver góndolas tan llenas, o sea, tan distintas a las indias) e intentamos animarnos con sandwichitos de jamón o salame y queso (simplezas que son hoy rarezas para nosotros).
Y volvimos al foco… y acordamos que aquel robo no amargaría nuestro viaje por Sri Lanka, así, amanecimos sonrientes a la día siguiente, gozamos del suculento desayuno que nos prepararon y, un primer día, paseamos por Mt. Lavinia y sus playas del océano Índico y, al segundo día de yapa, nos dirigimos al centro de Colombo junto al monzón de mayo (que afecta a la costa oeste del país, teóricamente, nomás) y visitamos al área de negocios tipo Once de Pettah y a la de Fort que alberga un mix de arquitectura colonial y contemporánea, caminamos a lo largo de la costanera y nos adentramos a la llamada Slave Island.
Al final, la suerte que no tuvimos nosotros al arribo a Colombo, sí la tuvo Colombo con nosotros porque, gracias al contraste que supuso India, vimos una prolija y reducida urbe, pulcra y verde, en síntesis, una adorable ciudad!
Y así como nos gustó Colombo, nos gustó la gastronomía de Sri Lanka que comenzamos a descubrir a partir de sus arrolladitos y sus empanaditas y sus aromatizados –y extremadamente picantes– arroces.
Ahora bien, si el resto de Sri Lanka nos interesara menos, nos quedaríamos más días en Colombo… así que, sin vueltas, optimizamos nuestras energías (lo cual significa que, momentáneamente, volviéramos a minimizar nuestras mochilas) y, siguiendo a nuestro instinto de playa, nos dirigimos a la segunda parada del circuito srilankés, Unawatuna.

Carla & Hernán