Aquellos
doscientos y pico de kilómetros que nos separaban de Ella serían sorteados por
tres ómnibus: un primero desde Unawatuna a Matara a lo largo de la ruta
paralela a la costa, un segundo que, desde allí, inició un camino adornado por
gigantescas imágenes de Buda que surgían intempestivamente, sutilmente
ascendente y verde a Wellawaya, donde abordamos un tercero que, finalmente,
ascendió a los 1.041 metros (snm) de Ella.
Ya nuestras
energías no son iguales a las del principio del viaje por lo que, arribados
próximos al atardecer, elegimos un alojamiento –otra vez familiar, cuyos
desayunos servidos en vajilla antigua como la de las abuelas, serían igualmente grandiosos a los anteriores– e
intentamos reponernos para unos siguientes días de actividades.
Ella… un
nombre que sería tan romántico como su propia imagen: un pequeño pueblo
extendido a lo largo de una única vía –que no sería otra que la ruta–, un poco
turística, pues, agrupa un número importante de alojamientos y restaurantes que
serían más agradables aún al momento de nuestra visita que coincidió con Vesak
Poya, una de las principales celebraciones religiosas del budismo que conmemora
al nacimiento de Siddhartha Gautama (Buda), ante la cual se decoran a las
calles con lámparas de papel de colores y banderitas budistas que surgen por
doquier. Al festejo de Vesak Poya nos invitaron y, en éste, compartiríamos “rice
and curry” preparado para miles de personas por montones de voluntarios gracias
al apoyo de uno de los empresarios del pueblo (el mismo que, año tras año, arma
una mega cocina/comedor para la ocasión) y, por supuesto, a las donaciones de
alimentos realizadas por la gente de Ella.
Así, la
gastronomía de Sri Lanka volvió a ocupar un papel protagónico debido a la
abundancia y excelencia del “rice and curry” del Vesak Poya como al de Nilmini,
un restaurantito a cargo de una simpática srilankesa quien prepararía una
variedad de frutas o verduras en curry que, noche tras noche, alabaríamos.
Si hablamos de
paseos, no más que dos horas se necesitarían para visitar al pueblo de Ella aunque
existen sus alrededores inmediatos pensados como mini-trekkings que nos
permitieron alcanzar puntos panorámicos como, por ejemplo, Mini Adam’s Peak, al
cual ascendimos tras atravesar algunas plantaciones de té y desde donde
obtuvimos vistas del verde entorno de Ella, dominado por su “gap” y su “rock” a
la cual nos dirigimos, asimismo, abordando una jornada más extensa que nos vio
caminando a lo largo de las vías del tren, desviándonos por un angosto sendero
rodeado por abundante vegetación, atravesando más plantaciones de té,
posteriormente, un bosque y, por último, alcanzando su cima.
Nos gustó
Ella: nos sentimos oxigenados a partir de sus aires, su temperatura –notablemente
menor a la de la costa– nos instó a abrigarnos por las noches aunque,
igualmente, atrajo al resfrío de Carla mientras que sus paisajes nos animaron a
ver más plantaciones de té, por ello, seguiremos adentrándonos a la isla e
iremos tras las huellas del Sr. Lipton… quizás tengamos suerte y nos invite a
ver su “jardín”.
Carla & Hernán
