4 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (segunda parte)


Jamás imaginamos que seguiríamos viajando en tren por Sri Lanka ni, mucho menos, que aquello nos resultara una nueva –y sumamente pintoresca– experiencia: sus antiguas y mínimas estaciones de trenes y trenes junto a las vías que, alineadas a la costa, nos regalaron –casi– ininterrumpidas vistas al mar, volvieron un atractivo por sí mismo al viaje a Unawatuna.
Y lo que nos atrajo al sur de Sri Lanka sería, una vez más, una playa… así que no perdimos tiempo: nos acomodamos en el primer alojamiento apropiado –o un poco más que apropiado… uno de los más bonitos de los últimos meses– y nos dedicamos a la playa de Unawatuna, angosta –desde su reconstrucción tras el tsunami de 2004– aunque innegablemente atractiva gracias al color del agua y al del –verde– ambiente.
Al sur de la playa, se ubica un alto promontorio rocoso y, sobre el mismo, una pagoda a la cual accedimos para obtener panorámicas de Unawatuna aunque ahí no nos quedamos sino que seguimos andando, atravesamos una jungla –actividad que nos generó opuestas sensaciones– y conocimos a Jungle Beach para, más tarde, alcanzar otra pagoda que sería semejante a la de Pokhara (Nepal), no sólo por su nombre, Peace Pagoda, sino por su imagen también, desde donde obtuvimos más panorámicas pero de Galle, una antigua colonia holandesa a la cual nos dirigimos, superamos a la actividad pesquera del camino y al puerto –tan colorido– de Galle y, tras andar unos cinco kilómetros, ingresamos al área amurallada de la ciudad que alberga un ejemplo de arquitectura colonial más bello y mejor conservado que otro… adorable Galle que nos invitó a caminarla de punta a punta por más que el sol –también en punta– no acosara a lo largo de todo el trayecto.
Así, al ambiente relajado de Galle y, por supuesto, de Unawatuna también, se sumaron nuestros ánimos que gozaron de la playa y de los paseos, de los abundantes “rice and curry” que llevábamos a la terraza de la habitación y de los “roti de verduras” que nos servían sobre aquellos platos protegidos por bolsas –o bien por amor al plástico o bien por odio al detergente, aún no lo sabemos– a los cuales ya nos vamos acostumbrando.
Y al igual –o un poco más también– que Colombo, Unawatuna nos generó ganas de quedarnos más días… pero nuestros treinta días de visado nos acotan y obligan a movernos rápido por lo que resolvimos abandonar al sur y a la costa para adentrarnos a la isla y dirigirnos a Ella, nuestra primera parada a lo largo de las llamadas “tierras altas” de Sri Lanka.

Carla & Hernán