Jamás
imaginamos que seguiríamos viajando en tren por Sri Lanka ni, mucho menos, que
aquello nos resultara una nueva –y sumamente pintoresca– experiencia: sus
antiguas y mínimas estaciones de trenes y trenes junto a las vías que, alineadas
a la costa, nos regalaron –casi– ininterrumpidas vistas al mar, volvieron un
atractivo por sí mismo al viaje a Unawatuna.
Y lo que nos
atrajo al sur de Sri Lanka sería, una vez más, una playa… así que no perdimos
tiempo: nos acomodamos en el primer alojamiento apropiado –o un poco más que
apropiado… uno de los más bonitos de los últimos meses– y nos dedicamos a la
playa de Unawatuna, angosta –desde su reconstrucción tras el tsunami de 2004–
aunque innegablemente atractiva gracias al color del agua y al del –verde–
ambiente.
Al sur de la
playa, se ubica un alto promontorio rocoso y, sobre el mismo, una pagoda a la
cual accedimos para obtener panorámicas de Unawatuna aunque ahí no nos quedamos
sino que seguimos andando, atravesamos una jungla –actividad que nos generó
opuestas sensaciones– y conocimos a Jungle Beach para, más tarde, alcanzar otra
pagoda que sería semejante a la de Pokhara (Nepal), no sólo por su nombre,
Peace Pagoda, sino por su imagen también, desde donde obtuvimos más panorámicas
pero de Galle, una antigua colonia holandesa a la cual nos dirigimos, superamos
a la actividad pesquera del camino y al puerto –tan colorido– de Galle y, tras andar
unos cinco kilómetros, ingresamos al área amurallada de la ciudad que alberga
un ejemplo de arquitectura colonial más bello y mejor conservado que otro…
adorable Galle que nos invitó a caminarla de punta a punta por más que el sol
–también en punta– no acosara a lo largo de todo el trayecto.
Así, al
ambiente relajado de Galle y, por supuesto, de Unawatuna también, se sumaron
nuestros ánimos que gozaron de la playa y de los paseos, de los abundantes
“rice and curry” que llevábamos a la terraza de la habitación y de los “roti de
verduras” que nos servían sobre aquellos platos protegidos por bolsas –o bien
por amor al plástico o bien por odio al detergente, aún no lo sabemos– a los
cuales ya nos vamos acostumbrando.
Y al igual –o
un poco más también– que Colombo, Unawatuna nos generó ganas de quedarnos más
días… pero nuestros treinta días de visado nos acotan y obligan a movernos
rápido por lo que resolvimos abandonar al sur y a la costa para adentrarnos a
la isla y dirigirnos a Ella, nuestra primera parada a lo largo de las llamadas “tierras
altas” de Sri Lanka.
Carla & Hernán
