Nuestro vuelo
a Colombo, la capital de Sri Lanka, partía a las diez y media de la mañana, no
obstante, quisimos irnos del hotel de Chennai a la madrugada, subirnos al tren
(porque, sí, la red de medios de transporte de India incluye a los aeropuertos
también) y, sin prisa, arribar al aeropuerto adonde aguardaríamos que SpiceJet
(que compañía aérea más apropiada para irnos de India!) iniciara su check-in; igualmente
serenos nos sentimos al momento de atravesar “migraciones” por más que, al
llegar al mostrador, nos separaran del mismo y solicitaran la intervención de
un supervisor a quien explicamos nuestras no-intenciones de retornar a India
(poseíamos una “single entry visa” para India y al parecer, quienes viajan a
Sri Lanka, suelen retornar al país).
Siguió un
vuelo ameno aunque sin servicio de comidas –lógicamente si se trata de una
aerolínea “low-cost”– y, al rato de acomodarnos en el avión y ver a la verde
Sri Lanka desde el aire, aterrizamos en el aeropuerto de Bandaranaike o, más
simplemente, en Colombo; un agente de migraciones nos dio la bienvenida –y en
español ya que, ante la ausencia de oportunidades, puso en práctica sus
conocimientos con nosotros– y, tras tildar los pasos relativos al equipaje
–retiro y aduana–, apuntamos nuestra dirección al centro de la ciudad.
Destino… Sí,
ambos creemos que existe un destino al cual asociamos que no pudiéramos convertir
nuestro excedente de rupias indias (que serían muchas gracias a las últimas
noticias de nuestro país) a rupias srilankesas ni en el aeropuerto de Chennai
ni en el de Colombo; que, por consiguiente, extrajéramos rupias srilankesas del
cajero automático del aeropuerto y que, aleatoriamente, las guardáramos; que,
sin inconvenientes, arribáramos al área de Fort mas no encontráramos ni una
opción de alojamiento acorde para nosotros (lo cual, en parte, se lo debemos a
los modismos de los srilankeses que llaman a los “restaurantes”, “hoteles” y a
los “hoteles”, “rooms”); que un joven nos viera y nos sugiriera al área de Mt.
Lavinia y que siguiéramos su consejo; que no nos subiéramos al primer colectivo
rumbo a Mt. Lavinia, que sí lo hiciéramos al segundo, que en ese segundo
hubiera un “punga” y que, al final de la cadena, ese “punga” acertara al
bolsillo y nos dejara sin rupias srilankesas.
Uff, así
arrancamos nuestra estadía en Colombo; optamos por una de las “rooms” de la
familia que regenteaba un multi-espacio (porque sería su casa más hotel más
restaurante más, según razonaríamos más tarde, albergue transitorio también),
visitamos a la comisaría de Mt. Lavinia (y qué experiencia más bizarra que
sería) y, quizás lo más interesante del día, volvimos al supermercado (y
atónitos nos sentimos al ver góndolas tan llenas, o sea, tan distintas a las
indias) e intentamos animarnos con sandwichitos de jamón o salame y queso (simplezas
que son hoy rarezas para nosotros).
Y volvimos al
foco… y acordamos que aquel robo no amargaría nuestro viaje por Sri Lanka, así,
amanecimos sonrientes a la día siguiente, gozamos del suculento desayuno que
nos prepararon y, un primer día, paseamos por Mt. Lavinia y sus playas del
océano Índico y, al segundo día de yapa, nos dirigimos al centro de Colombo
junto al monzón de mayo (que afecta a la costa oeste del país, teóricamente,
nomás) y visitamos al área de negocios tipo Once de Pettah y a la de Fort que
alberga un mix de arquitectura colonial y contemporánea, caminamos a lo largo
de la costanera y nos adentramos a la llamada Slave Island.
Al final, la
suerte que no tuvimos nosotros al arribo a Colombo, sí la tuvo Colombo con
nosotros porque, gracias al contraste que supuso India, vimos una prolija y
reducida urbe, pulcra y verde, en síntesis, una adorable ciudad!
Y así como nos
gustó Colombo, nos gustó la gastronomía de Sri Lanka que comenzamos a descubrir
a partir de sus arrolladitos y sus empanaditas y sus aromatizados –y
extremadamente picantes– arroces.
Ahora bien, si
el resto de Sri Lanka nos interesara menos, nos quedaríamos más días en
Colombo… así que, sin vueltas, optimizamos nuestras energías (lo cual significa
que, momentáneamente, volviéramos a minimizar nuestras mochilas) y, siguiendo a
nuestro instinto de playa, nos dirigimos a la segunda parada del circuito
srilankés, Unawatuna.
Carla & Hernán
