12 de julio de 2012

... Egipto! (cuarta parte)


Otra vez nos quedamos con ganas de subirnos al tren; aparte, sin servicio de ómnibus al destino, primero, nos dirigimos a Cairo y, desde allí al menos, uno y otro paso serían más sincronizados: desde Ramses Station (porque el ómnibus se dirigió a la estación de trenes), nos trasladamos a pie a Turgoman Garage desde donde, a los diez minutos, nos subimos al segundo de los ómnibus que, puntualmente, salió rumbo a Alexandria; a la estación de ómnibus de Alexandria arribamos aunque, inversamente, quisimos ir a la –más céntrica– estación de trenes por lo que acertamos al minibus y, antes de lo previsto, nos vimos asentados a la misma, desayunando y, unos minutos más tarde, yéndose –Hernán– a la ciudad, adonde ubicó al que sería nuestro alojamiento, un antiguo e impecable semi-piso adaptado, por supuesto, como pensión, al momento, uno de los más agradables de Egipto.
Quizás suene incongruente aunque, sí, así vimos a Alexandria: una gran urbe, no obstante, su gente sería relajada, más aún, si se la compara a la de sus pares al sur; moderna, por ejemplo, si miramos a la simbólica biblioteca aunque, no tanto, si nos remitimos a sus mercados, sus ruinas y sus transportes; idílicamente mediterránea, siempre y cuando, no seamos muy detallistas…
Y, al igual que siempre, caminamos: desde “lo de Clemente” a la costanera, atravesando montones de negocios –aunque, un poco más, de zapatos–; a lo largo de la misma, a las playas del este, aprovechadas por los egipcios que siguen, por supuesto, a los códigos del Islam, y al oeste, adonde se ven más pescadores y, más allá, al fuerte Qaitbay; y, desde las aguas nos dirigimos adentro y nos acercamos a las ruinas que datan de las ocupaciones griegas y romanas, así, visitamos –o, mejor dicho, Carla– al anfiteatro, seguidamente, ambos visualizamos al Pilar de Pompey y, gracias a la ayuda del sordomudo que nos guió a partir que Hernán le pidiera indicaciones (si si… al sordomudo!), ingresamos a las asombrosas –y gigantescas– catacumbas que datan del siglo II d.C, reveladas unos dieciocho siglos más tarde gracias al burro que, siguiendo una zanahoria, cayó a las mismas… una muestra impresionante, además, a partir del arte egipcio, griego y romano –o un mix de los tres– aplicado a la muerte.
Aparte de los negocios que significaron una superación a la abstinencia, no hay más por lo que Alexandria nos siga reteniendo, no obstante, sí queremos seguir viendo más de Egipto por lo que, nuevamente, nos trasladaremos, nos acercamos a otro border, al de Libia pues, a pocos kilómetros de allí, se ubica –ni más ni menos– uno de los más grandes de los oasis de Egipto: Siwa.

Carla & Hernán