Otra vez nos
quedamos con ganas de subirnos al tren; aparte, sin servicio de ómnibus al
destino, primero, nos dirigimos a Cairo y, desde allí al menos, uno y otro paso
serían más sincronizados: desde Ramses Station (porque el ómnibus se dirigió a
la estación de trenes), nos trasladamos a pie a Turgoman Garage desde donde, a
los diez minutos, nos subimos al segundo de los ómnibus que, puntualmente,
salió rumbo a Alexandria; a la estación de ómnibus de Alexandria arribamos
aunque, inversamente, quisimos ir a la –más céntrica– estación de trenes por lo
que acertamos al minibus y, antes de lo previsto, nos vimos asentados a la
misma, desayunando y, unos minutos más tarde, yéndose –Hernán– a la ciudad,
adonde ubicó al que sería nuestro alojamiento, un antiguo e impecable semi-piso
adaptado, por supuesto, como pensión, al momento, uno de los más agradables de
Egipto.
Quizás suene
incongruente aunque, sí, así vimos a Alexandria: una gran urbe, no obstante, su
gente sería relajada, más aún, si se la compara a la de sus pares al sur;
moderna, por ejemplo, si miramos a la simbólica biblioteca aunque, no tanto, si
nos remitimos a sus mercados, sus ruinas y sus transportes; idílicamente
mediterránea, siempre y cuando, no seamos muy detallistas…
Y, al igual
que siempre, caminamos: desde “lo de Clemente” a la costanera, atravesando
montones de negocios –aunque, un poco más, de zapatos–; a lo largo de la misma,
a las playas del este, aprovechadas por los egipcios que siguen, por supuesto,
a los códigos del Islam, y al oeste, adonde se ven más pescadores y, más allá,
al fuerte Qaitbay; y, desde las aguas nos dirigimos adentro y nos acercamos a
las ruinas que datan de las ocupaciones griegas y romanas, así, visitamos –o,
mejor dicho, Carla– al anfiteatro, seguidamente, ambos visualizamos al Pilar de
Pompey y, gracias a la ayuda del sordomudo que nos guió a partir que Hernán le
pidiera indicaciones (si si… al sordomudo!), ingresamos a las asombrosas –y
gigantescas– catacumbas que datan del siglo II d.C, reveladas unos dieciocho siglos más
tarde gracias al burro que, siguiendo una zanahoria, cayó a las mismas… una
muestra impresionante, además, a partir del arte egipcio, griego y romano –o un
mix de los tres– aplicado a la muerte.
Aparte de los
negocios que significaron una superación a la abstinencia, no hay más por lo
que Alexandria nos siga reteniendo, no obstante, sí queremos seguir viendo más
de Egipto por lo que, nuevamente, nos trasladaremos, nos acercamos a otro border, al de Libia pues, a pocos
kilómetros de allí, se ubica –ni más ni menos– uno de los más grandes de los oasis
de Egipto: Siwa.
Carla & Hernán