15 de julio de 2012

... Egipto! (quinta parte)


Qué ridículos que nos sentíamos extendiendo al brazo en “L” y moviéndolo arriba y abajo y, otra vez, arriba y abajo… aunque, no podemos negarlo, sirvió: un minibus que se dirigía a la estación de ómnibus nos vio y, antes –mucho antes– de la partida, nos vimos apostados a la misma, sin lugar a dudas, una de las más desagradables del viaje: ni asientos ni iluminación ni pisos aunque, sí, montones de mosquitos que avivaron a la paranoia de Carla, quien sin vergüenza –de la propia porque Hernán sintió a la ajena– usó a los –aún disponibles– espirales mata-mosquitos de Sri Lanka, incluso, mientras dialogábamos junto al joven matrimonio oriundo de Alexandria, que nos ayudaría a sobrepasar a la antesala a la siguiente de las torturas para Carla, principalmente, que se vio aún más incomodada a partir de la ubicación de los asientos del ómnibus (una última línea, justamente, la de los asientos que no se reclinan) y de la temperatura (gracias al motor que recalentaba nuestros traseros y, desde allí, al resto del cuerpo y, por supuesto, a los egipcios que soportan más al ahogo que al aire del aire acondicionado); a la madrugada, al menos, usurpamos unos asientos al momento que se vaciaban y, sí, más acomodados llegamos a Siwa.
Acababa de amanecer; el “ladrón de vírgenes” (porque la imagen del marido sería inversamente agradable a la de la mujer) nos invitó al “taxi” que lo aguardaba, abandonándonos al ingreso del hotel que nos recomendaba; agotados, no negociamos sino que, simplemente, aceptamos a la más económica de las habitaciones, sin aire acondicionado aunque, sí, poseía ventilador… un inútil ventilador por lo que, seguidamente a la adelantada siesta y, desde ya, sin ánimos de aguantar –sin ayudas– al calor del desierto en verano, negociamos una mudanza a la más “aire-acondicionada” de las habitaciones y, a partir de la misma, gozamos al hotel, juntamente, al jardín y, por supuesto, a la amarronada Siwa.
Más conservadores que otros, la gente de Siwa sería igualmente simpática, de hecho, nos invitarían –aunque no aceptáramos– a sus hogares al vernos deambular por las calles de la ciudad, desde lo más céntrico (como su mezquita y su rotonda alrededor de la cual se ubican sus negocios, más aún, que venden aceitunas) al atípico punto panorámico desde donde nos vimos in situ del oasis; alejándonos del núcleo, nos acercamos al Cleopatra Spring (agua de vertiente que da a lugar a una piscina), a las ruinas que, sinceramente, poco nos atrajeron y, a partir de la sugerencia de la Oficina de Turismo, nos dirigimos, primeramente, a pie aunque, al final, nos subimos –en movimiento, lo cual significó un “tropezón” para Carla– a la carretilla que acotó a los últimos kilómetros a Fatnas Island, adonde nos acomodamos y saboreamos al paisaje, igualmente, al jugo que nos sirviera la familia que, al igual que nosotros, aguardaba al atardecer; volviendo a Siwa, impulsados, otra vez…
Además, quisimos ver al desierto desde adentro, por ello, nos subimos junto al coreano y al par de taiwanesas con cámaras de fotos –o, mejor dicho, a las cámaras de fotos con par de taiwanesas– a la camioneta que, al desinflar sus gomas, se adentró a las arenas, jugó a la “montaña rusa” y, sobre una de las altas dunas, nos dio tiempo para que nosotros, ahora, jugáramos a deslizarnos, siendo un primer voluntario, obviamente, Hernán, seguidamente, los orientales y, gracias a Carla que le regalara su vez, nuevamente, Hernán aunque, antes que pidiera “una más”, nos subimos a la camioneta que, seguido, nos acercó al oasis adonde nos atemperamos, gustamos té y sheesha; más tarde, al malogrado pozo de petróleo de los rusos, un spring de agua a altísima temperatura; a la necrópolis de fósiles que datan del tiempo del mar; y, al final del día, al sitio desde donde vimos al atardecer sobre el Desierto de Libia; después del mismo, regresaríamos a Siwa aunque retrasadamente debido a las taiwanesas que anularon su noche en el desierto mas no, su cena por lo que, mientras aguardábamos su bon appetit, al menos, seguimos dándole al té y a la sheesha…
Así nos aproximamos al final de Siwa: un reencuentro –junto a los ingleses Alex y David– más aceitunas, pan y queso más paseo más siesta –gracias al check-out que negociamos– y, como resultado, regresamos –más que relajadamente– a la mínima estación de ómnibus, pues, nos dirigiremos –por última vez, supuestamente– a Cairo y, desde allí, al otro lado del canal de Suez, adonde se ubica la península Sinaí e, inminente a la misma, nuestros –lamentablemente– últimos días por Egipto…

Carla & Hernán