De regreso a
la tierra, nos aguardaba un minibus que, primero, nos acercó a Kom Ombo y, más
tarde, a Edfu, ambos, gigantescos templos impecablemente conservados y
dedicados a animales sagrados (al cocodrilo, de hecho, se exhiben momias de
cocodrilos, y al halcón que representa a Horus, respectivamente); mientras que,
al mediodía, nos vimos arribados a Luxor, adonde negociamos un importe más que
óptimo por una de las habitaciones –aunque sin aire acondicionado– del Bob
Marley House Hostel, otro de los hoteles de Aco (ya dijimos que sería un
ejemplo de negociante, no?).
A lo largo de
los días dedicados a Luxor, vimos atractivos y de los más variados,
primeramente, los quesos del supermercado: los egipcios consumen montones de
quesos que son, para nosotros, más que accesibles por lo que, aprovechándolos,
nos preparamos una comilona que, además, incluyó aceitunas, fiambres y hummus y que, a su vez, sumando a las
berenjenas del puesto de pollos al spiedo y los kosheri (una mezcla de arroz, lentejas, macarrones y salsa de
tomate), siguieron aumentando al amor por la gastronomía de Egipto.
Aparte de los
ya mencionados placeres de los dioses que nos regalamos, obviamente, visitamos
a los atractivos de la costa este del río Nilo, de los cuales destacamos a la
–aún azulada– costanera, al céntrico Templo de Luxor que se ilumina por las
noches, al zoco y, un poco más alejado, al Templo de Karnak, más grande que
ningún otro, asimismo, sus columnas y sus obeliscos, adonde nos vimos, otra
vez, agasajados gracias a la ausencia de turistas.
Igualmente,
accedimos al otro lado del río: nos dirigimos al muelle adonde se nos abrojó un
“cazaclientes” quien, incluso, se subió al ferry junto a nosotros y, al final,
aceptó al número que nosotros aspirábamos; así, apareció Muhammed quien, abordo
del Peugeot 504, nos trasladaría a través de las polvorientas avenidas del
“west bank” sin imaginar que aquella simple travesía avivaría –a ambos–
sensaciones de la infancia, desde ya, arriba del auto de papá.
Después del
“stop” que nos acercó a los reensamblados Colosos de Memnon, seguimos andando y
arribamos al primero de los grandes propósitos del día, el Valle de las Reinas:
ingresos más que sutiles a las salas subterráneas que guardan pasillos, pinturas
y, por supuesto, sarcófagos más un adorable paisaje, sin turistas, que rodea a
la más grata de las necrópolis serían una introducción al siguiente, el Valle
de los Reyes, similar al anterior aunque más turístico (lo cual justifica a la
presencia del tren que transporta a los turistas –que pagan ya que no se
incluye al importe de admisión– a lo largo de unos… trescientos metros) y más
grandioso ya sea por su número de tumbas abiertas al público –aunque, al igual
que en el de las Reinas, sólo ingresamos a tres– como a las dimensiones de las
mismas. Al final del día, nos vimos sumamente conmovidos, no sólo por lo visto
sino por Muhammed, pobre viejo, que alguien le dijo que nos vio irnos a pie
–por ende, sin pagarle– por lo que salió a la búsqueda de nosotros y, ya
resignado, volvió al ingreso del Valle de los Reyes adonde nosotros, mientras
asimilábamos a las imágenes del día, aguardábamos.
Ahora… aún no
superados aunque, sí, extasiados a partir de la antigua civilización, nos
dirigiremos al norte de Egipto, a la ciudad del Gran Alejandro y, no menos
importante para nosotros, de Margarita Felice… que, sin más, nos verá a orillas
del mar Mediterráneo, por primera vez…
Carla & Hernán
