Sin más
opciones, elegimos al ómnibus que saldría desde Turgoman Garage y andaría a lo
largo de toda la noche –o, un poco más también, ya que llegamos a las dieciséis
horas de la partida– a Aswan adonde nos organizamos al estilo de siempre:
mientras que Hernán quedó a la guarda de las mochilas, analizaba –Carla–
alternativas de alojamiento, optando por uno que, al final, sería relegado
mientras íbamos rumbo al mismo, al conocer a Aco, un simpático egipcio que nos
otorgó un insuperable importe por una habitación que, aunque estéticamente
desagradable, poseía aire acondicionado y baño privado e, igualmente
importante, una ubicación inmejorable: sobre la adorable peatonal del mercado
que caminamos e, incluso, nos asentamos junto a la primera sheesha del viaje
mientras mirábamos a los personajes de Aswan; diagonal al –más que visitado–
puesto de falafel o hígado en pan árabe; a pocos metros de la azulada costanera
del río Nilo –sorprendentemente, si se la compara a la grisácea de Cairo–,
ocupada por cruceros y feluccas (bote de madera a vela) de lo más atractivas.
Al lado del
río desayunamos alguna que otra mañana, paseamos uno y otro día y lo cruzamos
junto a Hiro, un japonés que conocimos en lo de Aco, abordo del ferry –que nos
negamos a abonar más que los locales por lo que vimos irse al primero y retrasarse al segundo por nosotros– y nos dio acceso a la isla Elefantina que
alberga al gran número de nubios (antigua población que resulta de la mezcla de
egipcios y sudaneses), además, un par de nilómetros –que nunca reconocimos– y unas
ruinas a las que ingresamos sin querer –queriendo– a través de la “puerta” de
atrás.
Aco, un
ejemplo de negociante de Egipto, nos asesoró y, al final, nos vendió a las
siguientes actividades. Así, madrugamos y, a las cuatro de la mañana, nos
sumamos al que vimos más como vestigio, un convoy turístico que andaría unos
280 kilómetros a lo largo de la ruta rodeada del desierto, rumbo a Abu Simbel.
Al ingreso, lógicamente, abonamos nuestras admisiones que, inesperadamente,
serían más que la supuesta ya que, a la principal, se sumaba una –aceptable–
del gobierno y otra –inexplicable– del sindicato de guías de turismo, por lo
que nos preguntamos… “y los guías?”; infelizmente nos quejamos y nos mandaron
uno que poco se veía como guía –ni siquiera hablaba inglés– que simulaba darnos
explicaciones aunque sus aportes se limitaran a “beautiful, beautiful”; por
suerte, nos “perdimos” y seguimos andando solos…
Ahora bien,
dejando de lado a la ausencia de turistas, nos sentimos atraídos,
primeramente, a partir del artificial lago Nasser, azulado y gigantesco,
culpable de una de las mayores obras de ingeniería de los años 60’s, al tener
que ser trasladados los templos debido a la subida del nivel de las aguas del
Nilo; seguimos avanzando y vimos al protagonista del complejo, al Gran Templo
de Abu Simbel, cuyos colosos protegen un interior igualmente majestuoso
–altísimas columnas, paredes talladas e, incluso, pintadas–; y, un poco más
allá, al dedicado a la amada de Abu Simbel, Nefertari, sin lugar a dudas, otro
gran ejemplo de mantenimiento y presentación gracias a la agradable iluminación
y pasarelas que, verdaderamente, justifican al valor del ingreso (un poco más
alto que otros) aunque… seguimos pensando acerca del sindicato, tanto, que
Hernán se hizo de dos grandes amigos por si volvía a seguirnos aquel pseudo
guía de turismo…
Aswan nos
agradó aunque, asimismo, gozamos de la partida que sería sin igual: junto a
Hiro, otra japonesa llamada Maki más Alex y David, hijo y padre ingleses, nos
subimos a una de las seis feluccas de Aco y, gracias a la presencia de –ambos
nubios– capitán y ayudante –también cocinero– vivimos una amena experiencia,
navegando a lo largo del Nilo que nos regalaba más “imágenes nubias” a sus
orillas; una pequeña playa nos dio la posibilidad –que rechazamos– de
zambullirnos a las heladas aguas del río; un atardecer no más inolvidable que
la luna… una gigantesca luna que nos iluminó a lo largo de gran parte de la
noche… una noche inigualable sobre las aguas del Nilo… una última noche en
Aswan –o, mejor dicho, los alrededores de Aswan– pues, a la mañana siguiente,
seguiremos viaje más conservadoramente, rumbo al siguiente de los destinos de
Egipto, un paso obligado: Luxor.
Carla & Hernán