Después de nuestro intento de semanita playera de descanso del descanso, nos dirigimos a la isla de Java aunque, esta vez, decidimos obviar los eternos trayectos por ferry y nos dirigimos al aeropuerto de Mataram (Lombok), donde optamos por un vuelo de la empresa de bajo costo WingsAir a Denpasar (Bali) y tras analizar diversas alternativas, optamos por aguardar unas largas aunque poco tediosas 18 horas (fotos, lecturas, comidas y siestas amenizaron nuestra espera) en dicho aeropuerto hasta finalmente embarcar al vuelo (operado por otra línea aérea de bajo costo llamada Lion Air) que nos dejaría en Yogyakarta.
Yogya (como comúnmente se conoce) nos fascinó desde un principio. Llegar al centro de la ciudad nos resultó más que práctico gracias a la red de colectivos que opera (existen dos categorías bien diferenciadas según sus servicios –unos cuentan con aire acondicionado, otros se asemejan a colectivos escolares– aunque sus tarifas son teóricamente similares y, según nuestras necesidades de transporte, nos resultaron siempre más óptimos aquellos primeros).
Una vez arribados a Jl. Malioboro, eje de la ciudad, y siguiendo nuestra rutina de búsqueda, Carla aguardó con nuestras mochilas mientras que Hernán se dirigió en busca de alojamiento, regresando al corto plazo con una alternativa más que aceptable!
De esta forma, dedicamos algunos cuantos días a recorrer Yogya, donde si bien existen atractivos bien diferenciados como, por ejemplo, el Palacio del Sultán, nos resultó mucho más interesante sumergirnos en la vorágine de la ciudad con su abundancia de comercios de batik (a propósito, ya comenzamos a lamentarnos por no tener ni espacio ni presupuesto extra para compras), puestos callejeros de comidas que realmente disfrutamos, un mercado gigante con aires de otras épocas repleto de olores, colores y sabores (de hecho allí almorzamos uno de los mejores satay de Indonesia) y buscavidas (BI) tan insistentes como rápidos y previsibles que terminaron siendo simpáticos para nosotros (CH):
BI- “Boss! Transport?” / “Jefe! Transporte?”
CH- “No, thanks.” / “No, gracias.”
BI- “Sultan Palace?” / “Palacio del Sultán?”
CH- “No, thanks.” / “No, gracias.”
BI- “Batik? Batik?” / “Batik? Batik?”
CH- “No, thanks.” / “No, gracias.”
BI- “May be tomorrow?” / “Quizás mañana?”
CH- “No, thanks.” / “No, gracias.”
BI- “Where are you going?” / “A dónde van?”
CH- “…” / “…”
Más allá de sí misma, Yogya nos sirvió de base para visitar dos atractivos muy cercanos, ambos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Por un lado, Borobudur. Se trata del templo budista más grande del mundo, el cual nos resultó simplemente conmovedor. Además, por fortuna, se encuentra restaurado por lo que su estado resulta impecable! Asimismo, debido a su importancia histórica, resulta objeto de visita tanto para locales –muchos grupos de estudiantes– como para extranjeros quienes somos, a su vez, una atracción extra para los primeros, por lo cual tuvimos que posar con docenas de orientales que pedían sacarse fotos con nosotros!
Por otro lado, se encuentra Prambanan, el complejo de templos hindúes más grande de Sudeste Asiático. Si bien los templos principales se encuentran restaurados (y son particularmente llamativos), hay otros tantos que aún restan por reparar. Asimismo, dentro del mismo predio, existe un templo budista de significativas dimensiones llamado Sewu, el cual habría convivido armónicamente junto a los demás hindúes.
Por último, tratándose de una tierra de volcanes, no quisimos irnos de Indonesia sin llegar a alguno por lo que optamos por una excursión de un par de días al Parque Nacional Bromo-Tengger-Semeru. Afortunadamente, ya acostumbrados (o resignados) a los transportes de larga distancia de Indonesia, no nos afectaron –incluso diríamos que se justificaron– las 11 horas arriba de un minibus o, mejor dicho, las 22 horas contemplando su retorno, que demoramos en cubrir un trayecto de 400 km. aproximadamente desde Yogyakarta a Ngadisari, uno de los pueblos que se hayan a poca distancia del parque. Dado que nuestro plan resultaba presenciar el amanecer desde un punto panorámico llamado Penanjakan, pernoctamos apenas algunas horas y partimos a la madrugada rumbo al mirador. Un minibus nos llevó a la base del mismo y dejó allí a las 4 de la mañana, desde donde debíamos ascender unos supuestos 100 metros hasta nuestro objetivo. Aunque, una vez abajo del minibus, un grupo de lugareños con caballos nos acorralaron ofreciéndonos insistentemente transporte y, tras rechazarlo (total… eran 100 metros!), nos encontramos sin guía en plena montaña, junto a una pareja de holandeses, y totalmente a oscuras ya que jamás nos informaron que debíamos llevar linterna (y jamás imaginamos que podrían dejarnos, previa excursión contratada, a oscuras en dicho contexto). Sinceramente no sabíamos donde pisábamos y tras habernos reunido con otros turistas en exactas mismas condiciones y después de varios tropezones y algunos desvíos (incluso algunas personas –nosotros nos abstuvimos– intentaron ascender completamente a oscuras por un “camino” que, una vez amanecido, nos habríamos percatado que se trataría de cornisa) hasta terminar encontrándonos perdidos, logramos reubicarnos y llegamos al bendito mirador después de una hora de caminata. Si bien hacía frío y lloviznaba, nos mantuvimos alertos al amanecer, al igual que otros 50 turistas aproximadamente que allí se encontraban. Y, después de una hora de espera, el sol salió aunque la neblina persistió por lo que sólo podíamos apreciar nubes y más nubes alrededor nuestro. Poco a poco, los turistas comenzaron a desistir hasta restar apenas 10 y, después de otras dos horas de espera, el valle se despejó mágicamente y surgieron los volcanes! Un paisaje lunar dominado por el pico del volcán Semeru y la actividad constante en forma de nubes grises y explosiones sonoras del volcán Bromo.
Una vez de vuelta a la base, dedicamos algunas horas a recorrer las calles de Ngadisari, un pueblo gris que, como tantos otros de la zona, vive literalmente bajo cenizas y, cuyos habitantes se encuentran más que habituados a los “truenos” provocados por el volcán (cada 15 minutos sentíamos una explosión).
Así dimos fin a nuestro recorrido por Indonesia, creyendo que pocas despedidas podrían haber sido mejores que aquélla ofrecida por Yogyakarta, una ciudad donde no sólo descubrimos una riqueza cultural sino también humana, en efecto, si bien derrochan sencillez, sus ciudadanos nos resultaron tan amables como cultos y generosos incluso con nosotros –extranjeros– mismos. De hecho, hubo dos ocasiones que marcaron nuestra estadía: una protagonizada por un grupo de policías que nos convidaron con papas fritas caseras cuando pasábamos por la puerta de la comisaría, las cuales resultaron ser tan pero tan ricas que, camino inverso, nos dirigimos directamente allí para preguntarles donde podríamos conseguir una bolsa semejante ante lo cual insistieron en regalarnos las suyas. Y otra protagonizada por un profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Jakarta que se encontraba almorzando, al igual que nosotros, en un puesto callejero de comida, y se interesó por conversar con nosotros, incluso, manejaba perfecto español y, tras una breve charla sobre nuestras vidas, se retiró a su rutina aunque no sin antes invitar nuestros almuerzos, lo cual nosotros insistimos en rechazar respetuosamente hasta que este señor dio por terminada la conversación diciendo: “Este es mi país, es mi casa, yo los invito”. Ahora… seremos nosotros capaces de algo así?
Carla & Hernán