Llegar a Malasia nos resultó bastante simple: una combinación de subte y autobús nos permitió llegar al puesto fronterizo y tras pasar ambos expeditivos controles migratorios, nos encontrábamos en territorio malayo.
Desde la frontera, tomamos un autobús que nos llevó a la terminal de ómnibus de Johor Bahru y, desde allí, nos dirigimos directo a Mersing, una ciudad que dista a 3 horas aproximadamente de la anterior y cuenta con un puerto desde donde zarpan ferries rumbo al que sería nuestro siguiente destino: Pulau Tioman.
Arribamos a la isla ni bien anochecido, tras una hora de viaje a alta velocidad (lo cual nos sorprendió puesto habíamos imaginado se encontraría más cerca del continente), por lo que apenas nos preocupamos por buscar un lugar donde dormir, el cual no resultó muy agradable por lo que a la mañana siguiente salimos en busca del que sería nuestro hogar por los próximos días y, afortunadamente, hayamos uno alegre y tan cercano a la playa que nos dormíamos escuchando al mar.
Con respecto al paisaje, se trata de una zona de islas rocosas con elevaciones y selváticas, siendo Tioman una de las más importantes debido a su tamaño. Sus playas se encuentran interrumpidas por formaciones rocosas por lo que, una vez optado por una, sólo podíamos trasladarnos a otras contratando botes (los cuales no resultaban muy económicos).
Ahora bien, Salang Beach fue nuestra elección: una playa bastante extensa (comparada con las demás opciones), algunas partes pantanosas (de hecho hay un río por donde vagan unos lagartos gigantes) aunque otras de arenas finísimas y aguas color verde esmeralda cálidas y tan cristalinas que, sin exagerar, podíamos vernos los pies incluso donde no hacíamos pie –valga la redundancia–. Además cuenta con una “calle principal” donde se amontonan alojamientos y restaurantes (a propósito, Tioman hizo honor a la fama gastronómica de Malasia, ya que sus platos resultaron excelentes tanto por su calidad como por su cantidad), la cual se encuentra custodiada por una selva desde donde solían escaparse monos buscando algún “souvenir”.
Así, más allá del clima que no resultó muy constante, pasaron nuestros días, intercalando arena y mar, caminatas, comidas y siestas. Al respecto de los paseos, Hernán se aventuró a la jungla y después de unos 40 minutos andando y trepando, llegó a una playa llamada Monkey Beach, de la cual le costó retornar ya que tanto calor había nublado su memoria y no supo sino después de largo rato cuál sería el camino de regreso. Asimismo contratamos una excursión de snorkelling que resultó buenísima ya que visitamos cuatro puntos para inmersiones repletos de peces de colores, algunos más grandes, otros más pequeños, y corales!
Dirigiéndonos ya a nuestro próximo destino, Kuala Lumpur, regresamos al continente llevándonos de la isla muy lindos recuerdos y, tal cual descubriéramos posteriormente, varias pulgas también.
Carla & Hernán