Debíamos dirigirnos a la terminal de ómnibus de Luang Prabang y, para ello, la señora que regenteaba nuestro guesthouse nos ofreció que su marido, dueño de un tuk tuk, sea quien nos llevara. Así arribamos a la estación y compramos nuestros pasajes a Nong Khiaw, nuestro siguiente destino, e intentamos identificar al bus que nos transportaría a fin de ir ocupando nuestros lugares pero, al cabo de algunos minutos y tras un par de averiguaciones, descubrimos que aquel no sería un micro sino un säwngthäews, el cual ya se encontraba ocupado por varios locales y sus petates: arpilleras de arroz y otros alimentos, bolsos, cajas de cartón pesadísimas, canastos de plástico e, incluso, muebles. Nos acomodamos y después de algunos minutos, el número de quince pasajeros que, supuestamente, resultaría el máximo permitido para transportar, habría resultado ampliamente superado, de hecho, habríamos llegado a contabilizar a veinte personas.
A diferencia de cualquier pronóstico, sucedieron cuatro horas de viaje muy buenas: un paisaje muy atractivo dominado por plantaciones y pequeñas poblaciones, compañeros de viaje muy agradables y, por sobre todo, muy tranquilos, y una incomodidad relativa ya que, por ejemplo, no resultó impedimento para que Carla se echase sobre uno de los canastos a dormir un rato.
Una vez arribados a la terminal de ómnibus de Nong Khiaw, un minibus nos estaría aguardando a fin de transportarnos al “centro” del pueblo aunque, desde ya, el traspaso de aquellos equipajes demoraría más que el traslado en sí mismo. Dado que sólo pernoctaríamos una noche, no dimos demasiadas vueltas y, al momento del relevamiento de hospedajes, nos definimos por un bungalow de bambú, simple aunque ubicado a metros del río y, sí, muy económico, dejamos nuestras mochilas y dispusimos disfrutar del pueblo.
Su paisaje gustó a Carla y enamoró a Hernán: su mayor protagonista, el río Nam Ou, transcurre entre formaciones kársticas impresionantes y, alrededor del mismo, se extiende su población, sencilla aunque no menos agradable, donde no dejan de verse materiales de construcción que irían a reemplazar a las antiguas viviendas de bambú o madera. Mientras almorzábamos a orillas del río, una copiosa lluvia se desató aunque, afortunadamente, demoró apenas algunos minutos y nos permitió, posteriormente, ver a las personas del pueblo aprovechar, ya sea para bañarse o lavar sus ropas, aquella agua canalizada por desagües a zanjones al costado del camino.
Se trató de una jornada intensa cuyo desenlace no desentonó, de hecho, al retornar a la habitación después de cenar, nos aguardaba una huésped inesperada: una araña de dimensiones muy pero muy considerables se hallaba en el respaldo de nuestra cama y, tras un lento intento por parte de Hernán a fin de matarla –aunque, según él, se habría debido a la capacidad de la araña para saltar rápidamente–, se dirigió atrás del respaldo siendo imposible alcanzarla. La histeria de Carla nubló su mente y Hernán tuvo que improvisar un operativo a fin que pudiera –o pudiéramos– pegar un ojo y acomodó al mosquitero alrededor del colchón formando una cápsula anti-insectos a la vez que rodeó a la cama con espirales anti-mosquitos –imaginamos que aquel humo no sería de su agrado–. Afortunadamente nuestro “búnker” resultó inviolable ya que, horas más tarde, Carla logró visualizar a la muy vivaracha paseándose sobre aquella tela mosquitera (desde ya que pudo hacerlo puesto que, otra condición, habría sido dormir con la luz prendida).
Después de aquella noche que, sinceramente, podría haber sido más difícil aún, amanecimos y nos dirigimos a las cuevas de Pathok. La geografía de Laos incluye montones de cuevas naturales que fueron utilizadas por los laosianos como refugio mientras Estados Unidos bombardeaba al país durante aquel periodo conocido como la “guerra secreta” y Pathok resulta un ejemplo de éstas. Debíamos, supuestamente, abonar un módico importe a fin de ingresar a la misma aunque ningún cobrador apareció, por tanto, después de aguardar algunos minutos, Hernán decidió saltar una reja que se hallaba a su ingreso y, entonces, descubrió aquella cavidad organizada que llegó a albergar a 20.000 personas.
Quienes sí aparecieron aquí fueron las sanguijuelas, las cuales –como buenos bichos de ciudad que somos- no reconocimos sino una vez prendidas de nuestros tobillos y, muy pero muy sutilmente ya que resulta imposible sentirlas, agrandándose más y más mientras consumían nuestra sangre, dejando una “herida” más o menos abierta una vez caídas o quitadas o, mejor dicho, arrancadas por nosotros.
De regreso recogimos nuestros equipajes y nos dirigimos a la terminal de ómnibus a pie, esta vez, adonde aguardaríamos al bus que nos conduciría a un destino menos turístico aún, la ciudad de Sam Neua, cuya importancia histórica de sus alrededores resulta incomparable a ninguna otra en Laos y, por consiguiente, no quisimos dejar afuera de nuestro recorrido.
Carla & Hernán
