29 de junio de 2011

... Laos! (segunda parte)


     Debíamos dirigirnos a la terminal de ómnibus de Luang Prabang y, para ello, la señora que regenteaba nuestro guesthouse nos ofreció que su marido, dueño de un tuk tuk, sea quien nos llevara. Así arribamos a la estación y compramos nuestros pasajes a Nong Khiaw, nuestro siguiente destino, e intentamos identificar al bus que nos transportaría a fin de ir ocupando nuestros lugares pero, al cabo de algunos minutos y tras un par de averiguaciones, descubrimos que aquel no sería un micro sino un säwngthäews, el cual ya se encontraba ocupado por varios locales y sus petates: arpilleras de arroz y otros alimentos, bolsos, cajas de cartón pesadísimas, canastos de plástico e, incluso, muebles. Nos acomodamos y después de algunos minutos, el número de quince pasajeros que, supuestamente, resultaría el máximo permitido para transportar, habría resultado ampliamente superado, de hecho, habríamos llegado a contabilizar a veinte personas.
     A diferencia de cualquier pronóstico, sucedieron cuatro horas de viaje muy buenas: un paisaje muy atractivo dominado por plantaciones y pequeñas poblaciones, compañeros de viaje muy agradables y, por sobre todo, muy tranquilos, y una incomodidad relativa ya que, por ejemplo, no resultó impedimento para que Carla se echase sobre uno de los canastos a dormir un rato.
     Una vez arribados a la terminal de ómnibus de Nong Khiaw, un minibus nos estaría aguardando a fin de transportarnos al “centro” del pueblo aunque, desde ya, el traspaso de aquellos equipajes demoraría más que el traslado en sí mismo. Dado que sólo pernoctaríamos una noche, no dimos demasiadas vueltas y, al momento del relevamiento de hospedajes, nos definimos por un bungalow de bambú, simple aunque ubicado a metros del río y, sí, muy económico, dejamos nuestras mochilas y dispusimos disfrutar del pueblo.
     Su paisaje gustó a Carla y enamoró a Hernán: su mayor protagonista, el río Nam Ou, transcurre entre formaciones kársticas impresionantes y, alrededor del mismo, se extiende su población, sencilla aunque no menos agradable, donde no dejan de verse materiales de construcción que irían a reemplazar a las antiguas viviendas de bambú o madera. Mientras almorzábamos a orillas del río, una copiosa lluvia se desató aunque, afortunadamente, demoró apenas algunos minutos y nos permitió, posteriormente, ver a las personas del pueblo aprovechar, ya sea para bañarse o lavar sus ropas, aquella agua canalizada por desagües a zanjones al costado del camino.
     Se trató de una jornada intensa cuyo desenlace no desentonó, de hecho, al retornar a la habitación después de cenar, nos aguardaba una huésped inesperada: una araña de dimensiones muy pero muy considerables se hallaba en el respaldo de nuestra cama y, tras un lento intento por parte de Hernán a fin de matarla –aunque, según él, se habría debido a la capacidad de la araña para saltar rápidamente–, se dirigió atrás del respaldo siendo imposible alcanzarla. La histeria de Carla nubló su mente y Hernán tuvo que improvisar un operativo a fin que pudiera –o pudiéramos– pegar un ojo y acomodó al mosquitero alrededor del colchón formando una cápsula anti-insectos a la vez que rodeó a la cama con espirales anti-mosquitos –imaginamos que aquel humo no sería de su agrado–. Afortunadamente nuestro “búnker” resultó inviolable ya que, horas más tarde, Carla logró visualizar a la muy vivaracha paseándose sobre aquella tela mosquitera (desde ya que pudo hacerlo puesto que, otra condición, habría sido dormir con la luz prendida).
     Después de aquella noche que, sinceramente, podría haber sido más difícil aún, amanecimos y nos dirigimos a las cuevas de Pathok. La geografía de Laos incluye montones de cuevas naturales que fueron utilizadas por los laosianos como refugio mientras Estados Unidos bombardeaba al país durante aquel periodo conocido como la “guerra secreta” y Pathok resulta un ejemplo de éstas. Debíamos, supuestamente, abonar un módico importe a fin de ingresar a la misma aunque ningún cobrador apareció, por tanto, después de aguardar algunos minutos, Hernán decidió saltar una reja que se hallaba a su ingreso y, entonces, descubrió aquella cavidad organizada que llegó a albergar a 20.000 personas.
     Quienes sí aparecieron aquí fueron las sanguijuelas, las cuales –como buenos bichos de ciudad que somos- no reconocimos sino una vez prendidas de nuestros tobillos y, muy pero muy sutilmente ya que resulta imposible sentirlas, agrandándose más y más mientras consumían nuestra sangre, dejando una “herida” más o menos abierta una vez caídas o quitadas o, mejor dicho, arrancadas por nosotros.
     De regreso recogimos nuestros equipajes y nos dirigimos a la terminal de ómnibus a pie, esta vez, adonde aguardaríamos al bus que nos conduciría a un destino menos turístico aún, la ciudad de Sam Neua, cuya importancia histórica de sus alrededores resulta incomparable a ninguna otra en Laos y, por consiguiente, no quisimos dejar afuera de nuestro recorrido.

Carla & Hernán         

28 de junio de 2011

... Laos! (primera parte)


     Una pick-up del guesthouse donde pasamos aquella última noche en Tailandia nos trasladó al muelle desde donde partiría un barco tipo piragua que nos dejaría en Huay Xai, nuestra puerta de entrada a Laos. Llovía. Atravesar el río Mekong demoró minutos nomás y, seguidamente, tramitamos nuestra visa on-arrival y realizamos demás trámites migratorios de rutina. A continuación contratamos un tuk tuk para que nos condujera al muelle desde donde partiría nuestro barco rumbo a Luang Prabang, compramos nuestros pasajes y abordamos al mismo una hora después.
     Sabíamos que sería una travesía turística aunque jamás imaginamos tanto: un 95% de los pasajeros eran occidentales y, a su vez, un 80% de éstos iba aprovisionado de alcohol y comida y, así como aconseja la “santa” Lonely Planet, un almohadón para amortiguar la rigidez de los asientos.
     Iniciaba nuestro primer día de navegación a lo largo del río Mekong y, al cabo de algunos minutos, un panorama alucinante comenzábamos a descubrir: su cauce  transcurre entre montañas forradas de vegetación y salpicadas por nubes que otorgan misticismo y romanticismo al paisaje mientras que su lecho pedregoso otorga un atractivo extra, a la vez que dificulta su navegabilidad e impide, afortunadamente, el tránsito de grandes embarcaciones.
     Por otro lado, nuestros asientos jamás pudieron haber sido mejor elegidos: ubicados al frente aunque perpendicularmente al resto, se encontraban lo suficientemente alejados del motor para que su ruido no nos molestara y permitieron que estirásemos nuestras piernas y tuviésemos una vista panorámica no sólo del exterior sino del interior del barco, en efecto, una gran parte de los turistas que nos acompañaban, brindaba un espectáculo aparte: jóvenes –mucho más jóvenes que nosotros– europeos que derrochaban modernidad no dejaron de consumir cervezas que, incluso, compraban a niños que atiborraban al barco cuando éste atracaba momentáneamente. Nos sentíamos algo desubicados en dicho contexto y, de esta forma, nuestra interacción se mantuvo limitada a un sesentón belga quien tratándose de un adicto a las drogas semi-recuperado, se hallaba subvencionado por su gobierno y, debido a su debilitada salud, estaba llevando a cabo el último viaje de su vida.
     Después de 6 horas de navegación, llegamos a la ciudad de Pak Beng, donde pernoctaríamos una noche antes de continuar nuestra travesía fluvial hasta Luang Prabang. Afortunadamente había dejado de llover al momento de descender del barco, no obstante, nuestras mochilas –particularmente aquélla de Carla– no se libraron del agua, en efecto, su disposición dentro de la bodega del barco, las habría convertido en especie de esponjas gigantes. Así, intentando superar el malhumor que nos generara tanta agua, más allá del acoso de los locales ofreciéndonos muy insistentemente alojamiento, nos desviamos de la masa de turistas, hallamos una alternativa sencilla donde dormir, desplegamos nuestras ropas a fin que se secasen y, acto seguido, salimos a pasear por el pueblo, hallando un restaurante de ubicación inmejorable, donde nos reencontraríamos casualmente con el belga del barco y compartiríamos una agradable cena.
     A la mañana siguiente, tras desayunar atípicamente, volvimos a embarcarnos y, después de asegurarnos un mejor destino para nuestras mochilas, elegimos mismos asientos a fin de sobrellevar una nueva jornada de 8 horas de navegación, en la cual nos vimos infelizmente acompañados por lluvias de todo tipo –aguaceros, chubascos, lloviznas y tormentas–  aunque siempre constantes, las cuales nos impidieron disfrutar del paisaje, pasando a ser nuestro mayor divertimento, un grupo de laosianos jugando –y apostando– apasionadamente a los naipes.
     Nuestras primeras horas en Luang Prabang fueron difíciles: un diluvio nos recibió y, por ende, dificultó nuestra búsqueda de alojamiento aunque sin impedir hallar un adorable guesthouse acorde a nuestro presupuesto y, afortunadamente, dotado de un balcón donde, días más tarde, miraríamos llover mientras disfrutaríamos baguettes acompañadas por Beer Lao. Aquel día de arribo, asimismo, coincidió con nuestro cumple mes de viaje #5 por lo que, más allá de las complicaciones climatológicas, no permitimos que pasase inadvertido y nos regalamos una cena hindú que estuvo increíble!
     Luang Prabang es preciosa: se encuentra emplazada entre dos ríos, Mekong y Nam Khan y rodeada, a su vez, por montañas. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, su arquitectura colonial se encuentra conservadísima mientras que sus nuevas edificaciones resultan armónicas a las más antiguas. Luang Prabang remitiría a una ciudad europea más que asiática si no fuese por la existencia de montones de templos budistas y, consecuentemente, montones de monjes (alrededor de 300) que cada mañana realizan una ronda de recolección de ofrendas. Además posee dos mercados: uno diurno de alimentos y otro nocturno de artesanías, ambos muy prolijos y extremadamente coloridos, donde paseamos durante horas.
     No sabemos si habremos sido lo suficientemente manifiestos por lo que, por si quedase alguna duda, el clima resultó asqueroso: la lluvia se hizo presente todos los días durante horas seguidas, lo cual, si bien no nos impidió recorrer la ciudad, nos limitó al momento de visitar sus alrededores. Asimismo nos acobardó e instó a reemplazar nuestra idea de motocicleta por autobuses a fin de explorar el norte del país. Dispusimos, de esta forma, que Nong Khiaw sea nuestro siguiente destino, una pequeña localidad ribereña que, según dicen, resulta tan pintoresca que enamora… veremos.

Carla & Hernán         

24 de junio de 2011

... Tailandia! (última parte)


     A fin de arribar a nuestro siguiente objetivo teníamos dos opciones: un servicio de minibus directo y dispuesto casi exclusivamente para turistas o un micro regular a Chiang Mai y, desde una terminal de ómnibus diferente a la cual arribaríamos, otro a Chiang Rai. Desde ya que esta última opción resultaría mucho más lenta aunque mucho más económica también, por lo que válidos de dos atributos indispensables, disponibilidad de tiempo y mucha paciencia, nos inclinamos hacia la segunda alternativa.
     Justamente debido a la imposibilidad de alcanzar altas velocidades, el viaje de regreso a Chiang Mai transitando aquel “camino de las mil curvas” resultó mucho más agradable. De esta forma, una vez depositados en una de las terminales de ómnibus de la ciudad, averiguamos por servicios a Chiang Rai y, afortunadamente, hallamos montones de frecuencias que partían desde aquella misma estación aunque dicha suerte resultó momentánea ya que sólo hubo un servicio demorado y, sí, se trató del nuestro. Así partimos dos horas más tarde y tras un viaje impecable más allá de las tormentas que habríamos atravesado, llegamos a la ciudad de Chiang Rai.
     Inaplazablemente se acercaban ambas, noche y lluvia, por lo que, sabiendo que la zona de los hoteles se hallaba a corta distancia de la terminal de ómnibus, montamos rápidamente nuestras mochilas y nos dirigimos allí aunque, a partir de una lectura equivocada del plano, nuestra primera iniciativa para encontrar alojamiento resultó en vano y tuvimos que recomenzar nuestra búsqueda rumbo a la dirección opuesta, donde hallamos un ajardinado guesthouse ubicado a tres cuadras del centro que, sin dudarlo demasiado, terminó siendo nuestra elección.
     Chiang Rai nos gustó mucho: un centro dominado por una torre-reloj muy distinguida siempre y cuando no proyecte luces de colores y música pop tailandesa como cada día a cada hora, un mercado diurno donde hallamos mayor cantidad de animales vivos para su consumo –pájaros, peces, ranas y tortugas– que en ningún otro, y un bazar nocturno repleto de artesanías que, dada otra realidad, hubiésemos arrasado, resultaron nuestros preferidos.
     Provistos de la energía que nos transmitiera Chiang Rai, volvimos a alquilar una moto y, entusiasmadamente, nos dirigimos al norte de la ciudad, adonde visitaríamos fronterizas ciudades. De esta forma llegamos a Chiang Saen, separada de Laos por el río Mekong, desde cuyo activo puerto comercial visualizamos más banderas chinas que tailandesas. Desde allí continuamos a la turística Sop Ruak aunque más conocida como Golden Triangle: “Triángulo” porque se trata de la triple frontera entre Myanmar, Laos y Tailandia, y “Oro” porque así se consideraba al opio que durante años se cultivó por esta zona; y donde aprovechamos, además, para visitar un museo relacionado a la temática que nos resultó muy interesante. Llegamos, posteriormente, a la ciudad de Mae Sai donde, siendo un paso fronterizo a Myanmar, no resulta extraño visualizar vendedores de “piedras preciosas” usando longyi y, tras alcanzar al punto más septentrional de Tailandia, lo cual nos permite afirmar que recorrimos este país de sur a norte, literalmente, nos dirigimos a Mae Salong, un pintoresco poblado de inmigrantes chinos que aún conservan su idioma, rodeado de montañas y plantaciones de té, desde donde disfrutamos del atardecer.
     Y aquel día que parecía nunca llegaría, llegó y, de esta forma, nos trasladamos a Chiang Khong, paso fronterizo a Laos, donde pernoctamos una noche a orillas del río Mekong para, a la mañana siguiente, dirigirnos al muelle desde donde cruzaríamos al famoso río e ingresaríamos al siguiente objetivo de nuestro itinerario, dejando atrás sin nostalgia aunque tampoco indiferencia a Tailandia, país que nos albergó durante sesenta días de nuestras vidas y que, sin lugar a dudas, constituye un imperioso capítulo de nuestra travesía.

Carla & Hernán         

20 de junio de 2011

... Tailandia! (décimo segunda parte)


     Después de un viaje a través de una ruta que, según Hernán podríamos identificar como “el camino de las mil curvas”, llegamos a Pai. Justamente gracias a la velocidad alcanzada por la minivan durante las curvas y contracurvas, Carla había adoptado un color tan verde como aquella vegetación que nos rodeaba, por tanto, ni bien descendidos tuvo apenas energías para quedar a cargo de las mochilas mientras Hernán se ocupó del relevamiento de alojamientos, hallando un complejo de bungalows muy pero muy bonito que, a su vez, nos resultó muy económico gracias a la inminente temporada de lluvias que se aproximaba.
     No teníamos grandes expectativas, sin embargo, Pai nos alucinó: se trata de un bohemio pueblo montañoso que, si bien netamente turístico, no pierde atractivo. Nos sentimos tan cómodos aquí que decidimos quedarnos una noche más disfrutando de sus paisajes y, desde ya, su formidable gastronomía, antes de visitar sus alrededores.
     A tal fin seleccionamos a nuestra temporaria compañera de 100 cc. y le impusimos una primera prueba: transitar 60 kilómetros de rutas panorámicas hasta la localidad de Soppong, donde se halla Tham Nam Lod. Así, afrontando caminos perpendiculares y, desde ya, soportando 120 kilos arriba, nos permitió alcanzar exitosamente nuestra meta. Tham Nam Lod se trata de una cueva de dimensiones impresionantes, en efecto, resulta imposible adentrarse sin guía y sol de noche y, hallándose atravesada por un arroyo repleto de peces, algunos trayectos pueden, incluso, ser recorridos en balsa. De esta forma descubrimos un paisaje apabullante compuesto por estalagmitas y estalactitas, formaciones rocosas gigantes, bandadas de pájaros que ensordecían, murciélagos y, consecuentemente, toneladas de excrementos que alfombraban y aromatizaban a la gigantesca caverna, generando diversos efectos: asco y malhumor en Carla o apasionamiento y verborragia en Hernán.
     Dado que aquella primera prueba había sido superada, le asignamos una nueva al día siguiente: recorrer aquellos 120 kilómetros que separaban nuestro origen, Pai, de nuestro siguiente destino, Mae Hong Son. Sobrellevando mismos obstáculos, a los cuales se agregó un nuevo factor, la lluvia, nuestra motocicleta atravesó bosques más o menos tupidos y arrozales y, después de cuatro horas andando, llegó a aquella ciudad que nos albergaría durante dos días antes de retornar a Pai.
     Mae Hong Son nos resultó menos atractiva que Pai, no obstante, su condición fronteriza –y medianamente conflictiva– le otorga aspectos únicos: diversidad de etnias, centros de refugiados y templos de diferentes religiones forman parte del paisaje de la ciudad. Asimismo posee un mercado y una feria de artesanías donde Carla no pudo resistir al encanto de un par de pantalones, una céntrica pista de aterrizaje y un lago muy pintoresco… todo enmarcado por montañas.
     Una vez repuestos del cansancio que implicó trasladarnos en motocicleta hasta allí, dedicamos un siguiente día a recorrer los alrededores septentrionales de la ciudad. Así atravesamos vistosos paisajes, visitamos una cascada y arribamos a la frontera con Myanmar, donde se hallan varias aldeas de montaña tales como Ban Rak Thai, ocupada por chinos dedicados al cultivo del té, y Ban Ruam Thai, cuyos habitantes resultan inconfundiblemente birmanos. Si bien las lluvias se hicieron más que presentes durante esta jornada, no resultaron impedimento para llegar a otros pueblos más alejados como, por ejemplo, Pangtong Royal Residence, un proyecto turístico a orillas de un lago rodeado por hectáreas de bosque. Por último, nos desviamos a fin de arribar a una de las aldeas Karen (Padaung en Myanmar) o “cuello de jirafa” aunque dado que ambos habíamos visto algunas en Myanmar y nos habríamos sentido algo incómodos, Hernán ya había visitado una aldea similar en Tailandia durante su anterior visita y, no seremos hipócritas, el valor de la entrada, principalmente, decidimos conformarnos con nuestros recuerdos atesorados al momento.
     Una vez de regreso en Pai y tras despedirnos de nuestra compañera que nos trasladó por más de 500 kilómetros durante tres días, dispusimos quedarnos unos días disfrutando de las bondades del pueblo y reponiendo energías, antes de continuar rumbo a Chiang Rai, nuestro último destino tailandés.

Carla & Hernán         

12 de junio de 2011

... Tailandia! (décimo primera parte)


     Aquel bus que nos dejaría en Chiang Mai provenía desde Bangkok y arribó a la terminal de ómnibus de Ayutthaya con una hora de retraso, situación que ni siquiera nos despertó –ni despierta– vestigios del estrés que nos hubiera generado meses atrás. Ascendimos al vehículo y nos vimos sorprendidos por dos factores: por un lado, más allá de tratarse de segunda clase, su servicio nos resultó espectacular aunque, por otro lado, nuestros asientos se encontraban ocupados, lo cual generó que Hernán imponga una voz autoritaria solicitando a los pasajeros –todos tailandeses– que le mostraran sus pasajes para, acto seguido, comenzar a reubicarlos adonde correspondiera.
     Ya sentados juntos, desplegamos una de nuestras bolsas de dormir a modo de frazada y se apagaron las luces, prosiguiendo nueve horas de viaje impecables. Arribados a la terminal de ómnibus de Chiang Mai, negociamos un tuk-tuk para que nos condujera al área desde donde Carla, esta vez, iniciaría una nueva búsqueda de alojamiento, la cual no resultó difícil puesto nos vimos nueva y agradablemente impresionados debido a sus tarifas.
     Chiang Mai nos resultó prolija y muy bien conservada –según Carla un poco insulsa también–. Su casco antiguo se encuentra amurallado y alberga avenidas y callejones, casas de pocos pisos, muchos templos budistas y algunos museos. A su vez, más allá de sus muros de ladrillo, pueden visualizarse elevaciones cubiertas de vegetación que otorgan un verdadero atractivo al paisaje. Dedicamos un par de días a, simplemente, perdernos por sus calles, observar a sus personas y disfrutar algunas cuantas cervezas Archa (alternativa más económica a la clásica Chang).
     Justamente debido a la cantidad de turistas que deambulan por la ciudad, la oferta de actividades resulta amplísima –trekking, rafting, paseos sobre elefantes–, no obstante, nuestra elección terminó siendo… alquilar una moto! Así, disfrutando de la libertad que nos otorgan sus dos ruedas, nos trasladamos a los alrededores de la ciudad, adentrándonos en verdes caminos que se tornan más y más frescos a medida que ascendemos en altura y ofrecen vistas panorámicas; visitamos cascadas, templos y dos poblaciones hmong (una más cercana a la ciudad y muy preparada para turistas; otra un poco más alejada y mucho más auténtica).
     Disfrutamos tanto nuestra jornada a través de dichas laderas salpicadas por nubes que otorgaban mayor misticismo al paisaje, que decidimos internarnos un poco más y, de esta forma, planeamos dirigirnos a Pai, desde donde podríamos acceder a algunas aldeas de montaña lindantes a Myanmar. Así que sin demasiadas vueltas, cargamos nuestras mochilas a una minivan y hacia allí nos dirigimos!

Carla & Hernán         

8 de junio de 2011

... Tailandia! (décima parte)


     Mientras aguardábamos para embarcar nuestro vuelo desde Yangón a la capital tailandesa, nos reencontramos con la pareja de amigos norteamericanos que habíamos conocido en Bagán y, anecdóticamente, comentamos que solíamos –aunque particularmente Hernán– ser objeto de revisiones adicionales en los aeropuertos, afirmación que resultó siendo premonitoria ya que al llegar a Bangkok fuimos momentáneamente rechazados por el agente de migraciones a la vez que derivados al puesto de “Control de Salud”, situación que no comprendimos a primera instancia ya que nadie se había preocupado por nuestras condiciones sanitarias al ingresar dos meses atrás al país. Minutos después comprobamos que, simplemente, se dispondrían a corroborar nuestros certificados de vacunación contra fiebre amarilla, lo cual más allá de la incomodidad generada al momento de ser denegados primeramente y, por consiguiente, atraer todas las miradas de los allí presentes, no dejó de tratarse de un simple trámite.
     Ya habíamos definido que pasaríamos aquella noche en el aeropuerto, por tanto, una vez ingresados formalmente al país, montamos nuestro campamento y, a la mañana siguiente, una combinación de subte y colectivo nos permitió volver a nuestro alojamiento en Khao San Rd., donde nos reencontraríamos con nuestras pertenencias momentáneamente abandonadas. Así sucedió y tras corroborar que todo se hallaba en iguales condiciones a las originales, prosiguieron días de fiaca –mucha fiaca–, sirviendo Bangkok, una vez más, como lugar de estabilización, en efecto, aprovechamos para volver a comunicarnos con nuestros seres queridos (no nos habíamos conectado a Internet, prácticamente, durante nuestra estadía en Myanmar), ordenar fotografías, actualizar nuestro blog y llevar ropa a la lavandería.
     Asimismo decidimos visitar un mercado flotante antes de abandonar la ciudad, por tanto, nos dirigimos a Taling Chan que, si bien pequeño, nos resultó bastante auténtico y, desde ya, atractivamente colorido (subimos algunas fotos al álbum “Bangkok”).
     Aún fiacosos aunque, inevitablemente, descansados, encaramos nuestro viaje rumbo al norte de Tailandia, siendo nuestro primer destino Ayutthaya. A fin de arribar al mismo optamos, por primera vez, por un tren (si bien Tailandia posee una desarrollada red ferroviaria, siempre nos habrían resultado más convenientes los autobuses) y tras un par de horas andando, llegamos a nuestro objetivo.
     Ayutthaya resulta una isla formada gracias a la confluencia de tres ríos (Pa Sak, Lopburi y Chao Phraya) aunque, según Carla, remite más a una fortaleza y su correspondiente foso. De una u otra forma, Ayutthaya sirvió de capital del reino homónimo durante siglos (poseía límites semejantes a aquéllos de Tailandia en la actualidad) aunque terminó siendo devastada por los birmanos en el siglo XVIII. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ofrece un paisaje ribereño y montones de complejos de templos en ruinas que, gracias al alquiler de un par de bicicletas, pudimos visitar y, de esta forma, descubrir algunas maravillas increíblemente atractivas.
     Ayutthaya nos sentó muy bien: más allá de gustarnos su paisaje, nos resultó muy económica y, gracias a la existencia de dos mercados, uno diurno y otro nocturno, nos alimentamos un poco mejor aún (cantidad-precio) que durante nuestros días en Bangkok. No obstante, dos noches resultaron suficientes y, de esta forma, resolvimos nuestra partida hacia la ciudad más representativa –turísticamente hablando– del norte de Tailandia, Chiang Mai.

Carla & Hernán