12 de junio de 2011

... Tailandia! (décimo primera parte)


     Aquel bus que nos dejaría en Chiang Mai provenía desde Bangkok y arribó a la terminal de ómnibus de Ayutthaya con una hora de retraso, situación que ni siquiera nos despertó –ni despierta– vestigios del estrés que nos hubiera generado meses atrás. Ascendimos al vehículo y nos vimos sorprendidos por dos factores: por un lado, más allá de tratarse de segunda clase, su servicio nos resultó espectacular aunque, por otro lado, nuestros asientos se encontraban ocupados, lo cual generó que Hernán imponga una voz autoritaria solicitando a los pasajeros –todos tailandeses– que le mostraran sus pasajes para, acto seguido, comenzar a reubicarlos adonde correspondiera.
     Ya sentados juntos, desplegamos una de nuestras bolsas de dormir a modo de frazada y se apagaron las luces, prosiguiendo nueve horas de viaje impecables. Arribados a la terminal de ómnibus de Chiang Mai, negociamos un tuk-tuk para que nos condujera al área desde donde Carla, esta vez, iniciaría una nueva búsqueda de alojamiento, la cual no resultó difícil puesto nos vimos nueva y agradablemente impresionados debido a sus tarifas.
     Chiang Mai nos resultó prolija y muy bien conservada –según Carla un poco insulsa también–. Su casco antiguo se encuentra amurallado y alberga avenidas y callejones, casas de pocos pisos, muchos templos budistas y algunos museos. A su vez, más allá de sus muros de ladrillo, pueden visualizarse elevaciones cubiertas de vegetación que otorgan un verdadero atractivo al paisaje. Dedicamos un par de días a, simplemente, perdernos por sus calles, observar a sus personas y disfrutar algunas cuantas cervezas Archa (alternativa más económica a la clásica Chang).
     Justamente debido a la cantidad de turistas que deambulan por la ciudad, la oferta de actividades resulta amplísima –trekking, rafting, paseos sobre elefantes–, no obstante, nuestra elección terminó siendo… alquilar una moto! Así, disfrutando de la libertad que nos otorgan sus dos ruedas, nos trasladamos a los alrededores de la ciudad, adentrándonos en verdes caminos que se tornan más y más frescos a medida que ascendemos en altura y ofrecen vistas panorámicas; visitamos cascadas, templos y dos poblaciones hmong (una más cercana a la ciudad y muy preparada para turistas; otra un poco más alejada y mucho más auténtica).
     Disfrutamos tanto nuestra jornada a través de dichas laderas salpicadas por nubes que otorgaban mayor misticismo al paisaje, que decidimos internarnos un poco más y, de esta forma, planeamos dirigirnos a Pai, desde donde podríamos acceder a algunas aldeas de montaña lindantes a Myanmar. Así que sin demasiadas vueltas, cargamos nuestras mochilas a una minivan y hacia allí nos dirigimos!

Carla & Hernán