Una pick-up del guesthouse donde pasamos aquella última noche en Tailandia nos trasladó al muelle desde donde partiría un barco tipo piragua que nos dejaría en Huay Xai, nuestra puerta de entrada a Laos. Llovía. Atravesar el río Mekong demoró minutos nomás y, seguidamente, tramitamos nuestra visa on-arrival y realizamos demás trámites migratorios de rutina. A continuación contratamos un tuk tuk para que nos condujera al muelle desde donde partiría nuestro barco rumbo a Luang Prabang, compramos nuestros pasajes y abordamos al mismo una hora después.
Sabíamos que sería una travesía turística aunque jamás imaginamos tanto: un 95% de los pasajeros eran occidentales y, a su vez, un 80% de éstos iba aprovisionado de alcohol y comida y, así como aconseja la “santa” Lonely Planet, un almohadón para amortiguar la rigidez de los asientos.
Iniciaba nuestro primer día de navegación a lo largo del río Mekong y, al cabo de algunos minutos, un panorama alucinante comenzábamos a descubrir: su cauce transcurre entre montañas forradas de vegetación y salpicadas por nubes que otorgan misticismo y romanticismo al paisaje mientras que su lecho pedregoso otorga un atractivo extra, a la vez que dificulta su navegabilidad e impide, afortunadamente, el tránsito de grandes embarcaciones.
Por otro lado, nuestros asientos jamás pudieron haber sido mejor elegidos: ubicados al frente aunque perpendicularmente al resto, se encontraban lo suficientemente alejados del motor para que su ruido no nos molestara y permitieron que estirásemos nuestras piernas y tuviésemos una vista panorámica no sólo del exterior sino del interior del barco, en efecto, una gran parte de los turistas que nos acompañaban, brindaba un espectáculo aparte: jóvenes –mucho más jóvenes que nosotros– europeos que derrochaban modernidad no dejaron de consumir cervezas que, incluso, compraban a niños que atiborraban al barco cuando éste atracaba momentáneamente. Nos sentíamos algo desubicados en dicho contexto y, de esta forma, nuestra interacción se mantuvo limitada a un sesentón belga quien tratándose de un adicto a las drogas semi-recuperado, se hallaba subvencionado por su gobierno y, debido a su debilitada salud, estaba llevando a cabo el último viaje de su vida.
Después de 6 horas de navegación, llegamos a la ciudad de Pak Beng, donde pernoctaríamos una noche antes de continuar nuestra travesía fluvial hasta Luang Prabang. Afortunadamente había dejado de llover al momento de descender del barco, no obstante, nuestras mochilas –particularmente aquélla de Carla– no se libraron del agua, en efecto, su disposición dentro de la bodega del barco, las habría convertido en especie de esponjas gigantes. Así, intentando superar el malhumor que nos generara tanta agua, más allá del acoso de los locales ofreciéndonos muy insistentemente alojamiento, nos desviamos de la masa de turistas, hallamos una alternativa sencilla donde dormir, desplegamos nuestras ropas a fin que se secasen y, acto seguido, salimos a pasear por el pueblo, hallando un restaurante de ubicación inmejorable, donde nos reencontraríamos casualmente con el belga del barco y compartiríamos una agradable cena.
A la mañana siguiente, tras desayunar atípicamente, volvimos a embarcarnos y, después de asegurarnos un mejor destino para nuestras mochilas, elegimos mismos asientos a fin de sobrellevar una nueva jornada de 8 horas de navegación, en la cual nos vimos infelizmente acompañados por lluvias de todo tipo –aguaceros, chubascos, lloviznas y tormentas– aunque siempre constantes, las cuales nos impidieron disfrutar del paisaje, pasando a ser nuestro mayor divertimento, un grupo de laosianos jugando –y apostando– apasionadamente a los naipes.
Nuestras primeras horas en Luang Prabang fueron difíciles: un diluvio nos recibió y, por ende, dificultó nuestra búsqueda de alojamiento aunque sin impedir hallar un adorable guesthouse acorde a nuestro presupuesto y, afortunadamente, dotado de un balcón donde, días más tarde, miraríamos llover mientras disfrutaríamos baguettes acompañadas por Beer Lao. Aquel día de arribo, asimismo, coincidió con nuestro cumple mes de viaje #5 por lo que, más allá de las complicaciones climatológicas, no permitimos que pasase inadvertido y nos regalamos una cena hindú que estuvo increíble!
Luang Prabang es preciosa: se encuentra emplazada entre dos ríos, Mekong y Nam Khan y rodeada, a su vez, por montañas. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, su arquitectura colonial se encuentra conservadísima mientras que sus nuevas edificaciones resultan armónicas a las más antiguas. Luang Prabang remitiría a una ciudad europea más que asiática si no fuese por la existencia de montones de templos budistas y, consecuentemente, montones de monjes (alrededor de 300) que cada mañana realizan una ronda de recolección de ofrendas. Además posee dos mercados: uno diurno de alimentos y otro nocturno de artesanías, ambos muy prolijos y extremadamente coloridos, donde paseamos durante horas.
No sabemos si habremos sido lo suficientemente manifiestos por lo que, por si quedase alguna duda, el clima resultó asqueroso: la lluvia se hizo presente todos los días durante horas seguidas, lo cual, si bien no nos impidió recorrer la ciudad, nos limitó al momento de visitar sus alrededores. Asimismo nos acobardó e instó a reemplazar nuestra idea de motocicleta por autobuses a fin de explorar el norte del país. Dispusimos, de esta forma, que Nong Khiaw sea nuestro siguiente destino, una pequeña localidad ribereña que, según dicen, resulta tan pintoresca que enamora… veremos.
Carla & Hernán