24 de junio de 2011

... Tailandia! (última parte)


     A fin de arribar a nuestro siguiente objetivo teníamos dos opciones: un servicio de minibus directo y dispuesto casi exclusivamente para turistas o un micro regular a Chiang Mai y, desde una terminal de ómnibus diferente a la cual arribaríamos, otro a Chiang Rai. Desde ya que esta última opción resultaría mucho más lenta aunque mucho más económica también, por lo que válidos de dos atributos indispensables, disponibilidad de tiempo y mucha paciencia, nos inclinamos hacia la segunda alternativa.
     Justamente debido a la imposibilidad de alcanzar altas velocidades, el viaje de regreso a Chiang Mai transitando aquel “camino de las mil curvas” resultó mucho más agradable. De esta forma, una vez depositados en una de las terminales de ómnibus de la ciudad, averiguamos por servicios a Chiang Rai y, afortunadamente, hallamos montones de frecuencias que partían desde aquella misma estación aunque dicha suerte resultó momentánea ya que sólo hubo un servicio demorado y, sí, se trató del nuestro. Así partimos dos horas más tarde y tras un viaje impecable más allá de las tormentas que habríamos atravesado, llegamos a la ciudad de Chiang Rai.
     Inaplazablemente se acercaban ambas, noche y lluvia, por lo que, sabiendo que la zona de los hoteles se hallaba a corta distancia de la terminal de ómnibus, montamos rápidamente nuestras mochilas y nos dirigimos allí aunque, a partir de una lectura equivocada del plano, nuestra primera iniciativa para encontrar alojamiento resultó en vano y tuvimos que recomenzar nuestra búsqueda rumbo a la dirección opuesta, donde hallamos un ajardinado guesthouse ubicado a tres cuadras del centro que, sin dudarlo demasiado, terminó siendo nuestra elección.
     Chiang Rai nos gustó mucho: un centro dominado por una torre-reloj muy distinguida siempre y cuando no proyecte luces de colores y música pop tailandesa como cada día a cada hora, un mercado diurno donde hallamos mayor cantidad de animales vivos para su consumo –pájaros, peces, ranas y tortugas– que en ningún otro, y un bazar nocturno repleto de artesanías que, dada otra realidad, hubiésemos arrasado, resultaron nuestros preferidos.
     Provistos de la energía que nos transmitiera Chiang Rai, volvimos a alquilar una moto y, entusiasmadamente, nos dirigimos al norte de la ciudad, adonde visitaríamos fronterizas ciudades. De esta forma llegamos a Chiang Saen, separada de Laos por el río Mekong, desde cuyo activo puerto comercial visualizamos más banderas chinas que tailandesas. Desde allí continuamos a la turística Sop Ruak aunque más conocida como Golden Triangle: “Triángulo” porque se trata de la triple frontera entre Myanmar, Laos y Tailandia, y “Oro” porque así se consideraba al opio que durante años se cultivó por esta zona; y donde aprovechamos, además, para visitar un museo relacionado a la temática que nos resultó muy interesante. Llegamos, posteriormente, a la ciudad de Mae Sai donde, siendo un paso fronterizo a Myanmar, no resulta extraño visualizar vendedores de “piedras preciosas” usando longyi y, tras alcanzar al punto más septentrional de Tailandia, lo cual nos permite afirmar que recorrimos este país de sur a norte, literalmente, nos dirigimos a Mae Salong, un pintoresco poblado de inmigrantes chinos que aún conservan su idioma, rodeado de montañas y plantaciones de té, desde donde disfrutamos del atardecer.
     Y aquel día que parecía nunca llegaría, llegó y, de esta forma, nos trasladamos a Chiang Khong, paso fronterizo a Laos, donde pernoctamos una noche a orillas del río Mekong para, a la mañana siguiente, dirigirnos al muelle desde donde cruzaríamos al famoso río e ingresaríamos al siguiente objetivo de nuestro itinerario, dejando atrás sin nostalgia aunque tampoco indiferencia a Tailandia, país que nos albergó durante sesenta días de nuestras vidas y que, sin lugar a dudas, constituye un imperioso capítulo de nuestra travesía.

Carla & Hernán