20 de junio de 2011

... Tailandia! (décimo segunda parte)


     Después de un viaje a través de una ruta que, según Hernán podríamos identificar como “el camino de las mil curvas”, llegamos a Pai. Justamente gracias a la velocidad alcanzada por la minivan durante las curvas y contracurvas, Carla había adoptado un color tan verde como aquella vegetación que nos rodeaba, por tanto, ni bien descendidos tuvo apenas energías para quedar a cargo de las mochilas mientras Hernán se ocupó del relevamiento de alojamientos, hallando un complejo de bungalows muy pero muy bonito que, a su vez, nos resultó muy económico gracias a la inminente temporada de lluvias que se aproximaba.
     No teníamos grandes expectativas, sin embargo, Pai nos alucinó: se trata de un bohemio pueblo montañoso que, si bien netamente turístico, no pierde atractivo. Nos sentimos tan cómodos aquí que decidimos quedarnos una noche más disfrutando de sus paisajes y, desde ya, su formidable gastronomía, antes de visitar sus alrededores.
     A tal fin seleccionamos a nuestra temporaria compañera de 100 cc. y le impusimos una primera prueba: transitar 60 kilómetros de rutas panorámicas hasta la localidad de Soppong, donde se halla Tham Nam Lod. Así, afrontando caminos perpendiculares y, desde ya, soportando 120 kilos arriba, nos permitió alcanzar exitosamente nuestra meta. Tham Nam Lod se trata de una cueva de dimensiones impresionantes, en efecto, resulta imposible adentrarse sin guía y sol de noche y, hallándose atravesada por un arroyo repleto de peces, algunos trayectos pueden, incluso, ser recorridos en balsa. De esta forma descubrimos un paisaje apabullante compuesto por estalagmitas y estalactitas, formaciones rocosas gigantes, bandadas de pájaros que ensordecían, murciélagos y, consecuentemente, toneladas de excrementos que alfombraban y aromatizaban a la gigantesca caverna, generando diversos efectos: asco y malhumor en Carla o apasionamiento y verborragia en Hernán.
     Dado que aquella primera prueba había sido superada, le asignamos una nueva al día siguiente: recorrer aquellos 120 kilómetros que separaban nuestro origen, Pai, de nuestro siguiente destino, Mae Hong Son. Sobrellevando mismos obstáculos, a los cuales se agregó un nuevo factor, la lluvia, nuestra motocicleta atravesó bosques más o menos tupidos y arrozales y, después de cuatro horas andando, llegó a aquella ciudad que nos albergaría durante dos días antes de retornar a Pai.
     Mae Hong Son nos resultó menos atractiva que Pai, no obstante, su condición fronteriza –y medianamente conflictiva– le otorga aspectos únicos: diversidad de etnias, centros de refugiados y templos de diferentes religiones forman parte del paisaje de la ciudad. Asimismo posee un mercado y una feria de artesanías donde Carla no pudo resistir al encanto de un par de pantalones, una céntrica pista de aterrizaje y un lago muy pintoresco… todo enmarcado por montañas.
     Una vez repuestos del cansancio que implicó trasladarnos en motocicleta hasta allí, dedicamos un siguiente día a recorrer los alrededores septentrionales de la ciudad. Así atravesamos vistosos paisajes, visitamos una cascada y arribamos a la frontera con Myanmar, donde se hallan varias aldeas de montaña tales como Ban Rak Thai, ocupada por chinos dedicados al cultivo del té, y Ban Ruam Thai, cuyos habitantes resultan inconfundiblemente birmanos. Si bien las lluvias se hicieron más que presentes durante esta jornada, no resultaron impedimento para llegar a otros pueblos más alejados como, por ejemplo, Pangtong Royal Residence, un proyecto turístico a orillas de un lago rodeado por hectáreas de bosque. Por último, nos desviamos a fin de arribar a una de las aldeas Karen (Padaung en Myanmar) o “cuello de jirafa” aunque dado que ambos habíamos visto algunas en Myanmar y nos habríamos sentido algo incómodos, Hernán ya había visitado una aldea similar en Tailandia durante su anterior visita y, no seremos hipócritas, el valor de la entrada, principalmente, decidimos conformarnos con nuestros recuerdos atesorados al momento.
     Una vez de regreso en Pai y tras despedirnos de nuestra compañera que nos trasladó por más de 500 kilómetros durante tres días, dispusimos quedarnos unos días disfrutando de las bondades del pueblo y reponiendo energías, antes de continuar rumbo a Chiang Rai, nuestro último destino tailandés.

Carla & Hernán