La extensión de los siguientes párrafos se
sustenta por la duración e implicancias de la travesía que soportaríamos;
quienquiera obviarlo, estará omitiendo uno de los traslados más agotadores de
nuestras vidas.
A las 6 de la mañana nos dirigimos a la
terminal de Daocheng, donde nos aguardaba un ómnibus tan mediocre como
cualquiera de los anteriores. Un primer trayecto de ruta nos resultó óptimo, no
sólo gracias al asfalto que nos acompañó sino también al increíble amanecer que
nos despidió de Daocheng, no obstante, al parecer, lo bueno a veces se acaba
rápido y, andados unos pocos kilómetros, ingresamos a un camino de pésimo ripio
que, encima, se vio interrumpido en diversas instancias debido a obras que
generaban demoras desde media hora a más de tres horas, esta última, gracias a
los muchachos de Telecom que iniciaron un pozo y utilizaron a la ruta para
depositar la tierra antes de preparar un camino alternativo para los vehículos
que, consecuentemente, se acumularon a docenas aunque, paradójicamente, no
generó queja alguna por parte de ninguno de sus conductores. Allí, al costado
de la ruta, nos echamos y, posteriormente, almorzamos unas sopas que vendía un
improvisado almacén, junto a los dirigentes de la obra quienes, ajenos a la
situación que habían generado, quisieron fotografiarse junto a nosotros.
Las condiciones del viaje no mejoraron
pero, al menos, los paisajes de montañas nos resultaron majestuosos mientras la
luz del día duró… y cuando la madrugada arribó, nosotros lo hicimos a una
ciudad desconocida donde nuestro conductor ingresó a una terminal de ómnibus,
se estacionó, se dirigió a los pasajeros en chino (eran todos chinos excepto
nosotros) y se marchó. Al parecer nadie comprendía que sucedía puesto, supuestamente,
el ómnibus se dirigiría directo a Chengdu así que, seguidamente a una
discusión, un grupo de chinos quiso ubicar al conductor que había desaparecido:
no se encontraba en la terminal ni en el hotel ubicado dentro de la misma por
lo que obligaron a abrir las puertas de la estación al sereno a fin de rastrear
al conductor quien apareció junto a su ayudante, al cabo de algunos minutos,
saliendo del bar al otro lado de la calle aunque volvió a desaparecer cuando,
al mejor estilo “estrella de rock”, paró un taxi, ascendió y dejó a quienes
pretendían increparlo atrás. Y esta situación que nosotros visualizábamos –ya
que nos resultaba imposible participar sin comunicarnos– como una bizarra obra
de drama dio un vuelco y terminó siendo una bizarra obra pero de comedia, en
efecto, el conductor retornó a la terminal, se dirigió al grupo y, lógicamente,
se inició una pelea, algunas mujeres intermediaban para que sus maridos no
golpeasen a nuestro conductor quien, mágicamente, dijo algo que enmudeció a los
pasajeros y generó que éstos terminasen abrazándolo y acompañándolo a la puerta
del hotel. Así que, después del final feliz, algunos pasajeros siguieron al
conductor y se hospedaron en el hotel de la terminal mientras que otros
–diríamos un 95%– nos “acomodamos” dentro del ómnibus cuyos asientos, resulta
oportuno recordar, no resultaban reclinables e, intentando superar al frío que
nos acompañaba, pretendimos dormir algunas horas antes de volver a partir rumbo
a Chengdu.
Y a Chengdu llegamos después de treinta y
tres horas desde Daocheng aunque, una vez allí, aún nos restaba camino por
recorrer, de hecho, Chengdu resultaba una ciudad de conexión que nos permitiría
redirigirnos al sur del país, de esta forma, un primer colectivo nos acercó a
un punto donde subimos a otro que, debido a un doble asesoramiento incorrecto,
nos alejó de la terminal de trenes del este adonde nos dirigíamos a fin de
adquirir nuestros pasajes, situación que resolvimos, simplemente, subiéndonos a
un taxi.
Ahora bien, sabíamos que nuestro tren
partiría a la tarde del día siguiente aunque aún desconocíamos que no
conseguiríamos disponibilidad en categoría “litera”, en efecto, la agente de
emisiones de pasajes nos informó que nuestra única opción para llegar a Guilin
sería un asiento así que, agotados y ahora también resignados, aceptamos su
propuesta para, posteriormente, ubicar un alojamiento aunque, lamentablemente,
tampoco nos resultó sencillo: no había hoteles alrededor de la estación de
trenes ni podíamos pernoctar en ésta ya que no permanecía abierta durante las
noches. Y cuando ya nos disponíamos a pedirle a un taxista que nos condujera
adonde quisiera que tuviera una ducha y una cama, un “ángel” apareció y nos
ofreció alojamiento a metros de la estación de trenes; se trataba del
departamento de una familia ubicado dentro de un complejo de edificios tipo
monoblock; al principio sentimos desconfianza pero, después de ingresar al
complejo adonde un señor de seguridad nos registrara y, posteriormente, al
departamento donde una nena de cinco años se veía hipnotizada por Tom &
Jerry, nos sentimos a gusto así que negociamos una tarifa, nos acomodamos,
“gordeamos” un par de combos de Mc Donalds y nos dormimos.
Al día siguiente, animados, retornamos a
la terminal de trenes, ubicamos al servicio K652, ascendimos al vagón #10 y
ocupamos nuestros asientos cuya primera impresión no nos agradó demasiado,
pequeños como todos los asientos de China y rígidos, no obstante, no opacaron
nuestro viaje del todo gracias a nuestro ánimo que siguió siendo excelente y,
desde ya, a la familia de tres –matrimonio e hija de cuatro años de edad- que
nos acompañó gran parte del trayecto; la señora nos ofrecía mandarinas,
nosotros instalamos un microcine donde proyectamos a “El Rey León” para
entretenimiento de la nena –y algunos adultos también– y, por la noche, nos
alternamos para apoyar nuestras cabezas sobre la mesa.
Así, después de veintiséis horas sobre
rieles, arribamos a la ciudad de Guilin adonde no nos alojaríamos, en efecto,
ya habíamos resuelto que visitaríamos a los atractivos de la región desde
Yangshuo, por ende, un ómnibus nos condujo desde la puerta de la terminal de
trenes y, después de unos últimos 70 kilómetros, llegamos al destino; Carla se
quedó al cuidado de los equipajes y Hernán no se resignó y consiguió un cuarto
pequeño aunque dentro de nuestro presupuesto donde pasaríamos nuestro primer
día de estadía intentando reponernos de semejante travesía.
Y salimos de la madriguera para pasear por
Yangshuo, una ciudad que nos gustó mucho: una costanera, un área antigua cuyas
peatonales rebosan de negocios y, principalmente, montañas kársticas que
salpican a toda la ciudad y un poco más allá de la misma, de hecho, nos
acercamos al pueblo de YangDi y, desde allí, después de un sobreactuado
regateo, iniciamos un recorrido a través del río Li que nos permitió acceder a
imágenes de postales.
Otro día visitamos Guilin aunque, aquí,
resultamos doblemente sorprendidos: por un lado, las atracciones AAAA (una de
las clasificaciones más altas) de la ciudad no nos resultaban muy interesantes
y, por otro lado, sus precios serían excesivos para nosotros por lo que armamos
un circuito que nos permitió ver todo… pero desde la puerta!
Y aprovechamos para comprar nuestros
siguientes pasajes de tren rumbo a Hong Kong: nuestra visa pronto expiraría por
lo que arreglamos nuestra partida rumbo a esta región administrativa especial
de China donde intentaríamos gestionar un nuevo visado para seguir viajando por
este país y donde, por qué no, dedicaríamos unos días a revivir paseos por
ésta, la primera ciudad de China a la cual regresaríamos después de cinco años.
Carla & Hernán

