7.30 AM. Ya poseíamos nuestros pasajes
–aunque un tanto atípicos– rumbo a Lijiang, por tanto, nos dirigimos según
acordado a la oficina de pasajes ubicada dentro de las murallas de Dali y,
desde allí, un empleado nos acompañó a una esquina por donde nos recogería
nuestro minibus, el cual arribó puntualmente aunque, dado que su recorrido
había iniciado en Xiaguan, no tuvimos posibilidad de elegir asientos, por
tanto, debimos someternos a dos minúsculos aunque contiguos ubicados en una
última y tortuosa fila.
Se trató de un óptimo trayecto –excepto
para algunos estómagos chinos que sufrieron los efectos de las curvas– y,
después de cuatro horas andando, arribamos a la terminal de ómnibus de Lijiang
desde donde iniciamos nuestra marcha a pie rumbo a la parte antigua de la
ciudad aunque, antes de alcanzar a la misma, topamos una serie de alojamientos
que debido, seguramente, a su condición periférica al mayor atractivo de la
ciudad, nos resultaron muy económicos y, por ende, allí nos instalamos.
Una avenida actúa como borde y, al oeste
de la misma, se encuentra una moderna Lijiang mientras que, al este de ésta, se
ubica una ciudad antigua conocida como Dayan o, simplemente, Old Lijiang.
Uno tiende a imaginarse que un pequeño
pueblo resultará siempre mucho más encantador que una gran ciudad, sin embargo,
existen expeciones. El tamaño de la antigua Lijiang es sumamente superior al de
la amurallada Dali, no obstante, su atractivo no tiene parangón, de hecho,
asemeja a una ciudad de fantasías: sus calles son empedradas peatonales cuyos
desniveles permiten alucinantes vistas panorámicas, sus restauradas viviendas
Naxi (etnia autóctona de Lijiang) antecedidas, generalmente, por rojos portones
son galerías de arte u hoteles boutique, sus canales son impecables y, junto a
sus puentes y sus sauces, ofrecen conmovedores paisajes.
Dado que las atracciones de los
alrededores de la ciudad no nos despertaron mayor interés y, a su vez, exigían
una entrada cuyo monto nos resultaba un poco exagerado, dedicamos nuestra
estadía completa a caminar por esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad
por UNESCO: accedimos a puntos panorámicos, ingresamos a antiguas viviendas,
visitamos sus negocios, seguimos disfrutando de la gastronomía china (claypot,
papas en todas sus formas –bastones, nidos o canelones–, pinchos de carne o
vegetales asados o de pollo fritos, salteados y sopas de fideos) y admiramos
sus noches de anaranjados tejados y peatonales que asemejan a laberintos
iluminados por lámparas chinas.
Jamás imaginamos que el sur de China
podría ofrecernos tanta pero tanta hermosura y ahora, motivados por esos picos
que ya desde Lijiang podemos observar, seguiremos ascendiendo a fin de alcanzar
una ciudad que, quizás, se trate de un verdadero Shangri-La.
Carla & Hernán