11 de septiembre de 2011

... China! (cuarta parte)


El viaje a Shangri-La nos resultó excelente: un decente ómnibus anduvo a través de rutas impecables rodeadas por paisajes que cada vez nos resultaban menos vistos y, después de unas cuatro horas andando, nos permitió arribar a su terminal de ómnibus desde donde, después de comprar un mapa de la ciudad y confirmar que su casco antiguo se hallaba a un par de kilómetros imposibles de caminar cargando nuestras mochilas, iniciamos nuestro sondeo de alojamientos que, tras haber descartado algunas opciones cuyos importes nos resultaban costosos, dio por resultado uno pequeño ubicado sobre una de las arterias principales de la ciudad.
La estadía en Shangri-La no inició muy felizmente, en efecto, después de un primer paseo de reconocimiento donde hallamos al restaurante cuyos dueños, un matrimonio de chinos, sonrientes nos recibirían ante cada mediodía y noche de nuestra estadía, retornamos al hotel y, después de actualizar nuestra planilla de gastos, descubrimos que trescientos yuanes habían desaparecido de nuestra habitación; no se trataba de una suma considerable, de hecho, si no hubiese existido nuestro archivo, jamás nos hubiésemos percatado pero, de cualquier forma, dado que no podíamos retirarnos puesto habíamos adelantado el pago de las siguientes noches, quisimos asegurarnos que no volviera a suceder y encaramos al dueño del hotel. Y, por primera vez desde que ingresamos a China, deseamos poder comunicarnos en inglés; nuestro obstáculo lingüístico no sólo nos instó a utilizar mediocres dibujos, malísimas dramatizaciones e, incluso, trucos de magia sobre desaparición de objetos destinados a niños de dos años de edad sino que, además, nos exigió abandonar nuestra discusión antes de tiempo sin poder deshacernos del sentimiento de angustia que, consecuentemente, a posteriori nos acompañaría.
La influencia tibetana de Shangri-La no tiene discusión; ubicada a unos pocos kilómetros de la frontera con aquella región, migraciones de tibetanos han influenciado su arquitectura, su moda y su religión.
Al igual que Dali y Lijiang, Shangri-La está dividida en dos áreas, antigua y moderna, aunque igualmente impecables. Su rústico casco antiguo se encuentra dominado por una plaza y un monasterio en altura que se jacta de poseer a la rueda de oración más grande del mundo. Y hay más elementos: vías empedradas y peatonales,  stupas repartidas por sus calles decoradas con banderitas tibetanas de oración y muchos personajes –chinos han, tibetanos, menores grupos étnicos y monjes–.
Otro de nuestros sentidos del viaje, más allá de conocer a la ciudad, resultaba dirigirnos a la Meilu Xue Shan, una cumbre de 6,740 metros de altura aunque, debido a su duración como su precio, decidimos reemplazar esta excursión por otras dos. Así, después de un viaje que asemejó a una montaña rusa, nos dirigimos al Grand Canyon National Park, un área protegida que alberga a uno de los cañones más grandes de Asia. Allí un ómnibus dirigido por una guía cuyas explicaciones nos resultaron “un chino”, nos condujo a la primera de las pasarelas que acompañan uno de los sectores más angostos del cañón; se trató de un trayecto más bien corto aunque agradable que antecedería a otro mucho más hermoso aún, de hecho, un segundo y último tramo de pasarelas nos dirigió, paralelamente al río, a una cascada sagrada de traslúcidas aguas de deshielo desde donde podíamos optar por retornar a pie o, abonando un monto extra, motorizados al inicio del circuito (suponemos que resulta imaginable nuestra elección).
Otra de las excursiones que realizamos desde Shangri-La nos transportó a la cima de una montaña, sí, un taxi nos acercó a la base de la sagrada Shika Snow Mountain y, desde allí, un teleférico nos condujo, primeramente, a un valle donde paseamos acompañados por una garúa para, posteriormente, seguir ascendiendo a los 4,500 metros de altura desde donde, gracias al clima que, poco a poco, comenzó a mejorar, deleitamos, primero, impresionantes panorámicas y, finalmente, unas almendras calientes mientras recuperábamos temperatura.
Shangri-La nos gustó mucho y, si no hubiese existido ningún episodio como aquel del inicio, nuestra estadía nos habría resultado tan idílica como aquellas anteriores. Ahora teníamos dos opciones: retornar al sur o dirigirnos un poquitín más al norte a una ciudad que ni siquiera figura dentro de nuestro mapa aunque, siendo otra de las recomendaciones de Feng, optamos por seguir y emitimos nuestros pasajes a Daocheng sin saber que nos deparará aunque, de cualquier forma, sea lo que sea, será parte del próximo capítulo. 

Carla & Hernán