El viaje a Shangri-La nos resultó
excelente: un decente ómnibus anduvo a través de rutas impecables rodeadas por
paisajes que cada vez nos resultaban menos vistos y, después de unas cuatro
horas andando, nos permitió arribar a su terminal de ómnibus desde donde,
después de comprar un mapa de la ciudad y confirmar que su casco antiguo se
hallaba a un par de kilómetros imposibles de caminar cargando nuestras
mochilas, iniciamos nuestro sondeo de alojamientos que, tras haber descartado
algunas opciones cuyos importes nos resultaban costosos, dio por resultado uno
pequeño ubicado sobre una de las arterias principales de la ciudad.
La estadía en Shangri-La no inició muy
felizmente, en efecto, después de un primer paseo de reconocimiento donde
hallamos al restaurante cuyos dueños, un matrimonio de chinos, sonrientes nos
recibirían ante cada mediodía y noche de nuestra estadía, retornamos al hotel
y, después de actualizar nuestra planilla de gastos, descubrimos que
trescientos yuanes habían desaparecido de nuestra habitación; no se trataba de
una suma considerable, de hecho, si no hubiese existido nuestro archivo, jamás
nos hubiésemos percatado pero, de cualquier forma, dado que no podíamos
retirarnos puesto habíamos adelantado el pago de las siguientes noches,
quisimos asegurarnos que no volviera a suceder y encaramos al dueño del hotel.
Y, por primera vez desde que ingresamos a China, deseamos poder comunicarnos en
inglés; nuestro obstáculo lingüístico no sólo nos instó a utilizar mediocres
dibujos, malísimas dramatizaciones e, incluso, trucos de magia sobre
desaparición de objetos destinados a niños de dos años de edad sino que,
además, nos exigió abandonar nuestra discusión antes de tiempo sin poder
deshacernos del sentimiento de angustia que, consecuentemente, a posteriori nos
acompañaría.
La influencia tibetana de Shangri-La no
tiene discusión; ubicada a unos pocos kilómetros de la frontera con aquella
región, migraciones de tibetanos han influenciado su arquitectura, su moda y su
religión.
Al igual que Dali y Lijiang, Shangri-La
está dividida en dos áreas, antigua y moderna, aunque igualmente impecables. Su
rústico casco antiguo se encuentra dominado por una plaza y un monasterio en
altura que se jacta de poseer a la rueda de oración más grande del mundo. Y hay
más elementos: vías empedradas y peatonales, stupas repartidas por sus
calles decoradas con banderitas tibetanas de oración y muchos personajes
–chinos han, tibetanos,
menores grupos étnicos y monjes–.
Otro de nuestros sentidos del viaje, más
allá de conocer a la ciudad, resultaba dirigirnos a la Meilu Xue Shan, una
cumbre de 6,740 metros de altura aunque, debido a su duración como su precio,
decidimos reemplazar esta excursión por otras dos. Así, después de un viaje que
asemejó a una montaña rusa, nos dirigimos al Grand Canyon National Park, un
área protegida que alberga a uno de los cañones más grandes de Asia. Allí un
ómnibus dirigido por una guía cuyas explicaciones nos resultaron “un chino”,
nos condujo a la primera de las pasarelas que acompañan uno de los sectores más
angostos del cañón; se trató de un trayecto más bien corto aunque agradable que
antecedería a otro mucho más hermoso aún, de hecho, un segundo y último tramo
de pasarelas nos dirigió, paralelamente al río, a una cascada sagrada de
traslúcidas aguas de deshielo desde donde podíamos optar por retornar a pie o,
abonando un monto extra, motorizados al inicio del circuito (suponemos que
resulta imaginable nuestra elección).
Otra de las excursiones que realizamos desde
Shangri-La nos transportó a la cima de una montaña, sí, un taxi nos acercó a la
base de la sagrada Shika Snow Mountain y, desde allí, un teleférico nos
condujo, primeramente, a un valle donde paseamos acompañados por una garúa
para, posteriormente, seguir ascendiendo a los 4,500 metros de altura desde
donde, gracias al clima que, poco a poco, comenzó a mejorar, deleitamos,
primero, impresionantes panorámicas y, finalmente, unas almendras calientes
mientras recuperábamos temperatura.
Shangri-La nos gustó mucho y, si no
hubiese existido ningún episodio como aquel del inicio, nuestra estadía nos
habría resultado tan idílica como aquellas anteriores. Ahora teníamos dos
opciones: retornar al sur o dirigirnos un poquitín más al norte a una ciudad
que ni siquiera figura dentro de nuestro mapa aunque, siendo otra de las
recomendaciones de Feng, optamos por seguir y emitimos nuestros pasajes a
Daocheng sin saber que nos deparará aunque, de cualquier forma, sea lo que sea,
será parte del próximo capítulo.
Carla & Hernán
