22 de septiembre de 2011

... China! (sexta parte)


La extensión de los siguientes párrafos se sustenta por la duración e implicancias de la travesía que soportaríamos; quienquiera obviarlo, estará omitiendo uno de los traslados más agotadores de nuestras vidas.
A las 6 de la mañana nos dirigimos a la terminal de Daocheng, donde nos aguardaba un ómnibus tan mediocre como cualquiera de los anteriores. Un primer trayecto de ruta nos resultó óptimo, no sólo gracias al asfalto que nos acompañó sino también al increíble amanecer que nos despidió de Daocheng, no obstante, al parecer, lo bueno a veces se acaba rápido y, andados unos pocos kilómetros, ingresamos a un camino de pésimo ripio que, encima, se vio interrumpido en diversas instancias debido a obras que generaban demoras desde media hora a más de tres horas, esta última, gracias a los muchachos de Telecom que iniciaron un pozo y utilizaron a la ruta para depositar la tierra antes de preparar un camino alternativo para los vehículos que, consecuentemente, se acumularon a docenas aunque, paradójicamente, no generó queja alguna por parte de ninguno de sus conductores. Allí, al costado de la ruta, nos echamos y, posteriormente, almorzamos unas sopas que vendía un improvisado almacén, junto a los dirigentes de la obra quienes, ajenos a la situación que habían generado, quisieron fotografiarse junto a nosotros.
Las condiciones del viaje no mejoraron pero, al menos, los paisajes de montañas nos resultaron majestuosos mientras la luz del día duró… y cuando la madrugada arribó, nosotros lo hicimos a una ciudad desconocida donde nuestro conductor ingresó a una terminal de ómnibus, se estacionó, se dirigió a los pasajeros en chino (eran todos chinos excepto nosotros) y se marchó. Al parecer nadie comprendía que sucedía puesto, supuestamente, el ómnibus se dirigiría directo a Chengdu así que, seguidamente a una discusión, un grupo de chinos quiso ubicar al conductor que había desaparecido: no se encontraba en la terminal ni en el hotel ubicado dentro de la misma por lo que obligaron a abrir las puertas de la estación al sereno a fin de rastrear al conductor quien apareció junto a su ayudante, al cabo de algunos minutos, saliendo del bar al otro lado de la calle aunque volvió a desaparecer cuando, al mejor estilo “estrella de rock”, paró un taxi, ascendió y dejó a quienes pretendían increparlo atrás. Y esta situación que nosotros visualizábamos –ya que nos resultaba imposible participar sin comunicarnos– como una bizarra obra de drama dio un vuelco y terminó siendo una bizarra obra pero de comedia, en efecto, el conductor retornó a la terminal, se dirigió al grupo y, lógicamente, se inició una pelea, algunas mujeres intermediaban para que sus maridos no golpeasen a nuestro conductor quien, mágicamente, dijo algo que enmudeció a los pasajeros y generó que éstos terminasen abrazándolo y acompañándolo a la puerta del hotel. Así que, después del final feliz, algunos pasajeros siguieron al conductor y se hospedaron en el hotel de la terminal mientras que otros –diríamos un 95%– nos “acomodamos” dentro del ómnibus cuyos asientos, resulta oportuno recordar, no resultaban reclinables e, intentando superar al frío que nos acompañaba, pretendimos dormir algunas horas antes de volver a partir rumbo a Chengdu.
Y a Chengdu llegamos después de treinta y tres horas desde Daocheng aunque, una vez allí, aún nos restaba camino por recorrer, de hecho, Chengdu resultaba una ciudad de conexión que nos permitiría redirigirnos al sur del país, de esta forma, un primer colectivo nos acercó a un punto donde subimos a otro que, debido a un doble asesoramiento incorrecto, nos alejó de la terminal de trenes del este adonde nos dirigíamos a fin de adquirir nuestros pasajes, situación que resolvimos, simplemente, subiéndonos a un taxi.
Ahora bien, sabíamos que nuestro tren partiría a la tarde del día siguiente aunque aún desconocíamos que no conseguiríamos disponibilidad en categoría “litera”, en efecto, la agente de emisiones de pasajes nos informó que nuestra única opción para llegar a Guilin sería un asiento así que, agotados y ahora también resignados, aceptamos su propuesta para, posteriormente, ubicar un alojamiento aunque, lamentablemente, tampoco nos resultó sencillo: no había hoteles alrededor de la estación de trenes ni podíamos pernoctar en ésta ya que no permanecía abierta durante las noches. Y cuando ya nos disponíamos a pedirle a un taxista que nos condujera adonde quisiera que tuviera una ducha y una cama, un “ángel” apareció y nos ofreció alojamiento a metros de la estación de trenes; se trataba del departamento de una familia ubicado dentro de un complejo de edificios tipo monoblock; al principio sentimos desconfianza pero, después de ingresar al complejo adonde un señor de seguridad nos registrara y, posteriormente, al departamento donde una nena de cinco años se veía hipnotizada por Tom & Jerry, nos sentimos a gusto así que negociamos una tarifa, nos acomodamos, “gordeamos” un par de combos de Mc Donalds y nos dormimos.
Al día siguiente, animados, retornamos a la terminal de trenes, ubicamos al servicio K652, ascendimos al vagón #10 y ocupamos nuestros asientos cuya primera impresión no nos agradó demasiado, pequeños como todos los asientos de China y rígidos, no obstante, no opacaron nuestro viaje del todo gracias a nuestro ánimo que siguió siendo excelente y, desde ya, a la familia de tres –matrimonio e hija de cuatro años de edad- que nos acompañó gran parte del trayecto; la señora nos ofrecía mandarinas, nosotros instalamos un microcine donde proyectamos a “El Rey León” para entretenimiento de la nena –y algunos adultos también– y, por la noche, nos alternamos para apoyar nuestras cabezas sobre la mesa.
Así, después de veintiséis horas sobre rieles, arribamos a la ciudad de Guilin adonde no nos alojaríamos, en efecto, ya habíamos resuelto que visitaríamos a los atractivos de la región desde Yangshuo, por ende, un ómnibus nos condujo desde la puerta de la terminal de trenes y, después de unos últimos 70 kilómetros, llegamos al destino; Carla se quedó al cuidado de los equipajes y Hernán no se resignó y consiguió un cuarto pequeño aunque dentro de nuestro presupuesto donde pasaríamos nuestro primer día de estadía intentando reponernos de semejante travesía.
Y salimos de la madriguera para pasear por Yangshuo, una ciudad que nos gustó mucho: una costanera, un área antigua cuyas peatonales rebosan de negocios y, principalmente, montañas kársticas que salpican a toda la ciudad y un poco más allá de la misma, de hecho, nos acercamos al pueblo de YangDi y, desde allí, después de un sobreactuado regateo, iniciamos un recorrido a través del río Li que nos permitió acceder a imágenes de postales.
Otro día visitamos Guilin aunque, aquí, resultamos doblemente sorprendidos: por un lado, las atracciones AAAA (una de las clasificaciones más altas) de la ciudad no nos resultaban muy interesantes y, por otro lado, sus precios serían excesivos para nosotros por lo que armamos un circuito que nos permitió ver todo… pero desde la puerta!
Y aprovechamos para comprar nuestros siguientes pasajes de tren rumbo a Hong Kong: nuestra visa pronto expiraría por lo que arreglamos nuestra partida rumbo a esta región administrativa especial de China donde intentaríamos gestionar un nuevo visado para seguir viajando por este país y donde, por qué no, dedicaríamos unos días a revivir paseos por ésta, la primera ciudad de China a la cual regresaríamos después de cinco años.

Carla & Hernán