4 de septiembre de 2011

... China! (segunda parte)


No importa cuan cercanos se vean dos puntos dentro de un mapa de China, las distancias en este país siempre resultan larguísimas. Así nos pareció el viaje a Dali: salimos muy temprano desde Xinjie rumbo a Kunming, capital de la provincia de Yunnan, donde debíamos abordar otro ómnibus a Dali sólo que, desafortunadamente, descubrimos que no habría servicios desde la estación principal de autobuses de la ciudad, es decir, adonde habíamos arribado, por tanto, después que una agente de emisiones de pasajes nos informara –y anotara en caracteres chinos– que debíamos dirigirnos a la estación de autobuses del oeste, averiguamos qué línea de colectivo nos acercaría y nos dirigimos a su parada donde, siendo objeto de miradas, una pareja invitó nuestro pasajes. Kunming o, al menos, aquello de Kunming que visualizamos a través de la ventanilla del colectivo, nos pareció poco atractivo por lo que, una vez arribados a la terminal de autobuses del oeste, reservamos asientos a Dali y, apenas unos minutos después, nuestro extravagante conductor, un chino que acostumbraba subirse su remera al pecho y sus pantalones a las rodillas, inició su recorrido, arribando al final del mismo una vez anochecido y, recién entonces, evidenciamos nuestra confusión: nuestros pasajes nos dirigían a Xiaguan o Dali Shi, una moderna ciudad que dista a treinta minutos de la antigua ciudad de Dali elegida por nosotros, por tanto, agotados, negociamos que nuestro conductor nos acercara a las murallas de la antigua ciudad aunque éste, ni lento ni perezoso, aprovechó para depositarnos en la puerta de un alojamiento que, afortunadamente, nos resultó adorable y, después de negociar su tarifa, muy económico también.
El inicio de la estadía en Dali coincidió con un nuevo cumpleaños para Hernán, sí, los 34 años llegaron a su vida y, con éstos, una caja de Dove, unos chocolates que conocimos durante nuestro viaje anterior a China y que, por algún motivo, su recuerdo siempre nos quitó una sonrisa.
Dali, simplemente, nos enamoró! Una ciudad impecable, íntegramente restaurada, rodeada por murallas que obligan a atravesar majestuosos pórticos a su ingreso; sus calles, muchas de las cuales empedradas, nos resultaron encantadoras así como sus principales peatonales cuyos detalles sorprenden: un arroyo atraviesa a las mismas y agradable música china se emite a través de parlantes dispuestos a todo su largo; sus edificaciones más modernas son armónicas a las más antiguas ya sea por su altura (ninguna posee más de tres pisos) como por su diseño.
La belleza de Dali nos motivó a caminar muchísimo: durante el día nos perdimos por sus calles, nos divertimos mirando a sus personajes, visitamos su mercado donde algunas verduras nos asombraron dado sus tamaños y paseamos por el parque Yu’er, punto de reunión para montones de ancianos que bailan, realizan gimnasia o juegan al Mahjong, una especie de dominó chino, generando un ruido similar al de un casino; mientras que, durante la noche, nos sentimos sumamente conmovidos a partir de su delicada iluminación… Dali es mágica!
Y Dali es sabrosa, de hecho, nos reencontramos con algunas delicias, como los bollos rellenos, y descubrimos algunas otras como panes saborizados, pinchos de carne o vegetales asados, sopas de verduras y comida rápida de Dico’s.
Al oeste de la ciudad se encuentran algunas elevaciones que forman parte de la cordillera Cang Shan mientras que al este se ubica un lago llamado Er Hai donde, alrededor del mismo, se asientan algunas cuantas poblaciones que despertaron nuestro interés y generaron que nos dirigiéramos a aquella dirección. A tal fin, alquilamos un par de bicicletas y, después de atravesar algunas plantaciones, arribamos a orillas del lago desde donde nuestro objetivo pasó a ser visitar a las poblaciones ubicadas sobre sus márgenes, llegar a Xiaguan y retornar a través de una ruta alternativa que nos permitiría acceder a antiguas pagodas; itinerario magnífico si hubiésemos contemplado a las pendientes que, odiadas en ascensos y amadas en descensos, nos acompañaron durante los veinte kilómetros de recorrido y, lógicamente, destrozados nos dejaron.
A Dali le hubiésemos dedicado una estadía más larga aunque nos sentimos restringidos por nuestros visados, por tanto, agregamos apenas una noche más antes de dirigirnos a nuestro próximo destino, Lijiang, ciudad que, aunque intentemos evitarlo, deberá lidiar con su antecesora Dali que será inolvidable.

Carla & Hernán