No importa cuan cercanos se vean dos
puntos dentro de un mapa de China, las distancias en este país siempre resultan
larguísimas. Así nos pareció el viaje a Dali: salimos muy temprano desde Xinjie
rumbo a Kunming, capital de la provincia de Yunnan, donde debíamos abordar otro
ómnibus a Dali sólo que, desafortunadamente, descubrimos que no habría
servicios desde la estación principal de autobuses de la ciudad, es decir,
adonde habíamos arribado, por tanto, después que una agente de emisiones de
pasajes nos informara –y anotara en caracteres chinos– que debíamos dirigirnos
a la estación de autobuses del oeste, averiguamos qué línea de colectivo nos
acercaría y nos dirigimos a su parada donde, siendo objeto de miradas, una
pareja invitó nuestro pasajes. Kunming o, al menos, aquello de Kunming que
visualizamos a través de la ventanilla del colectivo, nos pareció poco
atractivo por lo que, una vez arribados a la terminal de autobuses del oeste,
reservamos asientos a Dali y, apenas unos minutos después, nuestro extravagante
conductor, un chino que acostumbraba subirse su remera al pecho y sus
pantalones a las rodillas, inició su recorrido, arribando al final del mismo
una vez anochecido y, recién entonces, evidenciamos nuestra confusión: nuestros
pasajes nos dirigían a Xiaguan o Dali Shi, una moderna ciudad que dista a
treinta minutos de la antigua ciudad de Dali elegida por nosotros, por tanto,
agotados, negociamos que nuestro conductor nos acercara a las murallas de la
antigua ciudad aunque éste, ni lento ni perezoso, aprovechó para depositarnos
en la puerta de un alojamiento que, afortunadamente, nos resultó adorable y,
después de negociar su tarifa, muy económico también.
El inicio de la estadía en Dali coincidió
con un nuevo cumpleaños para Hernán, sí, los 34 años llegaron a su vida y, con
éstos, una caja de Dove, unos chocolates que conocimos durante nuestro viaje
anterior a China y que, por algún motivo, su recuerdo siempre nos quitó una
sonrisa.
Dali, simplemente, nos enamoró! Una ciudad
impecable, íntegramente restaurada, rodeada por murallas que obligan a
atravesar majestuosos pórticos a su ingreso; sus calles, muchas de las cuales
empedradas, nos resultaron encantadoras así como sus principales peatonales
cuyos detalles sorprenden: un arroyo atraviesa a las mismas y agradable música
china se emite a través de parlantes dispuestos a todo su largo; sus
edificaciones más modernas son armónicas a las más antiguas ya sea por su
altura (ninguna posee más de tres pisos) como por su diseño.
La belleza de Dali nos motivó a caminar
muchísimo: durante el día nos perdimos por sus calles, nos divertimos mirando a
sus personajes, visitamos su mercado donde algunas verduras nos asombraron dado
sus tamaños y paseamos por el parque Yu’er, punto de reunión para montones de
ancianos que bailan, realizan gimnasia o juegan al Mahjong, una especie de
dominó chino, generando un ruido similar al de un casino; mientras que, durante
la noche, nos sentimos sumamente conmovidos a partir de su delicada
iluminación… Dali es mágica!
Y Dali es sabrosa, de hecho, nos
reencontramos con algunas delicias, como los bollos rellenos, y descubrimos
algunas otras como panes saborizados, pinchos de carne o vegetales asados,
sopas de verduras y comida rápida de Dico’s.
Al oeste de la ciudad se encuentran
algunas elevaciones que forman parte de la cordillera Cang Shan mientras que al
este se ubica un lago llamado Er Hai donde, alrededor del mismo, se asientan
algunas cuantas poblaciones que despertaron nuestro interés y generaron que nos
dirigiéramos a aquella dirección. A tal fin, alquilamos un par de bicicletas y,
después de atravesar algunas plantaciones, arribamos a orillas del lago desde
donde nuestro objetivo pasó a ser visitar a las poblaciones ubicadas sobre sus
márgenes, llegar a Xiaguan y retornar a través de una ruta alternativa que nos
permitiría acceder a antiguas pagodas; itinerario magnífico si hubiésemos
contemplado a las pendientes que, odiadas en ascensos y amadas en descensos,
nos acompañaron durante los veinte kilómetros de recorrido y, lógicamente,
destrozados nos dejaron.
A Dali le hubiésemos dedicado una estadía
más larga aunque nos sentimos restringidos por nuestros visados, por tanto,
agregamos apenas una noche más antes de dirigirnos a nuestro próximo destino,
Lijiang, ciudad que, aunque intentemos evitarlo, deberá lidiar con su
antecesora Dali que será inolvidable.
Carla & Hernán