Llegar a Hangzhou implicó uno de los
trayectos más agradables por China, quizás, debido a la fortuna de habernos
tocado ambas literas inferiores, sin lugar a dudas, las más cómodas de todas y
las que, además, aseguran el acaparamiento de la mesa ubicada dentro del
compartimento. Así, después de 1,600 kilómetros y veinte horas de viaje,
llegamos a Hangzhou, salimos de la estación de trenes e intentamos hallar un
hotel económico alrededor de la misma aunque no lo logramos, por ende, Hernán
aguardó junto a nuestras mochilas mientras que Carla se dirigió a una de las
avenidas principales donde, a metros de la misma, se decidió por una agradable
habitación, un poco pequeña, sí, aunque mucho más económica que sus últimas dos
antecesoras, lo cual generaría un respiro a nuestro últimamente asfixiado monto
diario para gastos.
La ciudad de Hangzhou nos resultó muy
agradable: moderna aunque no menos tradicional, se encuentra centrada por un
lago de grandes dimensiones que, a su vez, se halla atravesado por dos avenidas,
una repleta de sauces llamada Baidi y otra, llamada Su Causeway, que incluye
puentes y vistas adorables a la pagoda que domina a la ciudad; alrededor del
lago se ubican montones de áreas verdes y, más allá de éstas, negocios, muchos
negocios que, al parecer, surgen por doquier a partir del consumo desenfrenado
que los “chinos de la costa” han desarrollado; además posee un sistema de uso
público de bicicletas que, realmente, nos sorprendió a la vez que nos demostró,
una vez más, que los chinos resultan mucho más educados de lo que, comúnmente,
se prejuzga.
A lo largo de nuestra estadía, no sólo nos
dedicamos a pasear por la parte más céntrica de Hangzhou sino que, además,
quisimos visitar sus alrededores por lo que, primeramente, nos dirigimos a Longjing,
un pueblo dedicado a las plantaciones de té, uno de los paisajes que más nos
gustan y, posteriormente, visitamos al Feilai Feng, un complejo que alberga
increíbles imágenes budistas talladas en la montaña, un adorable monasterio y
un templo desde donde se originan unos mil escalones que Hernán, obviamente,
quiso ascender y, de esta forma, alcanzar más vistas panorámicas de las
montañas de los alrededores de la ciudad.
A Hangzhou llegamos arrastrados por un
ritmo muy lento después del encierro de Guangzhou aunque, ahora, nos vamos
sintiéndonos más enérgicos después de una estadía donde retomamos nuestras
caminatas kilométricas que, en definitiva, siempre resultan lo que más
disfrutamos! Lo que sigue: Shanghai, una ciudad que ya había sido descartada de
nuestro itinerario hace cinco años atrás por lo que ahora, ineludiblemente,
será parte de nuestro periplo por China.
Carla & Hernán
