Salir de Hong Kong no debía suponernos
ninguna complicación, simplemente, debíamos transitar inversamente el camino
realizado ocho días atrás, de esta forma, un tren nos acercó al puesto de
migraciones de Hong Kong desde donde, posteriormente, accedimos al de China y,
una vez re-ingresados al país, nos dirigimos a la estación de trenes de Shenzen
donde aguardamos que una interminable hilera de pasajeros avanzara para poder
comprar nuestros pasajes a Guangzhou.
175 kilómetros separan a ambas ciudades,
Shenzen y Guangzhou, a la vez que decenas de trenes unen a las mismas, no
obstante, no conseguimos disponibilidad inmediatamente sino que debimos
aguardar unas tres horas para nuestra partida en un tren que, realmente, nos
sorprendió: moderno, ultra-rápido (alcanzó unos 180 kilómetros por hora) y tan
impecable que nuestras mochilas, más roñosas que nunca, nos avergonzaban.
Y, la verdad, no nos sentimos muy
bienvenidos por Guangzhou, en efecto, una vez arribados a su terminal de
trenes, quisimos asegurarnos nuestra partida aunque nos resultó imposible ya
que no había disponibilidad debido al feriado que atravesábamos, por tanto,
pospusimos nuestra resolución para dedicarnos a la búsqueda de alojamiento que
nos resultó igualmente complicadísima ya que todos los hoteles nos ofrecían
tarifas altísimas, de cualquier manera, no nos rendimos sino una vez anochecido
y, mientras nos dirigíamos a una de las primeras opciones, un “cazaclientes”
nos interceptó, nos mostró un hotel (un folleto de hotel) un poco más económico
y nos regaló un traslado en taxi al mismo adonde, ni bien instalados, surgió un
nuevo inconveniente.
Al parecer Hernán anduvo distraído y le
encajaron el huevo podrido y, a partir de éste, sucedió una impensada estadía
que incluyó comunicaciones a la asistencia al viajero, visitas a clínicas,
consultas con especialistas, medicaciones, reposo, semi-internaciones,
alucinaciones, semi-pernoctes en el lobby del hotel, discusiones con la
asistencia al viajero y un exceso de comunicaciones a Argentina.
Así sucedió un día tras otro y aquella
estadía que habíamos destinado a Guangzhou se alargó y, en vez de quedarnos
unas dos noches, nos terminamos yendo después de trece; retraso que, sumado a
la sugerencia del Dr. Chan, el especialista que siguió la evolución de Hernán,
nos instó a alterar nuestro itinerario por uno más moderado y, durante nuestro
tiempo en Guangzhou, comenzamos a analizar opciones a seguir para nuestros
siguientes meses de viaje.
Y como no quisimos que nuestros recuerdos
de Guangzhou se remitieran a las inmediaciones del hotel y al trayecto desde
éste a la clínica, dedicamos un último día a pasear por una de las zonas más
modernas de la ciudad que bordean al río Perla.
Ahora sí, después de tantos días de
encierro, abandonar Guangzhou no nos generaba otra cosa más que alegría por lo
que, intentando retomar nuestro ritmo perdido, nos preparamos para dirigirnos a
nuestro siguiente destino, Hangzhou, una ciudad que atrae a montones de chinos
quienes, según se dice, deben visitarla al menos una vez durante sus vidas.
Carla & Hernán