Yangshuo nos despidió tras un hermoso
atardecer y, después de unas nuevas dos horas de viaje, arribamos a la terminal
de trenes de Guilin donde, mientras aguardábamos nuestro anuncio para ascender
al tren que nos dejaría en Guangzhou, nos percatamos que el servicio K950, o
sea, nuestro tren finalizaba en Shenzen, es decir, la ciudad adonde debíamos
dirigirnos. Ir a Shenzen sin
necesidad de conexiones ya que, una vez arribados a Guangzhou compraríamos nuestros
pasajes a dicha ciudad, nos generaría una ganancia de energías por lo que
Hernán se dirigió a la taquilla de pasajes pero, debido a la proximidad de la
salida, no pudieron venderle ese tramo (Guangzhou / Shenzen) en el tren que
pronto abordaríamos, por tanto, debimos aguardar al momento de ascender al
mismo para acercarnos a su encargado quien, para nuestra sorpresa, nos emitió
nuestros solicitados pasajes a través de un postnet inalámbrico y, para nuestra
mayor sorpresa aún, ni siquiera nos exigían un cambio de asiento, bah, más que
asientos deberíamos hablar de camas que, si bien llamadas “literas duras” nos
resultaron tan cómodas como un asiento de “business class”.
Y, después de un trayecto nocturno de
quince horas, el K950 nos dejó en la terminal de trenes de Shenzen desde donde
iniciamos un camino a través de pasillos que nos condujeron al puesto
migratorio de China, posteriormente, al de Hong Kong y, finalmente, a la
estación del MTR donde abordamos nuestro tren que nos permitiría alcanzar al
área de Kowloon y, consecuentemente, a las recordadas Chungking Mansions.
Los alojamientos en Hong Kong resultan
costosos, no obstante, existen las Chungking Mansions, un lugar único que
descubrimos cinco años atrás: se trata de un edificio de grandes dimensiones
cuya ubicación, a metros del paseo marítimo, resulta inmejorable; un primer
piso se encuentra ocupado por casas de cambio, negocios de electrónica, puestos
de diarios y restaurantes mientras que sus otros dieciséis pisos albergan
pensiones regenteadas por indios, mayoritariamente, donde se hospedan personas
de todo el mundo (africanos, indios, latinos y europeos de presupuesto
reducido). Las Chungking Mansions son un escenario perfecto para una campaña
publicitaria de United Colors of Benetton.
Así, guiados por nuestra memoria,
arribamos a las mismas y nos vimos sorprendidos; por un lado, las Chungking
Mansions mantenían una misma esencia aunque su ambiente sombrío se había
modificado: su fachada estaba siendo remodelada, sus paredes y sus pisos, ahora
de cerámica, ya no se encontraban sucios, cámaras de seguridad y pantallas de
LCD acompañaban a los ascensores, y luces, muchas luces, habían sido instaladas
por todos lados; y, por otra parte, no podíamos encontrar una habitación acorde
y desocupada: si no tenían disponibilidad, nos ofrecían una por menos días y,
si no, otras carísimas; al final un indio que no accedió a dejarnos una primera
noche al mismo precio de la habitación que ocuparíamos a partir del día
siguiente, nos puso en contacto con otro indio que surgió de, no sabemos dónde,
discutiendo con más indios y mostró a Hernán una habitación de 1,8 m2 para una primera noche y otra de mayor
tamaño, unos 2 m2, que nos terminaría albergando por el resto de
nuestra estadía y que, increíblemente, nos resultaría comodísima más allá de
algunos detalles que exceden al tamaño de nuestra habitación como, por ejemplo,
deber sortear al indio que dormía en el piso de la recepción ya que trabajaba
unas veinticuatro horas al día de los siete días de la semana o soportar que un
policía ingresase a nuestra habitación debido a un procedimiento que iba tras
indocumentados.
Hong Kong no se hallaba dentro de nuestro
primer itinerario pensado para China, no obstante, a partir del “semi-fracaso”
de Hanoi, decidimos incluirlo a fin de intentar gestionar un nuevo visado para
seguir recorriendo la China continental, lo cual sucedió y, sin siquiera mediar
una pregunta, nos otorgaron uno por dos entradas de treinta días cada una, de
esta forma, supimos que la travesía china continuaría y nosotros, ahora mucho
más distendidos, nos dispusimos a redescubrir los encantos de Hong Kong.
El “Victoria Harbour” divide a dos de las
áreas más conocidas de Hong Kong, Kowloon y la isla de Hong Kong donde, por
esta última, iniciamos nuestro recorrido: nos perdimos entre gigantescos
rascacielos, anduvimos a través de una conexión de ochocientos metros de
escaleras mecánicas al aire libre, descubrimos un zoológico gratuito,
descansamos en el Hong Kong Park y ascendimos a “The Peak” desde donde
alcanzamos una de las panorámicas más impresionantes de la ciudad. Ya al otro
lado de Victoria Harbour, en Kowloon,
uno de nuestros paseos más disfrutados nos remite a su costanera que visitamos
una y otra vez gracias a la proximidad de las Chungking Mansions; además nos
divertimos a lo largo de la “Avenida de las Estrellas”, nos despejamos en el
Kowloon Park, otra área verde de gigantescas dimensiones que incluye un
complejo deportivo impresionante cuyas piscinas nos tentaron y visitamos otro
día por el módico precio de un dólar por persona, nos entretuvimos mirando a
algunos personajes realizando gimnasia en los parques y, a su vez, nos
sorprendimos cuando descubrimos que se alejaban de sus pertenencias colgadas de
una rama de un árbol sin siquiera cuestionarse si podrían ser robadas,
asistimos a un espectáculo en el Museo del Espacio, paseamos dentro de
shoppings de marcas súper exclusivas y revivimos recuerdos en el mercado
nocturno de Temple St..
De esta ciudad, la ciudad de los “NO”
exagerados, la ciudad ultra-moderna que aún conserva rincones más
tradicionales, la ciudad impecable adonde uno le daría gusto instalarse,
quisimos despedirnos al igual que hace cinco años atrás cuando pasamos una
noche en un parque de diversiones montado transitoriamente a orillas del
Victoria Harbour para lo cual, esta vez, nos adentramos más aún en la isla de
Hong Kong y alcanzamos al Ocean Park, un parque de diversiones dividido en dos
por una montaña: de un lado se encuentran las atracciones para los más pequeños
así como un acuario, un centro de conservación de pandas y demás
representaciones de hábitats para otros animales; un teleférico o un tren al
estilo Nautilus que atraviesa la montaña permiten acceder al otro lado donde se
concentran juegos de vértigo, espectáculos y otras exhibiciones como, por
ejemplo, una sobre medusas que, simplemente, nos dejó sin palabras.
Y después que el indio nos negara una
nueva extensión de nuestra estadía ya que la habitación se encontraba
reservada, nos convencimos que debíamos abandonar esta ciudad a la cual
llegamos a fin de realizar una visa y de la cual nos vamos después de días de
descanso y diversión y de festejar nuestro cumple mes de viaje #8, después de
haber revivido muchísimos recuerdos y, seguramente, haber generado muchos otros
nuevos, después de decirle en broma –o no– “ hasta dentro de cinco años, Hong
Kong!”.
Carla & Hernán
