1 de octubre de 2011

... China! (séptima parte)


Yangshuo nos despidió tras un hermoso atardecer y, después de unas nuevas dos horas de viaje, arribamos a la terminal de trenes de Guilin donde, mientras aguardábamos nuestro anuncio para ascender al tren que nos dejaría en Guangzhou, nos percatamos que el servicio K950, o sea, nuestro tren finalizaba en Shenzen, es decir, la ciudad adonde debíamos dirigirnos. Ir a Shenzen sin necesidad de conexiones ya que, una vez arribados a Guangzhou compraríamos nuestros pasajes a dicha ciudad, nos generaría una ganancia de energías por lo que Hernán se dirigió a la taquilla de pasajes pero, debido a la proximidad de la salida, no pudieron venderle ese tramo (Guangzhou / Shenzen) en el tren que pronto abordaríamos, por tanto, debimos aguardar al momento de ascender al mismo para acercarnos a su encargado quien, para nuestra sorpresa, nos emitió nuestros solicitados pasajes a través de un postnet inalámbrico y, para nuestra mayor sorpresa aún, ni siquiera nos exigían un cambio de asiento, bah, más que asientos deberíamos hablar de camas que, si bien llamadas “literas duras” nos resultaron tan cómodas como un asiento de “business class”.
Y, después de un trayecto nocturno de quince horas, el K950 nos dejó en la terminal de trenes de Shenzen desde donde iniciamos un camino a través de pasillos que nos condujeron al puesto migratorio de China, posteriormente, al de Hong Kong y, finalmente, a la estación del MTR donde abordamos nuestro tren que nos permitiría alcanzar al área de Kowloon y, consecuentemente, a las recordadas Chungking Mansions.
Los alojamientos en Hong Kong resultan costosos, no obstante, existen las Chungking Mansions, un lugar único que descubrimos cinco años atrás: se trata de un edificio de grandes dimensiones cuya ubicación, a metros del paseo marítimo, resulta inmejorable; un primer piso se encuentra ocupado por casas de cambio, negocios de electrónica, puestos de diarios y restaurantes mientras que sus otros dieciséis pisos albergan pensiones regenteadas por indios, mayoritariamente, donde se hospedan personas de todo el mundo (africanos, indios, latinos y europeos de presupuesto reducido). Las Chungking Mansions son un escenario perfecto para una campaña publicitaria de United Colors of Benetton.
Así, guiados por nuestra memoria, arribamos a las mismas y nos vimos sorprendidos; por un lado, las Chungking Mansions mantenían una misma esencia aunque su ambiente sombrío se había modificado: su fachada estaba siendo remodelada, sus paredes y sus pisos, ahora de cerámica, ya no se encontraban sucios, cámaras de seguridad y pantallas de LCD acompañaban a los ascensores, y luces, muchas luces, habían sido instaladas por todos lados; y, por otra parte, no podíamos encontrar una habitación acorde y desocupada: si no tenían disponibilidad, nos ofrecían una por menos días y, si no, otras carísimas; al final un indio que no accedió a dejarnos una primera noche al mismo precio de la habitación que ocuparíamos a partir del día siguiente, nos puso en contacto con otro indio que surgió de, no sabemos dónde, discutiendo con más indios y mostró a Hernán una habitación de 1,8 m2 para una primera noche y otra de mayor tamaño, unos 2 m2, que nos terminaría albergando por el resto de nuestra estadía y que, increíblemente, nos resultaría comodísima más allá de algunos detalles que exceden al tamaño de nuestra habitación como, por ejemplo, deber sortear al indio que dormía en el piso de la recepción ya que trabajaba unas veinticuatro horas al día de los siete días de la semana o soportar que un policía ingresase a nuestra habitación debido a un procedimiento que iba tras indocumentados.
Hong Kong no se hallaba dentro de nuestro primer itinerario pensado para China, no obstante, a partir del “semi-fracaso” de Hanoi, decidimos incluirlo a fin de intentar gestionar un nuevo visado para seguir recorriendo la China continental, lo cual sucedió y, sin siquiera mediar una pregunta, nos otorgaron uno por dos entradas de treinta días cada una, de esta forma, supimos que la travesía china continuaría y nosotros, ahora mucho más distendidos, nos dispusimos a redescubrir los encantos de Hong Kong.
El “Victoria Harbour” divide a dos de las áreas más conocidas de Hong Kong, Kowloon y la isla de Hong Kong donde, por esta última, iniciamos nuestro recorrido: nos perdimos entre gigantescos rascacielos, anduvimos a través de una conexión de ochocientos metros de escaleras mecánicas al aire libre, descubrimos un zoológico gratuito, descansamos en el Hong Kong Park y ascendimos a “The Peak” desde donde alcanzamos una de las panorámicas más impresionantes de la ciudad. Ya al otro lado de Victoria Harbour, en  Kowloon, uno de nuestros paseos más disfrutados nos remite a su costanera que visitamos una y otra vez gracias a la proximidad de las Chungking Mansions; además nos divertimos a lo largo de la “Avenida de las Estrellas”, nos despejamos en el Kowloon Park, otra área verde de gigantescas dimensiones que incluye un complejo deportivo impresionante cuyas piscinas nos tentaron y visitamos otro día por el módico precio de un dólar por persona, nos entretuvimos mirando a algunos personajes realizando gimnasia en los parques y, a su vez, nos sorprendimos cuando descubrimos que se alejaban de sus pertenencias colgadas de una rama de un árbol sin siquiera cuestionarse si podrían ser robadas, asistimos a un espectáculo en el Museo del Espacio, paseamos dentro de shoppings de marcas súper exclusivas y revivimos recuerdos en el mercado nocturno de Temple St..    
De esta ciudad, la ciudad de los “NO” exagerados, la ciudad ultra-moderna que aún conserva rincones más tradicionales, la ciudad impecable adonde uno le daría gusto instalarse, quisimos despedirnos al igual que hace cinco años atrás cuando pasamos una noche en un parque de diversiones montado transitoriamente a orillas del Victoria Harbour para lo cual, esta vez, nos adentramos más aún en la isla de Hong Kong y alcanzamos al Ocean Park, un parque de diversiones dividido en dos por una montaña: de un lado se encuentran las atracciones para los más pequeños así como un acuario, un centro de conservación de pandas y demás representaciones de hábitats para otros animales; un teleférico o un tren al estilo Nautilus que atraviesa la montaña permiten acceder al otro lado donde se concentran juegos de vértigo, espectáculos y otras exhibiciones como, por ejemplo, una sobre medusas que, simplemente, nos dejó sin palabras.
Y después que el indio nos negara una nueva extensión de nuestra estadía ya que la habitación se encontraba reservada, nos convencimos que debíamos abandonar esta ciudad a la cual llegamos a fin de realizar una visa y de la cual nos vamos después de días de descanso y diversión y de festejar nuestro cumple mes de viaje #8, después de haber revivido muchísimos recuerdos y, seguramente, haber generado muchos otros nuevos, después de decirle en broma –o no– “ hasta dentro de cinco años, Hong Kong!”.  

Carla & Hernán