21 de octubre de 2011

... China! (décima parte)


Un poquito más de una hora demoró nuestro traslado a Shanghai y, la verdad, nos resultó impecable desde un principio: nuestro tren partía a primera hora de la mañana, por tanto, abandonamos nuestro hotel antes del amanecer para dirigirnos caminando a la estación de trenes de Hangzhou donde no tuvimos que esperar demasiado ni para abordarlo ni para arrancar ni para ver como un cartel electrónico anunciaba que habíamos alcanzado unos 295 kilómetros por hora; además, gracias a sus amplias ventanas, observamos una alucinante salida del sol; en síntesis, un traslado, simplemente, inmejorable!
A Shanghai no le dedicaríamos demasiados días por lo que, ni bien arribados a su terminal, quisimos asegurarnos nuestros siguientes pasajes de tren para, posteriormente, dirigirnos al hostel que habíamos pre-seleccionado a través de Internet, lo cual no resultó tarea sencilla, en efecto, un subte de la increíble red de subtes que posee Shanghai nos acercó al casco antiguo de la ciudad aunque, una vez allí, no hallamos al alojamiento por lo que quisimos comprar un mapa más detallado que nunca conseguimos, por tanto, decidimos separarnos y mientras Carla aguardó sentada en el cordón sobre una esquina, Hernán caminó muchísimo, preguntó a muchas personas que, al parecer, se encontraban aún más perdidas hasta que, finalmente, una empleada del Bank of China supo orientarlo y, siguiendo sus indicaciones, alcanzó a la meta.
Ya sabíamos que los alojamientos en Shanghai superarían nuestro presupuesto por lo que quisimos optimizar nuestras energías y, por tal motivo, decidimos acertadamente dirigimos al hostel en el cual ahorramos algunos yuanes tras optar por una habitación compartida donde nos sentimos cómodos y acompañados por agradables personas como un japonés cuarentón que por negocios estaba visitando China; además teníamos acceso a wi-fi, lo cual implica una comunicación más fluida a Argentina, una mesa de pool que, por que no, usamos alguna que otra tarde, y un restaurantito ubicado a unos pasos de distancia donde preparaban una especie de ravioles servidos en un caldo que, desde aquel descubrimiento, se transformaron en el “infaltable” de cada noche.
Y, como siempre o, quizás, más que siempre, caminamos muchísimo; primero por el casco antiguo que nos gustó mucho, principalmente, gracias a la simpleza de sus vecinos que utilizan a las veredas para colgar la ropa recién lavada, jugar algún juego de mesa o pelar una gallina; después caminamos por otros barrios también tradicionales, algunos musulmanes donde, a propósito, tuvimos oportunidad de ver como desde un bollo de masa, un joven preparaba dos platos de fideos –tipo spaghetti– utilizando ni cuchillos ni máquinas ni palos de amasar sino, simplemente, sus manos, y desde donde comenzamos a percibir una Shanghai de contrastes: un poco más allá de aquellas callejas de casas bajas y líos de cables, se encontraban impresionantes rascacielos a los cuales nos seguimos acercando y, así, arribamos a la costanera del río Huangpu que ofrece una de las imágenes más características de Shanghai, de un lado, el Bund, es decir, los edificios ingleses que datan de la época de su ocupación y, del otro lado, Pudong, un área donde se ubican grandes corporaciones así como un ícono de la ciudad, su torre de televisión.
Y seguimos caminando: ubicamos al túnel que atraviesa el río Huangpu pero, debido al precio del paseo, nos abstuvimos a cruzar a la zona de Pudong y, en su lugar, nos adentramos aún más al Bund y, posteriormente, visitamos modernas áreas comerciales como Nanjing Road y parques que, al igual que siempre, despertaron nuestra envidia.
Otro paseo menos divertido aunque un poco más curioso resultó al hospital: esta vez no se debió a Hernán sino a unas manchitas que le habían aparecido a Carla unos meses atrás por lo que, después de recibir el diagnóstico de su dermatólogo en Buenos Aires, nos dirigimos a una farmacia donde nos informaron que aquella medicación indicada sólo podía conseguirse en el hospital, por ende, nos acercamos a uno y, de esta forma, nos interiorizamos sobre algunos detalles del sistema de salud de China.
Así, después de tres intensas jornadas acompañadas por una óptima temperatura, alguna que otra llovizna y una visibilidad inmejorable que nos permitió capturar nítidas imágenes de Pudong, tanto de día como de noche, podemos afirmar que Shanghai nos sorprendió ya que si bien posee un exceso de razones para incluirla dentro del grupo de las mega-ciudades, ha sabido conservar montones de rincones donde, sin demasiada imaginación, uno se siente en la China tradicional… aunque no más tradicional, creemos, que nuestro siguiente destino, Suzhou, una ciudad que se jacta de poseer a los jardines más bellos de China.

Carla & Hernán