Un poquito más de una hora demoró nuestro
traslado a Shanghai y, la verdad, nos resultó impecable desde un principio:
nuestro tren partía a primera hora de la mañana, por tanto, abandonamos
nuestro hotel antes del amanecer para dirigirnos caminando a la estación de
trenes de Hangzhou donde no tuvimos que esperar demasiado ni para abordarlo ni
para arrancar ni para ver como un cartel electrónico anunciaba que habíamos
alcanzado unos 295 kilómetros por hora; además, gracias a sus amplias ventanas,
observamos una alucinante salida del sol; en síntesis, un traslado,
simplemente, inmejorable!
A Shanghai no le dedicaríamos demasiados
días por lo que, ni bien arribados a su terminal, quisimos asegurarnos nuestros
siguientes pasajes de tren para, posteriormente, dirigirnos al hostel que
habíamos pre-seleccionado a través de Internet, lo cual no resultó tarea
sencilla, en efecto, un subte de la increíble red de subtes que posee Shanghai
nos acercó al casco antiguo de la ciudad aunque, una vez allí, no hallamos al
alojamiento por lo que quisimos comprar un mapa más detallado que nunca
conseguimos, por tanto, decidimos separarnos y mientras Carla aguardó sentada
en el cordón sobre una esquina, Hernán caminó muchísimo, preguntó a muchas
personas que, al parecer, se encontraban aún más perdidas hasta que,
finalmente, una empleada del Bank of China supo orientarlo y, siguiendo sus
indicaciones, alcanzó a la meta.
Ya sabíamos que los alojamientos en
Shanghai superarían nuestro presupuesto por lo que quisimos optimizar nuestras
energías y, por tal motivo, decidimos acertadamente dirigimos al hostel en el
cual ahorramos algunos yuanes tras optar por una habitación compartida donde
nos sentimos cómodos y acompañados por agradables personas como un japonés
cuarentón que por negocios estaba visitando China; además teníamos acceso a
wi-fi, lo cual implica una comunicación más fluida a Argentina, una mesa de
pool que, por que no, usamos alguna que otra tarde, y un restaurantito ubicado
a unos pasos de distancia donde preparaban una especie de ravioles servidos en
un caldo que, desde aquel descubrimiento, se transformaron en el “infaltable”
de cada noche.
Y, como siempre o, quizás, más que
siempre, caminamos muchísimo; primero por el casco antiguo que nos gustó mucho,
principalmente, gracias a la simpleza de sus vecinos que utilizan a las veredas
para colgar la ropa recién lavada, jugar algún juego de mesa o pelar una
gallina; después caminamos por otros barrios también tradicionales, algunos
musulmanes donde, a propósito, tuvimos oportunidad de ver como desde un bollo
de masa, un joven preparaba dos platos de fideos –tipo spaghetti– utilizando ni
cuchillos ni máquinas ni palos de amasar sino, simplemente, sus manos, y desde
donde comenzamos a percibir una Shanghai de contrastes: un poco más allá de
aquellas callejas de casas bajas y líos de cables, se encontraban
impresionantes rascacielos a los cuales nos seguimos acercando y, así,
arribamos a la costanera del río Huangpu que ofrece una de las imágenes más
características de Shanghai, de un lado, el Bund, es decir, los edificios
ingleses que datan de la época de su ocupación y, del otro lado, Pudong, un
área donde se ubican grandes corporaciones así como un ícono de la ciudad, su
torre de televisión.
Y seguimos caminando: ubicamos al túnel
que atraviesa el río Huangpu pero, debido al precio del paseo, nos abstuvimos a
cruzar a la zona de Pudong y, en su lugar, nos adentramos aún más al Bund y,
posteriormente, visitamos modernas áreas comerciales como Nanjing Road y parques
que, al igual que siempre, despertaron nuestra envidia.
Otro paseo menos divertido aunque un poco
más curioso resultó al hospital: esta vez no se debió a Hernán sino a unas
manchitas que le habían aparecido a Carla unos meses atrás por lo que, después
de recibir el diagnóstico de su dermatólogo en Buenos Aires, nos dirigimos a
una farmacia donde nos informaron que aquella medicación indicada sólo podía
conseguirse en el hospital, por ende, nos acercamos a uno y, de esta forma, nos
interiorizamos sobre algunos detalles del sistema de salud de China.
Así, después de tres intensas jornadas
acompañadas por una óptima temperatura, alguna que otra llovizna y una
visibilidad inmejorable que nos permitió capturar nítidas imágenes de Pudong,
tanto de día como de noche, podemos afirmar que Shanghai nos sorprendió ya que
si bien posee un exceso de razones para incluirla dentro del grupo de las
mega-ciudades, ha sabido conservar montones de rincones donde, sin demasiada
imaginación, uno se siente en la China tradicional… aunque no más tradicional,
creemos, que nuestro siguiente destino, Suzhou, una ciudad que se jacta de
poseer a los jardines más bellos de China.
Carla & Hernán
