30 de enero de 2012

... India! (quinta parte)


Y nos sentimos más adaptados a las implicancias de India aunque sus traslados, inminentes de dos o más medios de transporte, nos siguen resultando igualmente agotadores al primer día… como llegar a Khajuraho: optamos por un ciclorickshaw (uno de los medios de transporte más económicos dentro de las ciudades) para dirigirnos a la estación de trenes de Varanasi aunque, al llegar a la misma, nos sentimos tan explotadores que quisimos abonar al señor que tan arduamente había pedaleado, aquel importe que, originalmente, nos había pedido y nosotros, posteriormente, regateado... gesto que agradeció más a sus dioses que a nosotros.
Y siguió otro tren nocturno que partió en horario aunque arribó a Satna unas tres horas más tarde de lo debido tras demoras en el camino; acto seguido, aguardamos que un grupo de conductores de tuk-tuk dejaran de pelearse (puesto ni siquiera intentan disimular su de$eo) para subirnos a uno de sus tres ruedas que nos alcanzaría a la estación de ómnibus donde, al menos, hallar al servicio que nos trasladaría a Khajuraho o, mejor dicho, a la intersección de la ruta que nos conduciría a Khajuraho, no nos generó inconvenientes, igualmente, negociar que otro tuk-tuk (cuyo conductor poseía catorce años de edad y hablaba español –e inglés, lógicamente– a la perfección) nos acercara desde aquella parada rutera al centro de la ciudad.
Khajuraho, una ciudad de dimensiones notablemente inferiores a otras ciudades indias, se halla dividida en dos partes, una antigua y una moderna, esta última, turística, plagada de hoteles, restaurantes y, no menos importante, un puesto de venta de pollo al tandoori adonde, si bien oculto en la oscuridad y, a veces, visitado por otras razas de mamíferos, asistimos a diario; mientras que su predecesora no podría ser más pintoresca gracias a sus casas de barro pintadas de alegres colores y, sentados ante éstas, sus despreocupados vecinos; no obstante, su mayor atractivo –y común a ambas áreas– que atrae a grupos de turistas –incluso organizados– sería otro: un complejo de templos más otros tantos dispersados que datan del siglo X y destacan por sus cúpulas de piedra tallada, sin lugar a dudas, de las más hermosas vistas al momento aunque, seguramente, más divertidas resultarán sus imágenes de mujeres pulposas de vientres increíblemente representados y escenas eróticas de individuos, parejas y grupos ya sean de hombres o mujeres u hombres y mujeres o animales y hombres y, quizás, mujeres.
Así, al igual que siempre, paseamos y mucho: anduvimos por la moderna Khajuraho, visitamos a los templos del oeste (más conservados y más organizados) y los del este, vagamos a través de la antigua Khajuraho y, en todo momento, intentamos absorber la tranquilidad –o relativa tranquilidad para Hernán a quien, al parecer, la cuestión energética habría afectado– que nos otorgan las ciudades más pequeñas.
Y probablemente motivados por esto último, quisimos incluir a la que será nuestra siguiente parada por este itinerario indio: nos vamos a Orchha, un destino atípico para turistas pero que, según nos dijeron, nos generará un sin igual recargo de energías.

Carla & Hernán          

26 de enero de 2012

... India! (cuarta parte)


Un ómnibus repleto de monjes partió –al igual que a diario– desde Bodhgaya rumbo a Sarnath, localidad que dista a unos pocos kilómetros del que sería nuestro siguiente objetivo: Varanasi. Así, agradeciendo a los monjes que nos invitaron a seguir a su destino, descendimos del ómnibus y nos vimos obligados a negociar un tuk-tuk para que nos acercara al área de los hoteles donde iniciamos una marcha a pie que se vio interrumpida por un indio que insistió –y consiguió– que visitáramos su hotel, una oculta residencia adonde quisimos quedarnos: una amplia habitación decorada a lo indio aunque limpia y luminosa, un balcón con rejas que evitaría a monos intrusos y una puerta de baño nueva o, más precisamente, una puerta de baño que sería colocada una vez nosotros instalados por lo que, al cabo de un rato, compartimos nuestra estancia junto a dos muchachos equipados con taladros y otro de los dueños del hotel.
Un equivalente al imaginario de India que ocupaba nuestras mentes, Varanasi, una ciudad dominada por la presencia del sagrado Ganges y sus ghats que caminamos una y otra vez sin agotarnos pues se necesita un tiempo para asimilar tanta información: algunas personas que se bañan a metros de otras que, si bien dentro del río, rezan a sus dioses; gente que lava sus ropas y, un poco más allá, otros que lavan a sus animales; niños que juegan al cricket o remontan sus barriletes al mismo tiempo que –y muy próximo también– suceden cremaciones al aire libre cuyos restos serán arrojados al río. Y personajes, Varanasi posee muchos personajes: mendigos y moribundos, sadhus, sagradas vacas, turistas y vendedores de los más insoportables y, por supuesto, hindúes de todas partes del país que se acercan a la ciudad tras un mejor karma.
Además de dedicarnos a pasear por sus ghats, asistimos a una ceremonia nocturna que, según Hernán, sería idéntica a la presenciada por él siete años antes; asimismo nos subimos a un bote al amanecer para seguir apreciando la actividad alrededor del Ganges aunque desde otra perspectiva; alcanzamos a la –poco atractiva– nueva Varanasi  y anduvimos por la –mucho más interesante– antigua Varanasi, caótica, repleta de callejuelas donde se ubican puestos de venta de lo más variados: desde bidones para recoger agua sagrada del río a maderas para cremaciones (la calidad de la madera otorga menor o mayor categoría a la ceremonia de cremación).
Sabemos que Varanasi será un destino imborrable para nosotros, no sólo por la significancia de sus imágenes sino porque, además, aquí festejamos nuestro doce meses de viaje, sí, nuestro aniversario desde que partimos de Buenos Aires alcanzamos y, para agasajarnos, quisimos regalarnos una de las tantas comidas que añoramos, unas pizzas de Domino’s que no serán como las de Campeones pero que, igualmente, avivaron a nuestros –últimamente vegetarianos– estómagos.
Debido al gobierno que, inesperadamente, reservó todas las habitaciones de nuestro alojamiento –incluso aquellas ocupadas– para un congreso de médicos, nos despedimos un día antes de Varanasi, un destino que re-encantó a Hernán aunque generó energías no siempre positivas a Carla, no obstante, ambos consideramos como un infaltable de cualquier itinerario por India. Y tras adquirir nuestros siguientes pasajes de tren a través de una agencia de viajes, nos preparamos para salir rumbo a Satna, nuestro punto de conexión más importante a la que será nuestra siguiente parada: Khajuraho.

Carla & Hernán          

23 de enero de 2012

... India! (tercera parte)


Sería otro tren nocturno aunque más nocturno de lo esperado, en efecto, nuestro tren partió cuatro horas demorado, hecho que no nos afectó porque, de esta forma, conocimos la otra función de la estación de trenes, la de gran habitación comunitaria para un gran número de personas.
Y las siete horas de viaje pasaron rápido, llegamos a Gaya y optamos por un tuk-tuk para que nos trasladara por los últimos trece kilómetros a Bodhgaya, una ciudad adonde nos ubicamos rápidamente debido a sus acotadas dimensiones; elegimos un alojamiento o, mejor dicho, éste nos eligió a nosotros ya que su gerente no dejó que nos retirásemos tras otro más acorde a nuestro presupuesto pues seríamos sus primeros clientes del día… “y, jamás, los primeros clientes del día son rechazados”.
Identificamos, primeramente, un medido desorden y no nos equivocamos: unos días atrás, Dalai Lama del Tíbet había dado unas presentaciones que atrajeron a cientos de miles de personas a Bodhgaya, una de las cuatro ciudades más sagradas del budismo (junto a Lumbini en Nepal y Sarnath y Kusinagar en India), por tal motivo, si bien paseamos por lugares no religiosos, como su adorable mercado de alimentos, nuestros días pasaron visitando templos.
Aquel más importante, Mahabodhi Mahavihara, se alza donde Buda alcanzó su iluminación; alrededor del mismo se extiende un área verde que incluye un retoño del árbol de Bodhi traído de Sri Lanka, demás hitos de la vida de Buda y un gran número de monjes, peregrinos y seguidores de todas las nacionalidades que veríamos repetidamente a lo largo de nuestro paseo por los monasterios de Bodhgaya, de hecho, se ubican montones de monasterios alzados por países budistas que, a su vez, son ejemplos de su propia arquitectura; algunos son simples, otros más majestuosos aunque, por un motivo u otro, aquellos de Bhután, Japón y Tíbet serían los más hermosos para nosotros, asimismo, uno ubicado a las afueras de la ciudad, dedicado a la enseñanza del budismo y, por supuesto, aquella armoniosa aunque gigantesca imagen de Buda donada por los japoneses e inaugurada por Dalai Lama unas décadas atrás.
Ya sea por su armonioso ambiente o su agradable temperatura que nos instó a reencontrarnos con las thukpas tibetanas así como conocer otros básicos pero de la gastronomía bhutanesa, nuestro paso por Bodhgaya no podría habernos sentado mejor. Ojalá que nuestro siguiente destino que será tan –o más– místico que este, implique algo similar a nuestros ya revolucionados espíritus.

Carla & Hernán          

20 de enero de 2012

... India! (segunda parte)


Darjeeling Mail, así se llamaba nuestro tren a Kolkata por más que, paradójicamente, no partiera desde Darjeeling, en efecto, un jeep nos descendió a Siliguri y, desde allí, un tuk-tuk compartido nos alcanzó a la terminal de trenes de New Jalpaiguri.
Y nuestro primer tren de India será imborrable a nuestras mentes que aún mantenían vivos sus recueros de los trenes de China: ocho literas por compartimento, revestidas por una cuerina celeste tan percudida por la mugre como sus ventanas, que servían como vías de tránsito a cucarachas aunque, gracias a la pobre iluminación, no serían más que sus sombras las que pudiéramos seguir, no obstante, superando cualquier diagnóstico, siguió un viaje nocturno muy agradable, ocupando una de las dos mejores ubicaciones de literas (upper side), desde donde veríamos pasar un montón de personajes, desde vendedores de chai (un té con leche azucarado que enloquece a los indios) a travestis que, no comprendemos por qué, otorgan bendiciones por las que reciben donaciones.
A las seis de la mañana arribamos a Sealdah, una de las tantas estaciones de tren de Kolkata; aún nos resultaba muy temprano por lo que desayunamos y, seguidamente, Hernán salió a dar una vuelta de reconocimiento de hoteles aunque vanamente ya que ninguno nos aceptaba siendo extranjeros, de esta forma, ambos intentamos negociar una tarifa por uno de esos HM, ahora taxis en Kolkata, que tanto gustan a Hernán, aunque sin éxito, optando por un tuk-tuk para que nos trasladara a través de las mojadas vías de la ciudad hasta Sudder St., una versión austera de diversión del Khao San Rd. de Bangkok.
Más que pobreza, Kolkata nos resultó una –gigantesca– ciudad de contrastes; un amplio sistema de medios de transporte que incluye autobuses y tranvías maltratados, impecables subtes, vehículos a motor como taxis o tuk-tuks y carretas o triciclos impulsados por hombres; soberbios ejemplos de arquitectura colonial (como aquellos vistos durante nuestro paseo por BBD Bagh o, su mayor exponente, aquella mole de mármol llamada Victoria Memorial Hall), ubicados a pocos metros de áreas más modernas como Shakespeare Sarani y Park St. y viviendas improvisadas sobre las veredas por doquier; insípidas áreas verdes como Maidan y otras tan agradables como los Jardines Edén; montones de iglesias (como la de San Juan que nos hizo pensarnos en el “país del nunca jamás”) y templos hindúes de gran significancia como el de Kali; una ciudad de grises que quedan aún más opacados a partir de los colores de sus mercados como el de flores, sus ghats usados como lavanderías como aquellos ubicados al pie del icónico puente de Howrah y aquellos saris que usan sus mujeres.
A lo largo de nuestro paso prolongado –a causa de nuestras primeras diarreas indias– por Kolkata, nos dedicamos a pasear tanto de día como de noche, probar su comida callejera y, al momento de sentirnos asfixiados debido a su número de personas, de hecho, alberga unos quince millones de habitantes, nos refugiamos dentro del hotel, igualmente, nos sentimos doblemente sorprendidos, primero, cuando vimos que Feng nos había mandado un mensaje desde Kolkata, sí, nuestro amigo chino –y, ahora supimos, cristiano también– había decidido dedicar su visa de India al trabajo solidario para la obra de la Madre Teresa, cuya sede principal (adonde vivió la Madre y ahora se ubica su tumba) visitamos, asimismo presenciamos misa y, posteriormente, nos re-dirigimos para que nos asignen un centro adonde dedicaríamos un día de trabajo, siendo Premdan, un cotolengo al cual Feng nos acompañaría, una inexplicable e inolvidable vivencia aparte del viaje.
Así, dimos por superada una gran prueba: no sólo resistimos al ritmo de Kolkata sino que, además, gozamos al máximo nuestros días por la capital cultural del país aunque, ahora, abandonaremos las tierras de Bengala Occidental y nos dirigiremos al siguiente destino, Bodhgaya, una burbuja dentro del mayoritario hinduismo que nos remitirá a las raíces del budismo en el mundo.

Carla & Hernán          

9 de enero de 2012

... India! (primera parte)


Un “jumbo” (los medios de transporte nepalíes poseen nombres que, salvo excepciones, generan falsas ilusiones) nos trasladó a Kathmandú, una vez allí,  agregamos su peso a nuestras mochilas y nos despedimos de Nepal, un país que había superado, ampliamente, sus expectativas, volviendo al casino adonde jugamos a la ruleta –aunque nuestras dos fichas de apuesta hayan generado lástima a los adinerados que apostaban junto a nosotros… y alegría también al acertar un pleno–, miramos nuevas coreografías y, sí, lógicamente, comimos como animales.
Y, al día siguiente, partimos rumbo a la frontera abordo del que sería nuestro primer y único servicio nocturno; un trayecto extenso, unas diecisiete horas, aunque ameno nos depararía, quizás, gracias a nuestra privilegiada ubicación en primera fila o al frío que se soportó a partir de, apenas, una de nuestras bolsas de dormir o a uno de nuestros compañeros de viaje, un militar que nos daba conversación ante cada parada que nuestro vehículo realizaba.
Así, desde Kakarbhitta, iniciamos un camino a pie, primero, al puesto de migraciones nepalí adonde, aparte, tomaron nuestras últimas rupias nepalíes y devolvieron rupias indias, posteriormente, al puesto de migraciones indio donde nos sentiríamos solos, de hecho, no había más personas que nosotros y un agente y, finalmente, a la parada del gigantesco ómnibus que nos conduciría a Siliguri adonde, ni bien arribados, nos subimos a otro medio de transporte, un jeep, que nos trasladó a lo largo de un camino ascendente y zigzagueante y, después de más horas que aquellas supuestas, llegamos a Darjeeling.
Irregularidad, sí, aquel resultó su rasgo más obvio por lo que, a partir de nuestro agotamiento y a la noche que, rápidamente, nos alcanzaría, optamos por un taxi para que nos trasladara a través de sus vías desniveladas al área de los alojamientos por nosotros elegida donde hallar nuestra primera habitación india –al igual que, más tarde, un primer restaurante– no nos resultó del todo sencillo: algunas no poseían agua caliente y, otras, ni siquiera, agua corriente; algunas nos resultaron deprimentes mientras que otras ni aceptaban extranjeros aunque, finalmente, topamos una que promedió nuestras necesidades.
Y, si bien limitados por el frío, paseamos por Darjeeling, a lo largo de su mercado de alimentos seguido a puestos de comida y un establo que acaban en Chowrasta, una plaza seca dominada por una fuente y rodeada por montones de negocios donde, a su vez, tuvo lugar un festival de música por las noches; accedimos a puntos panorámicos desde donde vimos –aunque más no sea una vez debido a las nubes que afectaron al resto– al Kanchandzonga (8,585 msnm), es decir, al tercer pico más alto del mundo; paseamos por plantaciones de té que dan lugar al famoso té de Darjeeling que quisimos degustar en Nathmulls, una de sus más exclusivas tiendas; vimos al “tren de juguete” que parte desde su estación y visitamos a dos puntos que atraparon nuestra a atención: al zoológico del Himalaya que alberga únicamente especies de la región y al museo del montañismo que guarda a la tumba del primer sherpa que ascendió al Monte Everest y, además, una exhibición sobre expediciones a los Himalayas.
Darjeeling nos gustó –incluso considerando a la rata que apareció por debajo de nuestra cama y, posteriormente, nos acompañó a lo largo de una noche– aunque no nos alucinó, quizás, debido al boicot de su clima: sus nubes ya nos habían instado a cancelar nuestra visita a la Colina del Tigre aunque sería su frío el que nos terminaría echando de la ciudad, empujándonos al sur, a una ciudad conocida por todos y que, no tenemos dudas, será la primera que nos hará pensar: “llegamos a India”.

Carla & Hernán          

2 de enero de 2012

... Nepal! (última parte)


Quizás se deba al mínimo número de latinoamericanos que cruzamos a lo largo de nuestros –casi– once meses de viaje por lo que nos agradó tanto conocer a Boris, un peruano aunque residente en Alemania, quien nos acompañó abordo del ómnibus turístico (igual a cualquier otro aunque sin tantos pasajeros y, por ende, tantas paradas en el camino) desde Sauraha a Pokhara, adonde sorteamos a los taxistas que nos acosaron al arribo y nos dirigimos a pie al área del lago Phewa Tal, siguiendo a la referencia  de Will, uno de los amigos de Feng, una ganga de hotel ubicado un tanto más allá del área más céntrica que, gracias a su disposición, nos permitió vistas panorámicas al lago y a las montañas.
Y, justo a tiempo, llegamos para ir de compras y, a partir del préstamo de la cocina del alojamiento, preparar nuestra cena de Nochebuena que compartiríamos junto a Boris: un pollo al jengibre con verduras que disfrutamos tanto como su preparación, en efecto, después de tantos meses, algunas rutinas se volvieron entrañables. Así, al día siguiente, seguimos de festejo (aunque sin Boris que ya había debido partir) por lo que Navidad y un nuevo cumple mes de viaje, el # 11, sobraron de excusa para regalarnos un par de porciones de torta de chocolate y un vino más a nuestro viaje.
Así dimos inicio a unos días muy relajados (salvo a la hora en la que los dueños del alojamiento, un matrimonio germano-nepalí, iniciaban sus guerras de platos) que sucedieron, principalmente, en la terraza del hotel: allí desayunamos y, por las tardes, mateamos, nos dedicamos a actualizar al blog y diagramar nuestros próximos itinerarios.
Aunque no demasiado, además, paseamos por Pokhara, una ciudad que alberga al lago Phewa Tal y, más allá de éste, vistas a los picos nevados de los Himalayas, asimismo, un sinfín de servicios destinados a turistas: agencias de viajes, negocios que, nuevamente, avivaron al –deseado– consumismo de Carla y montones de restaurantes aunque hayan sido dos, uno simple y otro adonde nos servían unas majestuosas hamburguesas vegetarianas, aquellos que nos acogieron día tras día.
Igualmente nos dirigimos a los alrededores de la ciudad y, primeramente, atravesamos un área boscosa –aunque rapidito rapidito ya que, al ingresar a la misma, un vecino nos alertó acerca de los malhechores del bosque– y alcanzamos a la World Peace Pagoda que nos alucinó: su imagen tan inmaculada y su posición tan imponente que asemeja a un guardián de Pokhara, de hecho, nos sentimos atrapados por sus vistas panorámicas… y sus parapentistas. Y, más tarde, un mini-trekking nos trasladó a Sarangkot, un pueblo donde sentimos a los Himalayas, nuevamente, al alcance de nuestras manos.
Y así llegamos al final de nuestros días en Pokhara y en Nepal que coincidieron con el final de los días del 2011, de hecho, iniciaríamos un año nuevo paseando a lo largo de su feria callejera y, por supuesto, comiendo, esta vez, unas pakoras (unas especies de buñuelitos que siempre nos recordaron a nuestras madres) sumadas a unas carnes de búfalo y pollo asadas y acompañadas por vegetales; y, por que no, regalándonos un Don Braulio, un vino español, a modo de despedida ya que nuestra partida a Kathmandú resultaría inminente y, posteriormente, a Kakarbhitta, una ciudad que nos exigirá, apenas, unos minutos… aquellos minutos que demora un agente de migraciones en agregar un nuevo sello –de salida– a nuestros pasaportes.

Carla & Hernán