Y nos sentimos
más adaptados a las implicancias de India aunque sus traslados, inminentes de
dos o más medios de transporte, nos siguen resultando igualmente agotadores al
primer día… como llegar a Khajuraho: optamos por un ciclorickshaw (uno de los
medios de transporte más económicos dentro de las ciudades) para dirigirnos a
la estación de trenes de Varanasi aunque, al llegar a la misma, nos sentimos
tan explotadores que quisimos abonar al señor que tan arduamente había
pedaleado, aquel importe que, originalmente, nos había pedido y nosotros,
posteriormente, regateado... gesto que agradeció más a sus dioses que a
nosotros.
Y siguió otro
tren nocturno que partió en horario aunque arribó a Satna unas tres horas más
tarde de lo debido tras demoras en el camino; acto seguido, aguardamos que un
grupo de conductores de tuk-tuk dejaran de pelearse (puesto ni siquiera
intentan disimular su de$eo) para subirnos a uno de sus tres ruedas que nos alcanzaría
a la estación de ómnibus donde, al menos, hallar al servicio que nos
trasladaría a Khajuraho o, mejor dicho, a la intersección de la ruta que nos
conduciría a Khajuraho, no nos generó inconvenientes, igualmente, negociar que
otro tuk-tuk (cuyo conductor poseía catorce años de edad y hablaba español –e
inglés, lógicamente– a la perfección) nos acercara desde aquella parada rutera al
centro de la ciudad.
Khajuraho, una
ciudad de dimensiones notablemente inferiores a otras ciudades indias, se halla
dividida en dos partes, una antigua y una moderna, esta última, turística,
plagada de hoteles, restaurantes y, no menos importante, un puesto de venta de
pollo al tandoori adonde, si bien oculto en la oscuridad y, a veces, visitado por
otras razas de mamíferos, asistimos a diario; mientras que su predecesora no
podría ser más pintoresca gracias a sus casas de barro pintadas de alegres
colores y, sentados ante éstas, sus despreocupados vecinos; no obstante, su
mayor atractivo –y común a ambas áreas– que atrae a grupos de turistas –incluso
organizados– sería otro: un complejo de templos más otros tantos dispersados
que datan del siglo X y destacan por sus cúpulas de piedra tallada, sin lugar a
dudas, de las más hermosas vistas al momento aunque, seguramente, más
divertidas resultarán sus imágenes de mujeres pulposas de vientres
increíblemente representados y escenas eróticas de individuos, parejas y grupos
ya sean de hombres o mujeres u hombres y mujeres o animales y hombres y,
quizás, mujeres.
Así, al igual
que siempre, paseamos y mucho: anduvimos por la moderna Khajuraho, visitamos a
los templos del oeste (más conservados y más organizados) y los del este,
vagamos a través de la antigua Khajuraho y, en todo momento, intentamos
absorber la tranquilidad –o relativa tranquilidad para Hernán a quien, al
parecer, la cuestión energética habría afectado– que nos otorgan las ciudades
más pequeñas.
Y
probablemente motivados por esto último, quisimos incluir a la que será nuestra
siguiente parada por este itinerario indio: nos vamos a Orchha, un destino
atípico para turistas pero que, según nos dijeron, nos generará un sin igual recargo
de energías.
Carla & Hernán


