Quizás se deba
al mínimo número de latinoamericanos que cruzamos a lo largo de nuestros –casi–
once meses de viaje por lo que nos agradó tanto conocer a Boris, un peruano
aunque residente en Alemania, quien nos acompañó abordo del ómnibus turístico (igual
a cualquier otro aunque sin tantos pasajeros y, por ende, tantas paradas en el
camino) desde Sauraha a Pokhara, adonde sorteamos a los taxistas que nos
acosaron al arribo y nos dirigimos a pie al área del lago Phewa Tal, siguiendo
a la referencia de Will, uno de los amigos
de Feng, una ganga de hotel ubicado un tanto más allá del área más céntrica
que, gracias a su disposición, nos permitió vistas panorámicas al lago y a las montañas.
Y, justo a
tiempo, llegamos para ir de compras y, a partir del préstamo de la cocina del
alojamiento, preparar nuestra cena de Nochebuena que compartiríamos junto a
Boris: un pollo al jengibre con verduras que disfrutamos tanto como su
preparación, en efecto, después de tantos meses, algunas rutinas se volvieron entrañables.
Así, al día siguiente, seguimos de festejo (aunque sin Boris que ya había
debido partir) por lo que Navidad y un nuevo cumple mes de viaje, el # 11,
sobraron de excusa para regalarnos un par de porciones de torta de chocolate y
un vino más a nuestro viaje.
Así dimos inicio
a unos días muy relajados (salvo a la hora en la que los dueños del alojamiento,
un matrimonio germano-nepalí, iniciaban sus guerras de platos) que sucedieron,
principalmente, en la terraza del hotel: allí desayunamos y, por las tardes,
mateamos, nos dedicamos a actualizar al blog y diagramar nuestros próximos
itinerarios.
Aunque no
demasiado, además, paseamos por Pokhara, una ciudad que alberga al lago Phewa
Tal y, más allá de éste, vistas a los picos nevados de los Himalayas, asimismo,
un sinfín de servicios destinados a turistas: agencias de viajes, negocios que,
nuevamente, avivaron al –deseado– consumismo de Carla y montones de
restaurantes aunque hayan sido dos, uno simple y otro adonde nos servían unas
majestuosas hamburguesas vegetarianas, aquellos que nos acogieron día tras día.
Igualmente nos
dirigimos a los alrededores de la ciudad y, primeramente, atravesamos un área
boscosa –aunque rapidito rapidito ya que, al ingresar a la misma, un vecino nos
alertó acerca de los malhechores del bosque– y alcanzamos a la World Peace
Pagoda que nos alucinó: su imagen tan inmaculada y su posición tan imponente
que asemeja a un guardián de Pokhara, de hecho, nos sentimos atrapados por sus
vistas panorámicas… y sus parapentistas. Y, más tarde, un mini-trekking nos trasladó
a Sarangkot, un pueblo donde sentimos a los Himalayas, nuevamente, al alcance
de nuestras manos.
Y así llegamos
al final de nuestros días en Pokhara y en Nepal que coincidieron con el final
de los días del 2011, de hecho, iniciaríamos un año nuevo paseando a lo largo
de su feria callejera y, por supuesto, comiendo, esta vez, unas pakoras (unas especies de buñuelitos que
siempre nos recordaron a nuestras madres) sumadas a unas carnes de búfalo y
pollo asadas y acompañadas por vegetales; y, por que no, regalándonos un Don
Braulio, un vino español, a modo de despedida ya que nuestra partida a
Kathmandú resultaría inminente y, posteriormente, a Kakarbhitta, una ciudad que
nos exigirá, apenas, unos minutos… aquellos minutos que demora un agente de migraciones
en agregar un nuevo sello –de salida– a nuestros pasaportes.
Carla & Hernán
