Un “jumbo”
(los medios de transporte nepalíes poseen nombres que, salvo excepciones,
generan falsas ilusiones) nos trasladó a Kathmandú, una vez allí, agregamos su peso a nuestras mochilas y nos
despedimos de Nepal, un país que había superado, ampliamente, sus expectativas,
volviendo al casino adonde jugamos a la ruleta –aunque nuestras dos fichas de
apuesta hayan generado lástima a los adinerados que apostaban junto a nosotros…
y alegría también al acertar un pleno–, miramos nuevas coreografías y, sí,
lógicamente, comimos como animales.
Y, al día
siguiente, partimos rumbo a la frontera abordo del que sería nuestro primer y
único servicio nocturno; un trayecto extenso, unas diecisiete horas, aunque
ameno nos depararía, quizás, gracias a nuestra privilegiada ubicación en
primera fila o al frío que se soportó a partir de, apenas, una de nuestras
bolsas de dormir o a uno de nuestros compañeros de viaje, un militar que nos daba
conversación ante cada parada que nuestro vehículo realizaba.
Así, desde Kakarbhitta,
iniciamos un camino a pie, primero, al puesto de migraciones nepalí adonde,
aparte, tomaron nuestras últimas rupias nepalíes y devolvieron rupias indias,
posteriormente, al puesto de migraciones indio donde nos sentiríamos solos, de
hecho, no había más personas que nosotros y un agente y, finalmente, a la
parada del gigantesco ómnibus que nos conduciría a Siliguri adonde, ni bien
arribados, nos subimos a otro medio de transporte, un jeep, que nos trasladó a
lo largo de un camino ascendente y zigzagueante y, después de más horas que
aquellas supuestas, llegamos a Darjeeling.
Irregularidad,
sí, aquel resultó su rasgo más obvio por lo que, a partir de nuestro
agotamiento y a la noche que, rápidamente, nos alcanzaría, optamos por un taxi
para que nos trasladara a través de sus vías desniveladas al área de los alojamientos
por nosotros elegida donde hallar nuestra primera habitación india –al igual
que, más tarde, un primer restaurante– no nos resultó del todo sencillo: algunas
no poseían agua caliente y, otras, ni siquiera, agua corriente; algunas nos
resultaron deprimentes mientras que otras ni aceptaban extranjeros aunque,
finalmente, topamos una que promedió nuestras necesidades.
Y, si bien
limitados por el frío, paseamos por Darjeeling, a lo largo de su mercado de
alimentos seguido a puestos de comida y un establo que acaban en Chowrasta, una
plaza seca dominada por una fuente y rodeada por montones de negocios donde, a
su vez, tuvo lugar un festival de música por las noches; accedimos a puntos
panorámicos desde donde vimos –aunque más no sea una vez debido a las nubes que
afectaron al resto– al Kanchandzonga (8,585 msnm), es decir, al tercer pico más
alto del mundo; paseamos por plantaciones de té que dan lugar al famoso té de
Darjeeling que quisimos degustar en Nathmulls, una de sus más exclusivas
tiendas; vimos al “tren de juguete” que parte desde su estación y visitamos a
dos puntos que atraparon nuestra a atención: al zoológico del Himalaya que
alberga únicamente especies de la región y al museo del montañismo que guarda a
la tumba del primer sherpa que ascendió al Monte Everest y, además, una
exhibición sobre expediciones a los Himalayas.
Darjeeling nos
gustó –incluso considerando a la rata que apareció por debajo de nuestra cama
y, posteriormente, nos acompañó a lo largo de una noche– aunque no nos alucinó,
quizás, debido al boicot de su clima: sus nubes ya nos habían instado a
cancelar nuestra visita a la Colina del Tigre aunque sería su frío el que nos
terminaría echando de la ciudad, empujándonos al sur, a una ciudad conocida por
todos y que, no tenemos dudas, será la primera que nos hará pensar: “llegamos a
India”.
Carla & Hernán