Un ómnibus
repleto de monjes partió –al igual que a diario– desde Bodhgaya rumbo a
Sarnath, localidad que dista a unos pocos kilómetros del que sería nuestro
siguiente objetivo: Varanasi. Así, agradeciendo a los monjes que nos invitaron
a seguir a su destino, descendimos del ómnibus y nos vimos obligados a negociar
un tuk-tuk para que nos acercara al área de los hoteles donde iniciamos una
marcha a pie que se vio interrumpida por un indio que insistió –y consiguió– que
visitáramos su hotel, una oculta residencia adonde quisimos quedarnos: una
amplia habitación decorada a lo indio aunque limpia y luminosa, un balcón con
rejas que evitaría a monos intrusos y una puerta de baño nueva o, más
precisamente, una puerta de baño que sería colocada una vez nosotros instalados
por lo que, al cabo de un rato, compartimos nuestra estancia junto a dos
muchachos equipados con taladros y otro de los dueños del hotel.
Un equivalente
al imaginario de India que ocupaba nuestras mentes, Varanasi, una ciudad
dominada por la presencia del sagrado Ganges y sus ghats que caminamos una y
otra vez sin agotarnos pues se necesita un tiempo para asimilar tanta
información: algunas personas que se bañan a metros de otras que, si bien
dentro del río, rezan a sus dioses; gente que lava sus ropas y, un poco más
allá, otros que lavan a sus animales; niños que juegan al cricket o remontan
sus barriletes al mismo tiempo que –y muy próximo también– suceden cremaciones
al aire libre cuyos restos serán arrojados al río. Y personajes, Varanasi posee
muchos personajes: mendigos y moribundos, sadhus, sagradas vacas, turistas y
vendedores de los más insoportables y, por supuesto, hindúes de todas partes
del país que se acercan a la ciudad tras un mejor karma.
Además de
dedicarnos a pasear por sus ghats, asistimos a una ceremonia nocturna que,
según Hernán, sería idéntica a la presenciada por él siete años antes; asimismo
nos subimos a un bote al amanecer para seguir apreciando la actividad alrededor
del Ganges aunque desde otra perspectiva; alcanzamos a la –poco atractiva–
nueva Varanasi y anduvimos por la –mucho
más interesante– antigua Varanasi, caótica, repleta de callejuelas donde se
ubican puestos de venta de lo más variados: desde bidones para recoger agua sagrada
del río a maderas para cremaciones (la calidad de la madera otorga menor o
mayor categoría a la ceremonia de cremación).
Sabemos que
Varanasi será un destino imborrable para nosotros, no sólo por la significancia
de sus imágenes sino porque, además, aquí festejamos nuestro doce meses de
viaje, sí, nuestro aniversario desde que partimos de Buenos Aires alcanzamos y,
para agasajarnos, quisimos regalarnos una de las tantas comidas que añoramos,
unas pizzas de Domino’s que no serán como las de Campeones pero que,
igualmente, avivaron a nuestros –últimamente vegetarianos– estómagos.
Debido al
gobierno que, inesperadamente, reservó todas las habitaciones de nuestro alojamiento
–incluso aquellas ocupadas– para un congreso de médicos, nos despedimos un día
antes de Varanasi, un destino que re-encantó a Hernán aunque generó energías no
siempre positivas a Carla, no obstante, ambos consideramos como un infaltable
de cualquier itinerario por India. Y tras adquirir nuestros siguientes pasajes
de tren a través de una agencia de viajes, nos preparamos para salir rumbo a
Satna, nuestro punto de conexión más importante a la que será nuestra siguiente
parada: Khajuraho.
Carla & Hernán
