26 de enero de 2012

... India! (cuarta parte)


Un ómnibus repleto de monjes partió –al igual que a diario– desde Bodhgaya rumbo a Sarnath, localidad que dista a unos pocos kilómetros del que sería nuestro siguiente objetivo: Varanasi. Así, agradeciendo a los monjes que nos invitaron a seguir a su destino, descendimos del ómnibus y nos vimos obligados a negociar un tuk-tuk para que nos acercara al área de los hoteles donde iniciamos una marcha a pie que se vio interrumpida por un indio que insistió –y consiguió– que visitáramos su hotel, una oculta residencia adonde quisimos quedarnos: una amplia habitación decorada a lo indio aunque limpia y luminosa, un balcón con rejas que evitaría a monos intrusos y una puerta de baño nueva o, más precisamente, una puerta de baño que sería colocada una vez nosotros instalados por lo que, al cabo de un rato, compartimos nuestra estancia junto a dos muchachos equipados con taladros y otro de los dueños del hotel.
Un equivalente al imaginario de India que ocupaba nuestras mentes, Varanasi, una ciudad dominada por la presencia del sagrado Ganges y sus ghats que caminamos una y otra vez sin agotarnos pues se necesita un tiempo para asimilar tanta información: algunas personas que se bañan a metros de otras que, si bien dentro del río, rezan a sus dioses; gente que lava sus ropas y, un poco más allá, otros que lavan a sus animales; niños que juegan al cricket o remontan sus barriletes al mismo tiempo que –y muy próximo también– suceden cremaciones al aire libre cuyos restos serán arrojados al río. Y personajes, Varanasi posee muchos personajes: mendigos y moribundos, sadhus, sagradas vacas, turistas y vendedores de los más insoportables y, por supuesto, hindúes de todas partes del país que se acercan a la ciudad tras un mejor karma.
Además de dedicarnos a pasear por sus ghats, asistimos a una ceremonia nocturna que, según Hernán, sería idéntica a la presenciada por él siete años antes; asimismo nos subimos a un bote al amanecer para seguir apreciando la actividad alrededor del Ganges aunque desde otra perspectiva; alcanzamos a la –poco atractiva– nueva Varanasi  y anduvimos por la –mucho más interesante– antigua Varanasi, caótica, repleta de callejuelas donde se ubican puestos de venta de lo más variados: desde bidones para recoger agua sagrada del río a maderas para cremaciones (la calidad de la madera otorga menor o mayor categoría a la ceremonia de cremación).
Sabemos que Varanasi será un destino imborrable para nosotros, no sólo por la significancia de sus imágenes sino porque, además, aquí festejamos nuestro doce meses de viaje, sí, nuestro aniversario desde que partimos de Buenos Aires alcanzamos y, para agasajarnos, quisimos regalarnos una de las tantas comidas que añoramos, unas pizzas de Domino’s que no serán como las de Campeones pero que, igualmente, avivaron a nuestros –últimamente vegetarianos– estómagos.
Debido al gobierno que, inesperadamente, reservó todas las habitaciones de nuestro alojamiento –incluso aquellas ocupadas– para un congreso de médicos, nos despedimos un día antes de Varanasi, un destino que re-encantó a Hernán aunque generó energías no siempre positivas a Carla, no obstante, ambos consideramos como un infaltable de cualquier itinerario por India. Y tras adquirir nuestros siguientes pasajes de tren a través de una agencia de viajes, nos preparamos para salir rumbo a Satna, nuestro punto de conexión más importante a la que será nuestra siguiente parada: Khajuraho.

Carla & Hernán