Sería otro
tren nocturno aunque más nocturno de lo esperado, en efecto, nuestro tren partió
cuatro horas demorado, hecho que no nos afectó porque, de esta forma, conocimos
la otra función de la estación de trenes, la de gran habitación comunitaria
para un gran número de personas.
Y las siete
horas de viaje pasaron rápido, llegamos a Gaya y optamos por un tuk-tuk para
que nos trasladara por los últimos trece kilómetros a Bodhgaya, una ciudad
adonde nos ubicamos rápidamente debido a sus acotadas dimensiones; elegimos un
alojamiento o, mejor dicho, éste nos eligió a nosotros ya que su gerente no
dejó que nos retirásemos tras otro más acorde a nuestro presupuesto pues
seríamos sus primeros clientes del día… “y, jamás, los primeros clientes del
día son rechazados”.
Identificamos,
primeramente, un medido desorden y no nos equivocamos: unos días atrás, Dalai
Lama del Tíbet había dado unas presentaciones que atrajeron a cientos de miles
de personas a Bodhgaya, una de las cuatro ciudades más sagradas del budismo
(junto a Lumbini en Nepal y Sarnath y Kusinagar en India), por tal motivo, si
bien paseamos por lugares no religiosos, como su adorable mercado de alimentos,
nuestros días pasaron visitando templos.
Aquel más
importante, Mahabodhi Mahavihara, se alza donde Buda alcanzó su iluminación;
alrededor del mismo se extiende un área verde que incluye un retoño del árbol
de Bodhi traído de Sri Lanka, demás hitos de la vida de Buda y un gran número
de monjes, peregrinos y seguidores de todas las nacionalidades que veríamos
repetidamente a lo largo de nuestro paseo por los monasterios de Bodhgaya, de
hecho, se ubican montones de monasterios alzados por países budistas que, a su
vez, son ejemplos de su propia arquitectura; algunos son simples, otros más
majestuosos aunque, por un motivo u otro, aquellos de Bhután, Japón y Tíbet
serían los más hermosos para nosotros, asimismo, uno ubicado a las afueras de
la ciudad, dedicado a la enseñanza del budismo y, por supuesto, aquella armoniosa
aunque gigantesca imagen de Buda donada por los japoneses e inaugurada por
Dalai Lama unas décadas atrás.
Ya sea por su
armonioso ambiente o su agradable temperatura que nos instó a reencontrarnos
con las thukpas tibetanas así como conocer otros básicos pero de la gastronomía
bhutanesa, nuestro paso por Bodhgaya no podría habernos sentado mejor. Ojalá
que nuestro siguiente destino que será tan –o más– místico que este, implique algo
similar a nuestros ya revolucionados espíritus.
Carla & Hernán
