23 de enero de 2012

... India! (tercera parte)


Sería otro tren nocturno aunque más nocturno de lo esperado, en efecto, nuestro tren partió cuatro horas demorado, hecho que no nos afectó porque, de esta forma, conocimos la otra función de la estación de trenes, la de gran habitación comunitaria para un gran número de personas.
Y las siete horas de viaje pasaron rápido, llegamos a Gaya y optamos por un tuk-tuk para que nos trasladara por los últimos trece kilómetros a Bodhgaya, una ciudad adonde nos ubicamos rápidamente debido a sus acotadas dimensiones; elegimos un alojamiento o, mejor dicho, éste nos eligió a nosotros ya que su gerente no dejó que nos retirásemos tras otro más acorde a nuestro presupuesto pues seríamos sus primeros clientes del día… “y, jamás, los primeros clientes del día son rechazados”.
Identificamos, primeramente, un medido desorden y no nos equivocamos: unos días atrás, Dalai Lama del Tíbet había dado unas presentaciones que atrajeron a cientos de miles de personas a Bodhgaya, una de las cuatro ciudades más sagradas del budismo (junto a Lumbini en Nepal y Sarnath y Kusinagar en India), por tal motivo, si bien paseamos por lugares no religiosos, como su adorable mercado de alimentos, nuestros días pasaron visitando templos.
Aquel más importante, Mahabodhi Mahavihara, se alza donde Buda alcanzó su iluminación; alrededor del mismo se extiende un área verde que incluye un retoño del árbol de Bodhi traído de Sri Lanka, demás hitos de la vida de Buda y un gran número de monjes, peregrinos y seguidores de todas las nacionalidades que veríamos repetidamente a lo largo de nuestro paseo por los monasterios de Bodhgaya, de hecho, se ubican montones de monasterios alzados por países budistas que, a su vez, son ejemplos de su propia arquitectura; algunos son simples, otros más majestuosos aunque, por un motivo u otro, aquellos de Bhután, Japón y Tíbet serían los más hermosos para nosotros, asimismo, uno ubicado a las afueras de la ciudad, dedicado a la enseñanza del budismo y, por supuesto, aquella armoniosa aunque gigantesca imagen de Buda donada por los japoneses e inaugurada por Dalai Lama unas décadas atrás.
Ya sea por su armonioso ambiente o su agradable temperatura que nos instó a reencontrarnos con las thukpas tibetanas así como conocer otros básicos pero de la gastronomía bhutanesa, nuestro paso por Bodhgaya no podría habernos sentado mejor. Ojalá que nuestro siguiente destino que será tan –o más– místico que este, implique algo similar a nuestros ya revolucionados espíritus.

Carla & Hernán