Darjeeling
Mail, así se llamaba nuestro tren a Kolkata por más que, paradójicamente, no
partiera desde Darjeeling, en efecto, un jeep nos descendió a Siliguri y, desde
allí, un tuk-tuk compartido nos alcanzó a la terminal de trenes de New
Jalpaiguri.
Y nuestro
primer tren de India será imborrable a nuestras mentes que aún mantenían vivos sus
recueros de los trenes de China: ocho literas por compartimento, revestidas por
una cuerina celeste tan percudida por la mugre como sus ventanas, que servían
como vías de tránsito a cucarachas aunque, gracias a la pobre iluminación, no
serían más que sus sombras las que pudiéramos seguir, no obstante, superando cualquier
diagnóstico, siguió un viaje nocturno muy agradable, ocupando una de las dos
mejores ubicaciones de literas (upper
side), desde donde veríamos pasar un montón de personajes, desde vendedores
de chai (un té con leche azucarado
que enloquece a los indios) a travestis que, no comprendemos por qué, otorgan
bendiciones por las que reciben donaciones.
A las seis de
la mañana arribamos a Sealdah, una de las tantas estaciones de tren de Kolkata;
aún nos resultaba muy temprano por lo que desayunamos y, seguidamente, Hernán
salió a dar una vuelta de reconocimiento de hoteles aunque vanamente ya que
ninguno nos aceptaba siendo extranjeros, de esta forma, ambos intentamos negociar
una tarifa por uno de esos HM, ahora taxis en Kolkata, que tanto gustan a
Hernán, aunque sin éxito, optando por un tuk-tuk para que nos trasladara a
través de las mojadas vías de la ciudad hasta Sudder St., una versión austera
de diversión del Khao San Rd. de Bangkok.
Más que
pobreza, Kolkata nos resultó una –gigantesca– ciudad de contrastes; un amplio
sistema de medios de transporte que incluye autobuses y tranvías maltratados,
impecables subtes, vehículos a motor como taxis o tuk-tuks y carretas o
triciclos impulsados por hombres; soberbios ejemplos de arquitectura colonial
(como aquellos vistos durante nuestro paseo por BBD Bagh o, su mayor exponente,
aquella mole de mármol llamada Victoria Memorial Hall), ubicados a pocos metros
de áreas más modernas como Shakespeare Sarani y Park St. y viviendas improvisadas
sobre las veredas por doquier; insípidas áreas verdes como Maidan y otras tan
agradables como los Jardines Edén; montones de iglesias (como la de San Juan
que nos hizo pensarnos en el “país del nunca jamás”) y templos hindúes de gran
significancia como el de Kali; una ciudad de grises que quedan aún más opacados
a partir de los colores de sus mercados como el de flores, sus ghats usados
como lavanderías como aquellos ubicados al pie del icónico puente de Howrah y aquellos
saris que usan sus mujeres.
A lo largo de
nuestro paso prolongado –a causa de nuestras primeras diarreas indias– por
Kolkata, nos dedicamos a pasear tanto de día como de noche, probar su comida
callejera y, al momento de sentirnos asfixiados debido a su número de personas,
de hecho, alberga unos quince millones de habitantes, nos refugiamos dentro del
hotel, igualmente, nos sentimos doblemente sorprendidos, primero, cuando vimos
que Feng nos había mandado un mensaje desde Kolkata, sí, nuestro amigo chino –y,
ahora supimos, cristiano también– había decidido dedicar su visa de India al
trabajo solidario para la obra de la Madre Teresa, cuya sede principal (adonde
vivió la Madre y ahora se ubica su tumba) visitamos, asimismo presenciamos misa
y, posteriormente, nos re-dirigimos para que nos asignen un centro adonde
dedicaríamos un día de trabajo, siendo Premdan, un cotolengo al cual Feng nos
acompañaría, una inexplicable e inolvidable vivencia aparte del viaje.
Así, dimos por
superada una gran prueba: no sólo resistimos al ritmo de Kolkata sino que,
además, gozamos al máximo nuestros días por la capital cultural del país aunque,
ahora, abandonaremos las tierras de Bengala Occidental y nos dirigiremos al
siguiente destino, Bodhgaya, una burbuja dentro del mayoritario hinduismo que
nos remitirá a las raíces del budismo en el mundo.
Carla & Hernán