Udaipur /
Pushkar, uno de los traslados más significativos del viaje y sólo debido a las
personas que conoceríamos: atravesamos a pie a la ciudad de Udaipur; ya había
anochecido, lo cual no nos generó –ni ahora ni antes– ninguna sensación de
inseguridad, de hecho, nuestro mayor riesgo sería un grupo de mocosos que
intentaron mojarnos aunque apenas necesitamos un mínimo amague de reto de Hernán
para que dejaran de molestarnos; al llegar a la estación de trenes, optamos por
un metro cuadrado donde acomodarnos mientras aguardábamos al momento de
ascender al tren, mientras tanto, se acercaron dos jóvenes indios que, al igual
que siempre, atrajeron la atención de otros y, al cabo de algunos minutos, nos
vimos rodeados –literalmente– por decenas de jóvenes que no querían otra cosa
más que hablarnos mientras no apareciera ningún policía armado con palo de
escoba (versión india del machete) para imponer orden a la sala –como sucedió–
generando que se alejasen.
Y subimos al
tren que, por fortuna, iniciaría su recorrido en Udaipur (lo cual implica un
poco menos de mugre y más orden) y conocimos a nuestros supuestos compañeros de
viaje, un hombre y una de las pocas mujeres indias que trabaja en relación de
dependencia –y no del marido–, ambos ejemplos de la surgente clase media del
país que se sintieron a gusto contándonos detalles acerca de la sociedad
aunque, más tarde, aceptaran otros asientos a pedido del –más que agradable–
grupo de jóvenes que viajaba a la capital de la región a fin de rendir un examen.
A Ajmer
llegamos a las cuatro de la mañana, por ende, nos vimos obligados a aguardar
que amaneciera y, por tal motivo, tuvimos la suerte de conocer a Celeste y
Pierre, un joven matrimonio mixto (ella argentina, él francés) junto a quienes
compartimos, primero, un chai en la estación de trenes, luego, un ómnibus que
nos trasladó a Pushkar y, más tarde, un mismo alojamiento, Mama Luna, donde
degustamos unas tortillas de papas que sirvieron de bienvenida y, finalmente,
alguna que otra tarde ya sea en la adorable y panorámica terraza del hotel o,
cena –y con dhal, por supuesto– de por medio, en uno de los puestos del centro.
Definir a
Pushkar nos cuesta y, quizás, allí resume su magia: una ciudad de pequeñas
dimensiones donde destacan, por un lado, montones de turistas, mucho de los
cuales –auténticos o no– hippies y, por otro lado, la importancia del
hinduismo, de hecho, se trata de una de las ciudades más sagradas para la
religión; una ciudad íntegramente vegetariana, cuyo núcleo más místico sería su
lago homónimo adonde, dada su significancia, serían depositados los restos de
Mahatma Ghandi; una ciudad atractiva y serena que caminamos desde sus calles
más céntricas hasta su límite con el desierto… y con el cielo pues ascendimos a
uno de sus puntos panorámicos también.
Y la magia va
más allá… una mañana nos sentamos al borde del lago, del lado opuesto al gath de
baño; nos veíamos solos aunque, de repente, apareció un hombre que,
inesperadamente, se desnudó por completo (acto por demás anormal) e ingresó al
lago… y salió del lago, diríamos, “contento” gracias a nuestra presencia por lo
que, súbitamente, nos marchamos del lugar aunque dejando olvidada la lente de
la cámara de fotos de Hernán, cuya ausencia notaríamos siete horas después de
acontecido; volvimos al gath y, lógicamente, no vimos ni vestigios de la misma,
igualmente, dejamos una nota y, así, abatidos, nos guardamos; no nos afectaba
la pérdida de la lente por sí misma sino por sus implicancias: no tenemos más
recuerdos que nuestras fotos… nuestras fotos significan demasiado para
nosotros; y, al parecer, Brahma lo supo y quiso ayudarnos y, al día siguiente,
retornamos al ghat y, no sabemos por qué, nos dirigimos al hotel más cercano
donde preguntamos por nuestro objeto perdido que, intactamente, nos aguardaba… y
así dimos por acabado –aunque felizmente– uno de los capítulos que sería –de
otro modo– de los más tristes del viaje.
Al momento de
partir, surgieron dos alternativas: o dirigirnos a Ajmer para adquirir nuestros
pasajes y, posteriormente, para abordar al tren rumbo a nuestro siguiente
destino, Jaisalmer, o subirnos al ómnibus –igualmente nocturno– que salía desde
Pushkar, inclinándonos por aquella última idea, por lo tanto, pasamos nuestro
último día, un tanto atípico, apropiados por un mutismo –Carla– y una
verborragia –Hernán– aunque, asimismo, relajado como todos los anteriores –incluyendo
al día de nuestro cumple mes #13– mientras aguardamos al momento de arrancar
nuestro siguiente traslado al punto más occidental de nuestro viaje por India.
Carla & Hernán

,+Delhi.jpg)
