Un
ciclorickshaw a la pequeña y poco agradable estación de trenes de Sarai Rohilla
de Delhi, un tren nocturno que nos serviría para ahorrar otra noche de
alojamiento y un arribo a Udaipur poco traumático gracias al peso disminuido de
nuestras mochilas (ya que aprovechamos para dejar, momentáneamente, unos diez
kilos en Delhi) como al conductor de tuk-tuk que nos recibió y, muy sutilmente,
nos trasladó al hotel de un amigo que sería, ni más ni menos, óptimo para
nosotros.
No podemos
asegurar que su apodo “la Venecia del Este” sea apropiado, ni tampoco, siquiera, sea
la ciudad más romántica del país, no obstante, sí, nos gustó Udaipur, una
ciudad donde nos vimos sorprendidos ante su “culto al bigote”… porque todo
tiene bigotes: los dibujos que decoran los exteriores de las casas, los
escudos, las imágenes de los altares y, por supuesto, los rajasthaníes quienes,
incluso, aprovechan todo reflejo para peinárselo.
Si hablamos de
la ciudad, tenemos que hablar del lago Pichola que domina a la misma y divide a
las dos áreas más importantes, Hanuman Ghat y Lal Ghat; un par de puentes
peatonales (para hombres y para vacas que, increíblemente, giran sus molinetes)
unen ambos márgenes donde se ubican algunos restaurantes y, más allá de los
mismos, un sinfín de callejuelas donde destacan los colores... ya sean de las
casas como de los turbantes de los hombres o, como siempre, los saris de las
mujeres o, ahora también, las pujas pre-nupciales, como supimos más tarde, que
incluían mujeres poseídas que giraban sus cabezas enérgicamente a la vez que
transportaban un jarrón sobre las mismas.
Igualmente, no
son sólo excentricidades sino que, además, Udaipur goza de atractivos más
clásicos: un mercado de alimentos, un teleférico que nos sirvió para obtener
vistas panorámicas de la ciudad y del Pichola al atardecer, un templo hindú, unos
tristes jardines botánico y zoológico –aunque gratuitos por lo que ganaron nuestra
mención–, puestos de samosas y, quizás, uno de sus mayores puntos de interés
–teóricamente hablando–, un palacio que data del siglo XVI que, sinceramente,
nos agradó y mucho y no, justamente, porque aceptaran nuestras ISIC (tarjetas
de estudiantes) por primera vez desde que llegamos a India aunque, a tal fin,
nos presentaron al director –que, obviamente, tenía bigotes– y nos sometimos a
la inspección de la documentación e, incluso, al completado de formularios… al
menos, al fin y al cabo, nos ahorramos algunas rupias.
Ya no deben
quedar dudas: nos divertimos en Udaipur y, por más que no sea una de las
ciudades más pequeñas de India, no nos sentimos agobiados ni por su gente ni
por su temperatura –que, por suerte, aún se mantiene agradable– por lo que,
así, a gusto, nos despedimos para dirigirnos a la segunda de las ciudades de la
travesía rajasthaní que, anhelamos, sea tan positiva para nosotros como su
antecesora… nos vamos a Pushkar.
Carla & Hernán