Y, una vez
más, serían los conductores de tuk-tuk protagonistas de nuestro siguiente
traslado: amaneció y nos dirigimos a su parada donde, ambos –primero y segundo–
conductores pretendieron que abonásemos un exagerado importe por un transporte
a Jhansi aunque, ante nuestra negativa, surgió un tercero, un poco más decente,
lo cual exacerbó a los primeros quienes le increparon e, incluso, impidieron
que partiera quitándole las llaves que, al final, revolearon al darse por
vencidos.
Al centro de
Jhansi llegamos y, desde allí, nos subimos a otro tuk-tuk para que nos
trasladara a su terminal de trenes, desde donde partiríamos rumbo a Agra; sería
un trayecto agradable, quizás debido a sus pocos kilómetros (al menos para
nosotros que ya ambos “distancia” y “tiempo” poseen otra dimensión) o la
presencia de los travestis de siempre que aparecen al final del recorrido;
arribados a Agra, sorteamos a los acosadores “tuk-tukeros” y elegimos un
ciclorickshaw para alcanzar al área de Taj Ganj, ocupada por alojamientos
económicos aunque, antiguamente, se tratara del barrio de los trabajadores que
dieron origen al ícono de íconos, Taj Mahal, nuestro mayor punto de interés de
la ciudad que admiramos o re-admiramos, un mausoleo cuyos detalles y simetría,
número de turistas y valor de la entrada son, igualmente, incomparables.
Agra posee
otros puntos de interés, además del Taj Mahal, aunque nosotros nos limitáramos
a elegir uno más: al fuerte de Agra visitamos, un gigante rojizo, antiguamente
arrasado, actualmente conservado que posee vistas al Taj Mahal (adrede ya que
la intención del emperador Shah Jahan sería ver a la tumba de su amada desde su
fuerte/palacio).
Y nuestro paso
por Agra que podría haber sido de dos días, sería extendido debido a dos
grandes razones, por un lado, necesitamos tiempo para visitar al médico por los
dolores de panza de Hernán… por suerte, el Dr. Jaggi acertó su diagnóstico y aquellos
seis sobres que incluían cinco píldoras –diferentes– cada uno que nos generaban
más dudas que seguridades, serían la solución; y, por otro lado, por sentirnos sumamente
agradados por Shyam Palace, un hotel que poco tiene de palacio aunque su amplia
habitación, su cocinero que nos servía platos cada vez más abundantes para ganar
nuestra fidelidad y su jardín que nos serviría de desayunador a diario nos
conquistaron mientras que su acceso gratuito a Internet, un servicio atípico
dentro del rango de los hoteles de India al cual aplicamos, nos sirvió para
resolver asuntos relacionados al futuro del viaje… porque Agra implicó momentos
de ocio aunque, inverosímilmente, de trabajo también, los cuales antecederán
otra estadía que, sabemos, será igualmente dividida a lo largo de nuestro paso
por Delhi, la capital del país.
Carla & Hernán
