A Delhi
llegaríamos después de cuatro horas abordo de otro tren nocturno, o sea, según
programado y lamentablemente, ya que una demora habría significado obviar un
semi-pernocte en la estación de trenes de Nueva Delhi y ser despertados –al
igual que al resto de nuestros compañeros– por un policía al amanecer; acto
seguido desayunamos y nos dedicamos a la búsqueda de alojamiento, optando por
uno ubicado sobre un callejón a metros del Main Bazaar de Paharganj, agradable
más allá del encargado que, no sabemos por qué motivo, se sentía inseguro sobre
nosotros y generaba incomodidades como, por ejemplo, ser despertados a la noche
o bien para asegurarse que no nos hubiéramos marchado sin abonar o bien para
que no lo hiciéramos más tarde; asimismo, gracias a su proximidad, adoptamos al
restaurante de la plataforma número dieciséis de la estación de trenes que, por
ende, atravesamos dos veces al día excepto por algún que otro mediodía que
optamos por una de las comidas más económicas de nuestras vidas (alrededor de
1,30 pesos) que incluía arroz, dhal (pasta de legumbres), lentejas y puri (pan
frito) o por alguna que otra noche también para volver a ver al pollo
acompañado por papas del puesto callejero.
Omitimos que
llegaríamos un viernes, por lo tanto, nos vimos obligados a aguardar dos días
para dar inicio a la tarea que acapararía mayormente nuestra atención y que
podría resumirse de la siguiente manera: cuatro días = colectivos, subtes y más
suelas gastadas = seis embajadas = cero resultados; nuestras intenciones se
vieron arruinadas aunque nuestro más significativo –y desgastante– fracaso
resultó aquel perpetrado por la Embajada de los Emiratos Árabes Unidos: una
primera visita y una primera negativa a gestionar nuestros pretendidos visados
por turismo, una segunda visita que incluyó documentación que avalaba nuestro
pedido y una segunda negativa, una comunicación telefónica al secretario del
embajador, una tercera visita y, finalmente, una derivación que sería tan
inútil como lo anteriormente realizado… igualmente no nos dimos por vencidos
aunque, necesariamente, contaremos “con
una pequeña ayuda de nuestros amigos”.
Y cuando no
nos hallábamos adentro de una embajada o conectados al wi-fi del hotel del
mismo dueño aunque alejado del nuestro y, a su vez, nos sentíamos óptimos
(porque desde que ingresamos a India, nos turnamos para poseer diarreas,
dolores –ya sean de estómago como otros… digamos… aquellos otros generados por
la comida picante– o lipotimias), sí, paseamos… atravesamos a Connaught Place,
corazón de Nueva Delhi y llegamos a la simbólica Puerta de India; nos
adentramos a la Vieja Delhi, donde destaca Jama Masjid, la mezquita más grande
del país, asimismo, visitamos al atestado Meena Bazaar y alcanzamos al RajGhat,
lugar de cremación de Mahatma Ghandi que posee una mística que nos sensibilizó,
rodeado por jardines impecables y, más allá del mismo, otras áreas verdes que
nos proyectaron a otra dimensión, más cuidada y, sí, más limpia que la india.
Lo que
seguiría? El norte de India. Aunque sus gélidas temperaturas nos acobardaron y,
por ende, alteramos nuestro itinerario: dejaremos al norte para después de Rajasthan,
una de las regiones más anheladas por nosotros que nos demandará más tiempo que
ninguna otra, lo cual generará un dibujo insólito a nuestro mapa aunque no
menos apasionante de lo que alguna vez soñamos…
Carla & Hernán
,+Delhi.jpg)