28 de febrero de 2012

... India! (décima parte)


Udaipur / Pushkar, uno de los traslados más significativos del viaje y sólo debido a las personas que conoceríamos: atravesamos a pie a la ciudad de Udaipur; ya había anochecido, lo cual no nos generó –ni ahora ni antes– ninguna sensación de inseguridad, de hecho, nuestro mayor riesgo sería un grupo de mocosos que intentaron mojarnos aunque apenas necesitamos un mínimo amague de reto de Hernán para que dejaran de molestarnos; al llegar a la estación de trenes, optamos por un metro cuadrado donde acomodarnos mientras aguardábamos al momento de ascender al tren, mientras tanto, se acercaron dos jóvenes indios que, al igual que siempre, atrajeron la atención de otros y, al cabo de algunos minutos, nos vimos rodeados –literalmente– por decenas de jóvenes que no querían otra cosa más que hablarnos mientras no apareciera ningún policía armado con palo de escoba (versión india del machete) para imponer orden a la sala –como sucedió– generando que se alejasen.
Y subimos al tren que, por fortuna, iniciaría su recorrido en Udaipur (lo cual implica un poco menos de mugre y más orden) y conocimos a nuestros supuestos compañeros de viaje, un hombre y una de las pocas mujeres indias que trabaja en relación de dependencia –y no del marido–, ambos ejemplos de la surgente clase media del país que se sintieron a gusto contándonos detalles acerca de la sociedad aunque, más tarde, aceptaran otros asientos a pedido del –más que agradable– grupo de jóvenes que viajaba a la capital de la región a fin de rendir un examen.
A Ajmer llegamos a las cuatro de la mañana, por ende, nos vimos obligados a aguardar que amaneciera y, por tal motivo, tuvimos la suerte de conocer a Celeste y Pierre, un joven matrimonio mixto (ella argentina, él francés) junto a quienes compartimos, primero, un chai en la estación de trenes, luego, un ómnibus que nos trasladó a Pushkar y, más tarde, un mismo alojamiento, Mama Luna, donde degustamos unas tortillas de papas que sirvieron de bienvenida y, finalmente, alguna que otra tarde ya sea en la adorable y panorámica terraza del hotel o, cena –y con dhal, por supuesto– de por medio, en uno de los puestos del centro.
Definir a Pushkar nos cuesta y, quizás, allí resume su magia: una ciudad de pequeñas dimensiones donde destacan, por un lado, montones de turistas, mucho de los cuales –auténticos o no– hippies y, por otro lado, la importancia del hinduismo, de hecho, se trata de una de las ciudades más sagradas para la religión; una ciudad íntegramente vegetariana, cuyo núcleo más místico sería su lago homónimo adonde, dada su significancia, serían depositados los restos de Mahatma Ghandi; una ciudad atractiva y serena que caminamos desde sus calles más céntricas hasta su límite con el desierto… y con el cielo pues ascendimos a uno de sus puntos panorámicos también.
Y la magia va más allá… una mañana nos sentamos al borde del lago, del lado opuesto al gath de baño; nos veíamos solos aunque, de repente, apareció un hombre que, inesperadamente, se desnudó por completo (acto por demás anormal) e ingresó al lago… y salió del lago, diríamos, “contento” gracias a nuestra presencia por lo que, súbitamente, nos marchamos del lugar aunque dejando olvidada la lente de la cámara de fotos de Hernán, cuya ausencia notaríamos siete horas después de acontecido; volvimos al gath y, lógicamente, no vimos ni vestigios de la misma, igualmente, dejamos una nota y, así, abatidos, nos guardamos; no nos afectaba la pérdida de la lente por sí misma sino por sus implicancias: no tenemos más recuerdos que nuestras fotos… nuestras fotos significan demasiado para nosotros; y, al parecer, Brahma lo supo y quiso ayudarnos y, al día siguiente, retornamos al ghat y, no sabemos por qué, nos dirigimos al hotel más cercano donde preguntamos por nuestro objeto perdido que, intactamente, nos aguardaba… y así dimos por acabado –aunque felizmente– uno de los capítulos que sería –de otro modo– de los más tristes del viaje.
Al momento de partir, surgieron dos alternativas: o dirigirnos a Ajmer para adquirir nuestros pasajes y, posteriormente, para abordar al tren rumbo a nuestro siguiente destino, Jaisalmer, o subirnos al ómnibus –igualmente nocturno– que salía desde Pushkar, inclinándonos por aquella última idea, por lo tanto, pasamos nuestro último día, un tanto atípico, apropiados por un mutismo –Carla– y una verborragia –Hernán– aunque, asimismo, relajado como todos los anteriores –incluyendo al día de nuestro cumple mes #13– mientras aguardamos al momento de arrancar nuestro siguiente traslado al punto más occidental de nuestro viaje por India.

Carla & Hernán