Sí, Orchha nos
generaría tranquilidad y desde un comienzo, en efecto, arribar a la ciudad nos
agotó menos que otros traslados: nos dirigimos a pie a la pequeña terminal de
ómnibus de Khajuraho, adquirimos nuestros pasajes y, minutos más tarde,
abordamos al ómnibus que nos trasladaría a la intersección de rutas donde nos
aguardaban un grupo de conductores de tuk-tuk que se enojaron –y mucho– con
aquella joven india que, inocentemente, nos informó cuánto debía costarnos un
traslado al centro de la ciudad arruinando, de esta forma, sus planes de
intentar cobrarnos seis veces más de lo debido.
Al momento de
elegir alojamiento, por suerte, tampoco tuvimos inconvenientes: un par de
opciones relevadas para convencernos que aquella primera resultaría la más
óptima no sólo por su precio sino por su terraza donde desayunamos a diario
apreciando las vistas panorámicas de la ciudad o, mejor dicho, de la ciudad con
aires de pueblo… es que Orchha es más pequeña y menos poblada que ninguna otra
ciudad india antes visitada, asimismo, no hay muchos turistas lo cual significa
que su gente no anda desesperada atrás del negocio (a excepción, lógicamente,
de los conductores de tuk-tuk); sentimos que, por primera vez, podíamos
relajarnos y pasear –casi casi– pasando desapercibidos… y eso fue lo que
hicimos: atravesamos un montón de veces al centro de la ciudad, dominado por un
templo llamado Ram Raja, donde no se permite tomar fotografías (si no,
pregúntenle a Hernán) y un mercado de vivos colores, gustamos su gastronomía,
ya sea callejera como sus papas especiadas o los curries de Rimjhim (nótese la
tarjeta de presentación) donde, anecdóticamente, conocimos al joven que poseía
una moto nueva y, agradeciendo a sus dioses por la misma, convidaba dulces a
todos –incluso a nosotros–, y visitamos su
mayor atractivo –aunque más no sea sin ingresar a los mismos– un gran número de
palacios y templos que datan del siglo XVI y salpican tanto a la ciudad como a
la ribera del –asombrosamente cristalino– río Betwa; y cuando no paseamos,
aprovechamos para dormir siestas, organizar nuestras ropas (ya que, después de
Kolkata, decidimos lavarlas a mano) o proyectar nuestros próximos –y no tan
próximos– pasos.
Orchha nos
atrapó y nos generó ganas de quedarnos más días de lo pensado, por ello, alquilamos
unas bicicletas, atravesamos plantaciones y alcanzamos a la minúscula estación
de trenes de la ciudad donde solicitamos un cambio de fecha a nuestros próximos
pasajes aunque, más temprano o más tarde, nuestra partida llegaría y, junto a
la misma, la exigencia de abandonar nuestro aletargado ritmo para seguir
recorriendo del “gigante” que ya ha consumido un mes a nuestras visas.
Carla & Hernán