Y subimos al
ómnibus que nos trasladaría a Jaisalmer que, para nuestra sorpresa, sería una
única cabina, no obstante, dividida en tres “clases de servicios”: asientos más
o menos cómodos aunque no óptimos para altos pues, sobre éstos, se alzaban unas
especies de camas aunque herméticas y, por ende, no recomendables para
claustrofóbicos quienes, asumimos, tampoco se sentirían a gusto viajando en el
pasillo del ómnibus debido al número de personas que optan por esta “tercera
categoría”.
Obviando a las
–por demás intimidantes– miradas de los indios, sería un viaje agradable que
ultimaría poco después del amanecer siendo “servidos” a montones de hoteleros
que nos aguardaban al punto de arribo, más precisamente, una estación se
servicio; visualizamos al recomendado por Celeste y Pierre y, sin dudas, lo
seguimos mientras que, una vez arribados al alojamiento, negociamos una doble
tarifa, por una habitación y por un safari a camello por el desierto que realizaríamos
después de algunos días pues, primero, queríamos pasear por Jaisalmer, una
ciudad donde identificaríamos tres áreas: su núcleo sería su fuerte en altura,
gigante, actualmente ocupado por hoteles, negocios, restaurantes e, incluso,
viviendas, cuya arquitectura igualmente conservada sería, para nosotros,
pintoresca como pocas; alrededor del fuerte se ubica una segunda área, antigua
y amurallada, a la cual dedicamos más tiempo que ninguna otra… por aquellas
callejuelas fluye la vida cotidiana de Jaisalmer: mujeres más simpáticas
sentadas al frente de sus casas, niños que juegan y señores portadores de aros
más grandes y bigotes menos exóticos –con relación a sus vecinos– que visitan
al mercado o al templo; y, por último, un área más moderna –aunque no demasiado–,
a la cual atribuimos dos grandes atractivos: un puesto de thali (típica comida que, por lo general, incluye arroz, dhal,
vegetales y chapatis –pan similar al árabe–) que adoptamos gracias al cocinero
que nos daba la bienvenida –aunque sin hablar inglés– y servía una variedad de
curry distinta a la del día anterior y, por otro lado, un antiguo tanque de
reserva de agua, rodeado por pequeños templos y, al momento de nuestra visita,
personajes de todo tipo: un grupo de mujeres cuya tarea no ganaría a sus sonrisas,
un anciano machacando bhang
(marihuana) y otro grupo pero de turistas de España, al cual nos sumamos
momentáneamente para oír las explicaciones de su guía que, curiosamente,
volvimos a ver –y, obviamente, a sumarnos– al atardecer, mientras observábamos
al “guardián de la ciudad” desde uno de sus puntos panorámicos.
Y dimos inicio
al safari: un jeep nos recogió y, allí mismo, supimos quienes serían nuestros compañeros
de aventura (un inglés, un japonés, un rumano y un suizo); visitamos un templo
adonde seríamos invitados a compartir una reunión de exploradores que no sería
muy productiva, de hecho, sería un grupo de niños de siete años de edad cuyo
dirigente, ni siquiera, hablaba inglés; posteriormente, ingresamos al pueblo del
desierto adonde nos aguardaban nuestro guía, Hamed, sus dos ayudantes y
nuestros camellos, Etian (el de Hernán que, al parecer, sería de carrera como
lo indicaría su aro), Picoc (el de Carla) y otros machos para los demás hombres
del grupo (porque sí, resignadamente para Carla, no habría otra mujer).
Ya arriba de
los cuadrúpedos, comenzamos a descubrir al desierto de Rajasthan, semejante a
nuestros paisajes patagónicos más que a los de nuestro imaginario; atravesamos
áreas cada vez más áridas y arribamos a nuestra primera parada al mediodía; una
cocina ambulante surgió y, a partir de la misma, prepararon un curry de
vegetales y chapatis –que serían, a partir de ahora, nuestras comidas– y,
seguidamente, un chai –cuya leche sería de cabra y recién ordeñada–; un rato de
siesta y seguimos andando al que sería nuestro lugar de pernocte: un sector de
dunas que poseía, únicamente, un par de paredes de paja que servirían de
protección del viento para la cocina y para las mantas acomodadas a modo de
camas sobre la arena; un atardecer de los más bonitos antecedió nuestra comida
alrededor del fogón y un espejismo –un musulmán vendiendo cervezas que
aceptaron todos menos nosotros– y, más tarde, una noche que se sumaría a las
mágicas del viaje: un mar de arena sería nuestra cama… unas rústicas mantas,
nuestros abrigos… y un cielo de estrellas, nuestro techo… un momento que,
raramente, podamos olvidar.
Y tal cual
supuesto, amanecimos ni bien amanecido; desayunamos ambos extra-azucarados chai
y porridge (pasta de cereales) –que serían, a partir de ahora, nuestros
desayunos– y arrancamos una segunda jornada a camello cuya primera etapa sería
más corta pues, después del almuerzo, tres de nuestros compañeros se irían por
lo que ahora, junto al rumano Adrián nomás, nos adentramos al desierto que se
volvió más desierto y alcanzamos otra área de dunas aunque más extensas y más
próximas a Pakistán –que distaba a unos cincuenta kilómetros– que nos servirían
como campamento; nos aguardaba otro musulmán, esta vez, vendiendo gaseosas
heladas a las que no quisimos decirles que “no” y una choza de paja que no
usaríamos, de hecho, seguiría una noche a la intemperie absoluta; otro
atardecer en el desierto, otra comida alrededor del fogón cuya atracción sería,
esta vez, Hamed y su celular con videos de carreras y peleas de camellos y otra
noche mágica en este hotel de más de cinco estrellas; desayunamos e iniciamos
nuestro camino de regreso sobre Etian y Picoc que primero caminaron, después
trotaron y, finalmente, volvieron a caminar a pedido de Carla y sus vértebras;
arribamos al último pueblo del desierto que visitaríamos y poco después del que
sería nuestro último almuerzo, inició una tormenta de arena por lo que, así,
abruptamente, nos despedimos de Etian y Picoc, de Hamed y los muchachos para
re-dirigirnos en jeep y quedarnos un par de días más paseando por Jaisalmer y
organizando nuestra partida al siguiente destino que, aunque dudoso, sería
resuelto por Bikaner.
Carla & Hernán