27 de marzo de 2012

... India! (décimo quinta parte)


Abordo del ómnibus a Dharamsala nos veríamos más que acompañados: nos reencontramos a las blondas europeas del tren a Amritsar y conocimos a la argentina residente en Brasil, Ivana, que seguía a su maestro espiritual por India, al par de húngaros quienes nos compartieron sus anécdotas “aeronáuticas” y al tibetano que nos asesoraría al momento de subirnos al último de los ómnibus del día, aquel que nos trasladaría desde Dharamsala a McLeod Ganj y, asimismo, nos sugeriría opciones de alojamiento que no serían agradables para nosotros, por tanto, a partir del relevamiento a cargo de Carla e Ivana, optamos por uno regenteado por indios cuyas vistas a las montañas desde el balcón de nuestra habitación acompañarían nuestros desayunos, almuerzos y meriendas.
McLeod Ganj nos generó una extraña primera impresión; como asilo del Dalai Lama y montones de tibetanos, no imaginamos un pueblo moderno ni occidentalizado, no obstante, no implicó nuestro desagrado sino que, al contrario, nos repusimos de unos dos primeros días de diarrea y vómitos y, sí, gozamos de McLeod Ganj: su única vía repleta de negocios de artesanías –y bueh, turistas también–, empapelada con carteles de apoyo al pueblo del Tíbet y denuncia al régimen de China; Tsuglagkhang, un complejo aunque ausente de mística que alberga al homónimo templo (equivalente al Jokhang de Lhasa), al interesante Museo del Tíbet (exhibe la historia de la usurpación de los chinos y el exilio de los tibetanos), al monasterio donde un pequeño grupo de monjes debatían al estilo tibetano y a la residencia del Dalai Lama (que se encontraba en Delhi al momento de nuestra visita); su agradable temperatura nos instó a volver a los momos y a las thukpas del restaurantito atendido por aquella joven tibetana, adonde siempre veríamos a las mismas caras y, asimismo, aprendería Hernán a jugar al caremboard (similar al pool aunque usando a los dedos para empujar a las fichas sobre un tablero de cuatro agujeros); y su bosque que atravesamos y sus montañas a las cuales nos acercamos al momento de visitar dos próximos pueblos, Dharamkot y Bhagsu, este último, supuesta aldea hippie de israelíes que posee una mínima cascada que nos generó igual desilusión que aquel sagrado –y llamado lago– Dal.
Ya sea por nuestro acumulado cansancio o la comodidad que nos generara McLeod Ganj, nos sentimos atrapados por lo que quisimos extender nuestro paso por aquí y anulamos, acobardados también por el clima, nuestra ida al resto de las ciudades del norte; así, después de festejar un nuevo cumple mes de viaje, el #14, organizamos nuestra partida al sur, dando inicio a la que será nuestra última etapa de viaje por esta “Incredible India”.

Carla & Hernán          

18 de marzo de 2012

... India! (décimo cuarta parte)


Qué sorpresa más inesperada nos aguardaba en la estación de trenes de Jaipur: “Tren # 19781 con destino a Amritsar se encuentra cancelado”… y entonces? Sí, nos acercamos a la oficina de reservas adonde nos reintegraron los pasajes mas no sirvieron ninguna solución pues, sin disponibilidad, no nos asignarían ningún otro servicio, por tanto, supimos que nuestra despedida a Jaipur sería retrasada; analizamos opciones: no nos atraía la alternativa de viajar en ómnibus, por ende, supusimos una alteración al itinerario aunque, finalmente, optamos por viajar a Amritsar vía Delhi, cuya conexión –adrede– extensa nos sirvió para conocer al pendiente Templo del Loto, casa de adoración Bahá’í, una religión que invita a los creyentes de otras religiones a su templo para, simplemente, adorar a Dios (subimos algunas fotos al álbum “Delhi”).
 Agotados, sí, llegamos a Amritsar después de una noche arriba del tren, un día a la deriva en Delhi y otra noche más arriba de otro tren; aguardamos que amaneciera y nos dirigimos a pie al área de los alojamientos que más lejos no podía quedar… atravesamos a la estación de trenes, a la de ómnibus y a la puerta de la ciudad y, entonces, sí, aparecieron aunque, más que alivio, sumaron agotamiento pues serían más costosos que lo pensado… al menos un hotelero se apiadó y nos señaló uno acorde a nosotros... por más que, más adelante, quisiéramos irnos corriendo…
Sucede que al tiempo de nuestro ingreso a India, nuestro estado civil se vio mágicamente alterado; ser “matrimonio” aseguraba un menor acoso a Carla (si una mujer no está casada, se la trata como “disponible”) y un mayor respecto a ambos (ya que no aceptan al concubinato) aunque ignoramos que aquella historia generaría una nueva pregunta: “y los hijos?”; al parecer, el concepto de “matrimonio sin hijos” no existe para los indios y el señor de la recepción del hotel de Amritsar no sería una excepción, más aún, se interesaría por nosotros, incluso diríamos, generaría una obsesión por nuestra descendencia: oraba por nosotros, preguntaba a Hernán por nuestras noches e, incluso, le ofrecería un gel con imágenes de Khajuraho… se veía seguro, tan seguro que nos generaría a veces gracia, otras incomodidad y, sí, ansiedad porque, al igual que siempre, siga un siguiente mes.
Sikhismo, una de las religiones minoritarias de India, monoteísta y opuesta al sistema de castas, ubica su más sagrado templo en Amritsar, Templo Dorado, uno de los lugares más místicos de India que visitamos a la mañana, a la tarde y a la noche, al cual ingresó Hernán –ya que Carla se sentía mareada… no por los rezos del recepcionista sino por una lipotimia– y vio su interior que alberga al Gurú Granth Sahib (libro sagrado) mientras que su solemne imagen exterior se ve enaltecida por un lago y, alrededor del mismo, un camino y una galería de mármol donde se ubican ghats (aislados para las mujeres) y oradores, y por donde transitan guardias portadores de lanzas y peregrinos, agradables mujeres y hombres de rodetes o turbantes y kirpán (cuchillo típicamente sikh).
Otro rasgo sorprendente sería su limpieza, reinante adentro y afuera del templo pues, más allá del mismo, se ubican albergues para peregrinos y un comedor abierto veinticuatro horas al día, gratuitos, muestras del mayor sentido comunitario que hemos conocido: no importa ni la edad ni la nacionalidad ni la posición económica ni la religión, el sikhismo da la bienvenida a todos, incluso a nosotros turistas.
Aparte del templo, sí, hay una ciudad aunque poco atractiva y caótica que posee puestos de venta de café y gaseosas subvencionados (0,50 pesos argentinos por una botella de Coca-Cola de 300 ml) que servirían como imprevisto sitio de reencuentro con Adrián, el rumano de Jaisalmer, asimismo, muchos negocios de zapatos y, quizás, su mayor punto de interés, Jallianwala Bagh, que ocupa el lugar de la masacre de Amritsar de 1919 y exhibe un hito donde las tropas inglesas abrieron fuego, agujeros de balas sobre las construcciones y, quizás lo más conmovedor, el gigantesco foso adonde se arrojaron cientos de indios intentando salvar sus vidas (quien haya visto la película “Gandhi” sabrá de lo que hablamos aunque, aseguramos, su profundidad supera a la imaginación de cualquier exagerado).
Amritsar o, mejor dicho, sus alrededores nos ofrecerían más porque, a treinta kilómetros se ubica Attari / Wagah, uno de los pasos fronterizos a Pakistán que visitaríamos y no, justamente, porque quisiéramos abandonar a India. Un minibus nos trasladó a Attari y, desde allí, iniciamos un camino por dos kilómetros; por cuestiones de seguridad, quisieron retenernos las mochilas y nosotros, por cuestiones de seguridad también, nos guardamos nuestras cosas de valor que, sin más, serían su contenido completo –cámaras y lentes fotográficas, dinero, documentos y netbook–; así nuestros aspectos se asemejaron al de un kamikaze, no obstante, atravesamos uno y otro puesto de seguridad y nos ubicamos en las gradas destinadas a turistas donde visualizábamos a la derecha, la imagen de Mahatma Gandhi, a la izquierda, una reja y más allá, la imagen de Muhammad Ali Jinnah (líder nacionalista de Pakistán) y, a ambos lados, un animador, música y, sí, gente aunque aún más del lado indio que sería pura fiesta (incluso las mujeres se acercaban al centro para bailar); un insólito contexto que se correspondería a una insólita ceremonia de arriado de bandera a cargo de gigantescos y simpáticos militares de frontera, interpretada como competencia por unos y, por otros, como acto de unidad de ambas –conflictuadas– naciones.
Y después de todo, Amritsar sería uno de nuestros favoritos de India (sino el más para Hernán). Ahora queremos seguir mas no nos quedan vías por delante, por tanto, nos preparamos para un siguiente traslado en ómnibus que reavivará otro de los momentos más importantes del viaje que dejamos atrás unos cuatro meses antes: nos vamos a la ciudad de los exiliados del Tíbet, McLeod Ganj.

Carla & Hernán          

12 de marzo de 2012

... India! (décimo tercera parte)


Sí, esta vez, llegamos después del amanecer a Jaipur, no obstante, quisimos aguardar a que la ciudad se viera –aunque más no sea mínimamente– animada para iniciar nuestro rastreo de alojamientos. Así, un chai y un indio que, al igual que nosotros, aguardaba aunque su momento para dirigirse a rendir un examen, nos acompañaron mientras nos apostamos en la sala de espera de la estación de trenes, de la cual no quisimos alejarnos pues sabíamos nuestro paso por Jaipur no sería extenso, por consiguiente, visitamos sus alrededores más inmediatos aunque sin éxito, seguimos andando a una zona más elegante y más costosa también por lo que, agotados, regresamos al inicio y, allí, conocimos al “tuk-tukero” que, una vez más, sería nuestro aliado: siguiendo su objetivo –conseguir una comisión– negoció por nosotros, ingresó a uno y otro y otro alojamiento y, al final, aceptaron su número –o sea, nuestro presupuesto– por un hotel cuya ubicación no sería muy atractiva… como tampoco lo serían las cucarachas de la habitación aunque, más allá de aquellos detalles, sí, nos sentiríamos a gusto a partir de su azotea y del –siempre bienvenido– servicio de wi-fi.
Al igual que otras, Jaipur incluye dos áreas: una más nueva y poco atractiva y otra amurallada y más antigua, esta última, apodada “ciudad rosa” por su arquitectura aunque nos resultase minimizada a causa del caos de la ciudad; atravesamos sus vías primarias y secundarias, accedimos a templos, visitamos sus mercados e ingresamos a algunos de los puntos de interés de la ciudad como al agradable Hawa Mahal (casa de las señoras del maharajá), al curioso Jantar Mantar (un observatorio que data del siglo XVIII) y al aburrido Albert Hall (museo de la ciudad) gracias al combo de entradas que incluía a los anteriores como al más interesante –para nosotros– de todos los atractivos, el fuerte de Amber.
Un colectivo, el #5 según averiguamos, nos acercaría unos once kilómetros a Amber… solo que no supimos sino más tarde que Jaipur (o quizás India?) posee dos sistemas de transporte, uno privado –agobiante, arruinado y atestado– y otro público –acondicionado, impecable y más o menos ocupado– que superponen sus numeraciones; nosotros, ignorantes, nos subimos al primer #5 que vimos y que, desde ya, no sería acertado aunque su conductor –que no hablaba inglés– sería más que atento para nosotros, otorgando un asiento –y qué asiento!– a Carla y trasladándonos a una de las puertas de la parte antigua adonde aguardaría –generando, sí, algunas quejas por parte de otros pasajeros– que un #5 público apareciera para indicárnoslo y, sin más, saludarnos.
Así, aireados y sentados, arribamos al fuerte de Amber, cuya imagen exterior nos impactó o re-impactó, simplemente, no hay ejemplo de fuerte más hermoso en India; su entorno montañoso, su estado de conservación, incluso, sus paseos sobre elefantes otorgan un “algo” especial aunque su red de túneles sería, para nosotros, insuperable.
Jaipur se hizo la fama… y, hoy por hoy, se incluye a todo itinerario organizado; nosotros, por nuestra parte, no nos sentimos muy atraídos por esta ciudad por lo que, según planeado, diríamos adiós a Jaipur y, junto al mismo, adiós al adorable Rajasthan pues, ahora, una nueva etapa del viaje por India se aproxima… otra cultura, otro paisaje, otra temperatura… nuestro paseo por el norte del país y su primera parada, Amritsar.

Carla & Hernán          

9 de marzo de 2012

... India! (décimo segunda parte)


La ida a Bikaner implicaría un detalle impensado aunque, a la vez, mejor que planeado: optamos por un servicio nocturno de ómnibus para ahorrar otra noche de alojamiento sólo que éste anduvo más rápido que lo pautado y arribamos a las cuatro de la mañana a Bikaner; sin mayores comodidades más que un tablón dispuesto a modo de asiento en el puesto de la ruta donde seríamos depositados, nos resignamos a aguardar al amanecer pero un “tuk-tukero” nos vio, insistió y ganó –o ganamos todos– ya que aceptamos su traslado a algún alojamiento si y sólo si no abonábamos aquella noche… y así sucedió: anduvo algunos kilómetros a una casa, golpeó una puerta y, al rato, salió un joven, siguió un intercambio aunque ajeno de palabras y nos señalaron nuestra habitación que poco tenía de hotel… gigante, se asemejaba a la del tío –que no tuvimos– vuelto militar pero que, por las dudas, la abuela quiso conservar tal cual original: anticuado mobiliario cubierto por polvo, una televisión más antigua que la de la casa de nuestros abuelos y una cuantas fotografías, blanco y negro, que decoraban las paredes.
Quisimos incluir a Bikaner a nuestro itinerario, impulsados por una única curiosidad, Karni Mata, un templo adonde las ratas son adoradas; un colectivo nos trasladó allí y, arriba del mismo, conocimos un par de jóvenes, agradables y conversadores como auténticos indios, que nos servirían de guías a lo largo de nuestra visita. Afuera, Karni Mata se muestra como cualquier otro templo hindú pero adentro… adentro no… ni bien traspasamos su puerta de ingreso, visualizamos ratas y, a medida que avanzamos, más y más que procurábamos no pisarlas; peregrinos sirven ofrendas como leche y aguardan que la suerte llegue a sus vidas, ya sea gracias a algún roedor que pise sus pies (detalle: se ingresa sin calzado al igual que cualquier otro templo hindú) o visualizando a algún espécimen albino, lo cual, esto último, sería lo que, por suerte, viviría Hernán –porque Carla no resistió y salió al exterior antes de tiempo–.
Y tras esta experiencia sumamente significativa, siguió otra distinta aunque igualmente movilizante: Holi o inicio de la primavera, cuya conmemoración posee dos momentos: uno espiritual y familiar, otro puramente festivo. Así, a las cuatro de la mañana, el dueño del alojamiento golpeó a nuestra puerta y nos invitó a sumarnos al primero: un gran fuego encendido y, alrededor del mismo, su familia reunida y un músico invitado; una serie de rituales sucedieron, algunos personales como atarse una pulsera o pintarse un “tercer ojo” y otros relacionados al fuego como arrojar cocos como ofrendas o dar vueltas alrededor del mismo; y el fuego se apagó y, con este, aquella ceremonia que pasaría a su segundo momento una vez amanecido: similar al carnaval, los indios salen a la calles y se arrojan polvo de henna de colores; quisimos, por nuestra parte, ir al centro para vivir aquella experiencia pero los muchachos se pusieron pesados –y más aún con Carla– por lo que aceptamos no sería un momento apropiado para mujeres y volvimos al alojamiento donde, para nuestra sorpresa (pues, sí, sería un hotel aunque en construcción y sin otros huéspedes más que nosotros), aparecieron un montón de extranjeros que, por algún motivo, optaron a la terraza de nuestro alojamiento como punto de reunión… y de fiesta, de esas fiestas que no nos gustan tanto a la cual asistieron, incluso, un enviado del periódico de Bikaner y una murga; por suerte, aquellos extranjeros se irían pronto y nosotros gozaríamos de Holi, viendo pasar a los descontrolados indios, aunque protegidos desde nuestro “bunker”.
Vivir Holi en Bikaner nos gustó (ya sea porque su tamaño no nos apabulló o porque nuestro destino quiso que sea un alojamiento manejado por una familia e hindú adonde nos hospedáramos) aunque, a la vez, coartó nuestro paseo por la ciudad, por ende, dedicamos un día extra para andar por su casco antiguo y su mercado, ninguno muy espectacular pero, sí, innegablemente pintorescos.
Ahora sí, más de tres días, Bikaner, no podía retenernos aunque, curiosamente, sí permitirnos conocer a más gente y, esta vez, agradable como el rosarino Daniel y el quilmeño Federico, ambos residentes en España, quienes compartirían junto a nosotros un –apretado– traslado en tuk-tuk a la estación de trenes pues ambas partes abandonaríamos a la ciudad: mientras los muchachos se dirigirían a la ya visitada Jaisalmer, nosotros lo haríamos al último déjà vu del viaje para Hernán y último destino rajasthaní para ambos, Jaipur.

Carla & Hernán          

6 de marzo de 2012

... India! (décimo primera parte)


Y subimos al ómnibus que nos trasladaría a Jaisalmer que, para nuestra sorpresa, sería una única cabina, no obstante, dividida en tres “clases de servicios”: asientos más o menos cómodos aunque no óptimos para altos pues, sobre éstos, se alzaban unas especies de camas aunque herméticas y, por ende, no recomendables para claustrofóbicos quienes, asumimos, tampoco se sentirían a gusto viajando en el pasillo del ómnibus debido al número de personas que optan por esta “tercera categoría”.
Obviando a las –por demás intimidantes– miradas de los indios, sería un viaje agradable que ultimaría poco después del amanecer siendo “servidos” a montones de hoteleros que nos aguardaban al punto de arribo, más precisamente, una estación se servicio; visualizamos al recomendado por Celeste y Pierre y, sin dudas, lo seguimos mientras que, una vez arribados al alojamiento, negociamos una doble tarifa, por una habitación y por un safari a camello por el desierto que realizaríamos después de algunos días pues, primero, queríamos pasear por Jaisalmer, una ciudad donde identificaríamos tres áreas: su núcleo sería su fuerte en altura, gigante, actualmente ocupado por hoteles, negocios, restaurantes e, incluso, viviendas, cuya arquitectura igualmente conservada sería, para nosotros, pintoresca como pocas; alrededor del fuerte se ubica una segunda área, antigua y amurallada, a la cual dedicamos más tiempo que ninguna otra… por aquellas callejuelas fluye la vida cotidiana de Jaisalmer: mujeres más simpáticas sentadas al frente de sus casas, niños que juegan y señores portadores de aros más grandes y bigotes menos exóticos –con relación a sus vecinos– que visitan al mercado o al templo; y, por último, un área más moderna –aunque no demasiado–, a la cual atribuimos dos grandes atractivos: un puesto de thali (típica comida que, por lo general, incluye arroz, dhal, vegetales y chapatis –pan similar al árabe–) que adoptamos gracias al cocinero que nos daba la bienvenida –aunque sin hablar inglés– y servía una variedad de curry distinta a la del día anterior y, por otro lado, un antiguo tanque de reserva de agua, rodeado por pequeños templos y, al momento de nuestra visita, personajes de todo tipo: un grupo de mujeres cuya tarea no ganaría a sus sonrisas, un anciano machacando bhang (marihuana) y otro grupo pero de turistas de España, al cual nos sumamos momentáneamente para oír las explicaciones de su guía que, curiosamente, volvimos a ver –y, obviamente, a sumarnos– al atardecer, mientras observábamos al “guardián de la ciudad” desde uno de sus puntos panorámicos.
Y dimos inicio al safari: un jeep nos recogió y, allí mismo, supimos quienes serían nuestros compañeros de aventura (un inglés, un japonés, un rumano y un suizo); visitamos un templo adonde seríamos invitados a compartir una reunión de exploradores que no sería muy productiva, de hecho, sería un grupo de niños de siete años de edad cuyo dirigente, ni siquiera, hablaba inglés; posteriormente, ingresamos al pueblo del desierto adonde nos aguardaban nuestro guía, Hamed, sus dos ayudantes y nuestros camellos, Etian (el de Hernán que, al parecer, sería de carrera como lo indicaría su aro), Picoc (el de Carla) y otros machos para los demás hombres del grupo (porque sí, resignadamente para Carla, no habría otra mujer).
Ya arriba de los cuadrúpedos, comenzamos a descubrir al desierto de Rajasthan, semejante a nuestros paisajes patagónicos más que a los de nuestro imaginario; atravesamos áreas cada vez más áridas y arribamos a nuestra primera parada al mediodía; una cocina ambulante surgió y, a partir de la misma, prepararon un curry de vegetales y chapatis –que serían, a partir de ahora, nuestras comidas– y, seguidamente, un chai –cuya leche sería de cabra y recién ordeñada–; un rato de siesta y seguimos andando al que sería nuestro lugar de pernocte: un sector de dunas que poseía, únicamente, un par de paredes de paja que servirían de protección del viento para la cocina y para las mantas acomodadas a modo de camas sobre la arena; un atardecer de los más bonitos antecedió nuestra comida alrededor del fogón y un espejismo –un musulmán vendiendo cervezas que aceptaron todos menos nosotros– y, más tarde, una noche que se sumaría a las mágicas del viaje: un mar de arena sería nuestra cama… unas rústicas mantas, nuestros abrigos… y un cielo de estrellas, nuestro techo… un momento que, raramente, podamos olvidar.
Y tal cual supuesto, amanecimos ni bien amanecido; desayunamos ambos extra-azucarados chai y porridge (pasta de cereales) –que serían, a partir de ahora, nuestros desayunos– y arrancamos una segunda jornada a camello cuya primera etapa sería más corta pues, después del almuerzo, tres de nuestros compañeros se irían por lo que ahora, junto al rumano Adrián nomás, nos adentramos al desierto que se volvió más desierto y alcanzamos otra área de dunas aunque más extensas y más próximas a Pakistán –que distaba a unos cincuenta kilómetros– que nos servirían como campamento; nos aguardaba otro musulmán, esta vez, vendiendo gaseosas heladas a las que no quisimos decirles que “no” y una choza de paja que no usaríamos, de hecho, seguiría una noche a la intemperie absoluta; otro atardecer en el desierto, otra comida alrededor del fogón cuya atracción sería, esta vez, Hamed y su celular con videos de carreras y peleas de camellos y otra noche mágica en este hotel de más de cinco estrellas; desayunamos e iniciamos nuestro camino de regreso sobre Etian y Picoc que primero caminaron, después trotaron y, finalmente, volvieron a caminar a pedido de Carla y sus vértebras; arribamos al último pueblo del desierto que visitaríamos y poco después del que sería nuestro último almuerzo, inició una tormenta de arena por lo que, así, abruptamente, nos despedimos de Etian y Picoc, de Hamed y los muchachos para re-dirigirnos en jeep y quedarnos un par de días más paseando por Jaisalmer y organizando nuestra partida al siguiente destino que, aunque dudoso, sería resuelto por Bikaner.

Carla & Hernán