6 de marzo de 2012

... India! (décimo primera parte)


Y subimos al ómnibus que nos trasladaría a Jaisalmer que, para nuestra sorpresa, sería una única cabina, no obstante, dividida en tres “clases de servicios”: asientos más o menos cómodos aunque no óptimos para altos pues, sobre éstos, se alzaban unas especies de camas aunque herméticas y, por ende, no recomendables para claustrofóbicos quienes, asumimos, tampoco se sentirían a gusto viajando en el pasillo del ómnibus debido al número de personas que optan por esta “tercera categoría”.
Obviando a las –por demás intimidantes– miradas de los indios, sería un viaje agradable que ultimaría poco después del amanecer siendo “servidos” a montones de hoteleros que nos aguardaban al punto de arribo, más precisamente, una estación se servicio; visualizamos al recomendado por Celeste y Pierre y, sin dudas, lo seguimos mientras que, una vez arribados al alojamiento, negociamos una doble tarifa, por una habitación y por un safari a camello por el desierto que realizaríamos después de algunos días pues, primero, queríamos pasear por Jaisalmer, una ciudad donde identificaríamos tres áreas: su núcleo sería su fuerte en altura, gigante, actualmente ocupado por hoteles, negocios, restaurantes e, incluso, viviendas, cuya arquitectura igualmente conservada sería, para nosotros, pintoresca como pocas; alrededor del fuerte se ubica una segunda área, antigua y amurallada, a la cual dedicamos más tiempo que ninguna otra… por aquellas callejuelas fluye la vida cotidiana de Jaisalmer: mujeres más simpáticas sentadas al frente de sus casas, niños que juegan y señores portadores de aros más grandes y bigotes menos exóticos –con relación a sus vecinos– que visitan al mercado o al templo; y, por último, un área más moderna –aunque no demasiado–, a la cual atribuimos dos grandes atractivos: un puesto de thali (típica comida que, por lo general, incluye arroz, dhal, vegetales y chapatis –pan similar al árabe–) que adoptamos gracias al cocinero que nos daba la bienvenida –aunque sin hablar inglés– y servía una variedad de curry distinta a la del día anterior y, por otro lado, un antiguo tanque de reserva de agua, rodeado por pequeños templos y, al momento de nuestra visita, personajes de todo tipo: un grupo de mujeres cuya tarea no ganaría a sus sonrisas, un anciano machacando bhang (marihuana) y otro grupo pero de turistas de España, al cual nos sumamos momentáneamente para oír las explicaciones de su guía que, curiosamente, volvimos a ver –y, obviamente, a sumarnos– al atardecer, mientras observábamos al “guardián de la ciudad” desde uno de sus puntos panorámicos.
Y dimos inicio al safari: un jeep nos recogió y, allí mismo, supimos quienes serían nuestros compañeros de aventura (un inglés, un japonés, un rumano y un suizo); visitamos un templo adonde seríamos invitados a compartir una reunión de exploradores que no sería muy productiva, de hecho, sería un grupo de niños de siete años de edad cuyo dirigente, ni siquiera, hablaba inglés; posteriormente, ingresamos al pueblo del desierto adonde nos aguardaban nuestro guía, Hamed, sus dos ayudantes y nuestros camellos, Etian (el de Hernán que, al parecer, sería de carrera como lo indicaría su aro), Picoc (el de Carla) y otros machos para los demás hombres del grupo (porque sí, resignadamente para Carla, no habría otra mujer).
Ya arriba de los cuadrúpedos, comenzamos a descubrir al desierto de Rajasthan, semejante a nuestros paisajes patagónicos más que a los de nuestro imaginario; atravesamos áreas cada vez más áridas y arribamos a nuestra primera parada al mediodía; una cocina ambulante surgió y, a partir de la misma, prepararon un curry de vegetales y chapatis –que serían, a partir de ahora, nuestras comidas– y, seguidamente, un chai –cuya leche sería de cabra y recién ordeñada–; un rato de siesta y seguimos andando al que sería nuestro lugar de pernocte: un sector de dunas que poseía, únicamente, un par de paredes de paja que servirían de protección del viento para la cocina y para las mantas acomodadas a modo de camas sobre la arena; un atardecer de los más bonitos antecedió nuestra comida alrededor del fogón y un espejismo –un musulmán vendiendo cervezas que aceptaron todos menos nosotros– y, más tarde, una noche que se sumaría a las mágicas del viaje: un mar de arena sería nuestra cama… unas rústicas mantas, nuestros abrigos… y un cielo de estrellas, nuestro techo… un momento que, raramente, podamos olvidar.
Y tal cual supuesto, amanecimos ni bien amanecido; desayunamos ambos extra-azucarados chai y porridge (pasta de cereales) –que serían, a partir de ahora, nuestros desayunos– y arrancamos una segunda jornada a camello cuya primera etapa sería más corta pues, después del almuerzo, tres de nuestros compañeros se irían por lo que ahora, junto al rumano Adrián nomás, nos adentramos al desierto que se volvió más desierto y alcanzamos otra área de dunas aunque más extensas y más próximas a Pakistán –que distaba a unos cincuenta kilómetros– que nos servirían como campamento; nos aguardaba otro musulmán, esta vez, vendiendo gaseosas heladas a las que no quisimos decirles que “no” y una choza de paja que no usaríamos, de hecho, seguiría una noche a la intemperie absoluta; otro atardecer en el desierto, otra comida alrededor del fogón cuya atracción sería, esta vez, Hamed y su celular con videos de carreras y peleas de camellos y otra noche mágica en este hotel de más de cinco estrellas; desayunamos e iniciamos nuestro camino de regreso sobre Etian y Picoc que primero caminaron, después trotaron y, finalmente, volvieron a caminar a pedido de Carla y sus vértebras; arribamos al último pueblo del desierto que visitaríamos y poco después del que sería nuestro último almuerzo, inició una tormenta de arena por lo que, así, abruptamente, nos despedimos de Etian y Picoc, de Hamed y los muchachos para re-dirigirnos en jeep y quedarnos un par de días más paseando por Jaisalmer y organizando nuestra partida al siguiente destino que, aunque dudoso, sería resuelto por Bikaner.

Carla & Hernán