18 de marzo de 2012

... India! (décimo cuarta parte)


Qué sorpresa más inesperada nos aguardaba en la estación de trenes de Jaipur: “Tren # 19781 con destino a Amritsar se encuentra cancelado”… y entonces? Sí, nos acercamos a la oficina de reservas adonde nos reintegraron los pasajes mas no sirvieron ninguna solución pues, sin disponibilidad, no nos asignarían ningún otro servicio, por tanto, supimos que nuestra despedida a Jaipur sería retrasada; analizamos opciones: no nos atraía la alternativa de viajar en ómnibus, por ende, supusimos una alteración al itinerario aunque, finalmente, optamos por viajar a Amritsar vía Delhi, cuya conexión –adrede– extensa nos sirvió para conocer al pendiente Templo del Loto, casa de adoración Bahá’í, una religión que invita a los creyentes de otras religiones a su templo para, simplemente, adorar a Dios (subimos algunas fotos al álbum “Delhi”).
 Agotados, sí, llegamos a Amritsar después de una noche arriba del tren, un día a la deriva en Delhi y otra noche más arriba de otro tren; aguardamos que amaneciera y nos dirigimos a pie al área de los alojamientos que más lejos no podía quedar… atravesamos a la estación de trenes, a la de ómnibus y a la puerta de la ciudad y, entonces, sí, aparecieron aunque, más que alivio, sumaron agotamiento pues serían más costosos que lo pensado… al menos un hotelero se apiadó y nos señaló uno acorde a nosotros... por más que, más adelante, quisiéramos irnos corriendo…
Sucede que al tiempo de nuestro ingreso a India, nuestro estado civil se vio mágicamente alterado; ser “matrimonio” aseguraba un menor acoso a Carla (si una mujer no está casada, se la trata como “disponible”) y un mayor respecto a ambos (ya que no aceptan al concubinato) aunque ignoramos que aquella historia generaría una nueva pregunta: “y los hijos?”; al parecer, el concepto de “matrimonio sin hijos” no existe para los indios y el señor de la recepción del hotel de Amritsar no sería una excepción, más aún, se interesaría por nosotros, incluso diríamos, generaría una obsesión por nuestra descendencia: oraba por nosotros, preguntaba a Hernán por nuestras noches e, incluso, le ofrecería un gel con imágenes de Khajuraho… se veía seguro, tan seguro que nos generaría a veces gracia, otras incomodidad y, sí, ansiedad porque, al igual que siempre, siga un siguiente mes.
Sikhismo, una de las religiones minoritarias de India, monoteísta y opuesta al sistema de castas, ubica su más sagrado templo en Amritsar, Templo Dorado, uno de los lugares más místicos de India que visitamos a la mañana, a la tarde y a la noche, al cual ingresó Hernán –ya que Carla se sentía mareada… no por los rezos del recepcionista sino por una lipotimia– y vio su interior que alberga al Gurú Granth Sahib (libro sagrado) mientras que su solemne imagen exterior se ve enaltecida por un lago y, alrededor del mismo, un camino y una galería de mármol donde se ubican ghats (aislados para las mujeres) y oradores, y por donde transitan guardias portadores de lanzas y peregrinos, agradables mujeres y hombres de rodetes o turbantes y kirpán (cuchillo típicamente sikh).
Otro rasgo sorprendente sería su limpieza, reinante adentro y afuera del templo pues, más allá del mismo, se ubican albergues para peregrinos y un comedor abierto veinticuatro horas al día, gratuitos, muestras del mayor sentido comunitario que hemos conocido: no importa ni la edad ni la nacionalidad ni la posición económica ni la religión, el sikhismo da la bienvenida a todos, incluso a nosotros turistas.
Aparte del templo, sí, hay una ciudad aunque poco atractiva y caótica que posee puestos de venta de café y gaseosas subvencionados (0,50 pesos argentinos por una botella de Coca-Cola de 300 ml) que servirían como imprevisto sitio de reencuentro con Adrián, el rumano de Jaisalmer, asimismo, muchos negocios de zapatos y, quizás, su mayor punto de interés, Jallianwala Bagh, que ocupa el lugar de la masacre de Amritsar de 1919 y exhibe un hito donde las tropas inglesas abrieron fuego, agujeros de balas sobre las construcciones y, quizás lo más conmovedor, el gigantesco foso adonde se arrojaron cientos de indios intentando salvar sus vidas (quien haya visto la película “Gandhi” sabrá de lo que hablamos aunque, aseguramos, su profundidad supera a la imaginación de cualquier exagerado).
Amritsar o, mejor dicho, sus alrededores nos ofrecerían más porque, a treinta kilómetros se ubica Attari / Wagah, uno de los pasos fronterizos a Pakistán que visitaríamos y no, justamente, porque quisiéramos abandonar a India. Un minibus nos trasladó a Attari y, desde allí, iniciamos un camino por dos kilómetros; por cuestiones de seguridad, quisieron retenernos las mochilas y nosotros, por cuestiones de seguridad también, nos guardamos nuestras cosas de valor que, sin más, serían su contenido completo –cámaras y lentes fotográficas, dinero, documentos y netbook–; así nuestros aspectos se asemejaron al de un kamikaze, no obstante, atravesamos uno y otro puesto de seguridad y nos ubicamos en las gradas destinadas a turistas donde visualizábamos a la derecha, la imagen de Mahatma Gandhi, a la izquierda, una reja y más allá, la imagen de Muhammad Ali Jinnah (líder nacionalista de Pakistán) y, a ambos lados, un animador, música y, sí, gente aunque aún más del lado indio que sería pura fiesta (incluso las mujeres se acercaban al centro para bailar); un insólito contexto que se correspondería a una insólita ceremonia de arriado de bandera a cargo de gigantescos y simpáticos militares de frontera, interpretada como competencia por unos y, por otros, como acto de unidad de ambas –conflictuadas– naciones.
Y después de todo, Amritsar sería uno de nuestros favoritos de India (sino el más para Hernán). Ahora queremos seguir mas no nos quedan vías por delante, por tanto, nos preparamos para un siguiente traslado en ómnibus que reavivará otro de los momentos más importantes del viaje que dejamos atrás unos cuatro meses antes: nos vamos a la ciudad de los exiliados del Tíbet, McLeod Ganj.

Carla & Hernán