Qué sorpresa
más inesperada nos aguardaba en la estación de trenes de Jaipur: “Tren # 19781
con destino a Amritsar se encuentra cancelado”… y entonces? Sí, nos acercamos a
la oficina de reservas adonde nos reintegraron los pasajes mas no sirvieron
ninguna solución pues, sin disponibilidad, no nos asignarían ningún otro
servicio, por tanto, supimos que nuestra despedida a Jaipur sería retrasada;
analizamos opciones: no nos atraía la alternativa de viajar en ómnibus, por
ende, supusimos una alteración al itinerario aunque, finalmente, optamos por
viajar a Amritsar vía Delhi, cuya conexión –adrede– extensa nos sirvió para
conocer al pendiente Templo del Loto, casa de adoración Bahá’í, una religión
que invita a los creyentes de otras religiones a su templo para, simplemente,
adorar a Dios (subimos algunas fotos al álbum “Delhi”).
Agotados, sí, llegamos a Amritsar después de
una noche arriba del tren, un día a la deriva en Delhi y otra noche más arriba
de otro tren; aguardamos que amaneciera y nos dirigimos a pie al área de los
alojamientos que más lejos no podía quedar… atravesamos a la estación de trenes,
a la de ómnibus y a la puerta de la ciudad y, entonces, sí, aparecieron aunque,
más que alivio, sumaron agotamiento pues serían más costosos que lo pensado… al
menos un hotelero se apiadó y nos señaló uno acorde a nosotros... por más que,
más adelante, quisiéramos irnos corriendo…
Sucede que al
tiempo de nuestro ingreso a India, nuestro estado civil se vio mágicamente
alterado; ser “matrimonio” aseguraba un menor acoso a Carla (si una mujer no
está casada, se la trata como “disponible”) y un mayor respecto a ambos (ya que
no aceptan al concubinato) aunque ignoramos que aquella historia generaría una nueva
pregunta: “y los hijos?”; al parecer, el concepto de “matrimonio sin hijos” no
existe para los indios y el señor de la recepción del hotel de Amritsar no
sería una excepción, más aún, se interesaría por nosotros, incluso diríamos,
generaría una obsesión por nuestra descendencia: oraba por nosotros, preguntaba
a Hernán por nuestras noches e, incluso, le ofrecería un gel con imágenes de
Khajuraho… se veía seguro, tan seguro que nos generaría a veces gracia, otras
incomodidad y, sí, ansiedad porque, al igual que siempre, siga un siguiente
mes.
Sikhismo, una
de las religiones minoritarias de India, monoteísta y opuesta al sistema de
castas, ubica su más sagrado templo en Amritsar, Templo Dorado, uno de los
lugares más místicos de India que visitamos a la mañana, a la tarde y a la
noche, al cual ingresó Hernán –ya que Carla se sentía mareada… no por los rezos
del recepcionista sino por una lipotimia– y vio su interior que alberga al Gurú
Granth Sahib (libro sagrado) mientras que su solemne imagen exterior se ve
enaltecida por un lago y, alrededor del mismo, un camino y una galería de
mármol donde se ubican ghats (aislados para las mujeres) y oradores, y por
donde transitan guardias portadores de lanzas y peregrinos, agradables mujeres
y hombres de rodetes o turbantes y kirpán (cuchillo típicamente sikh).
Otro rasgo
sorprendente sería su limpieza, reinante adentro y afuera del templo pues, más
allá del mismo, se ubican albergues para peregrinos y un comedor abierto
veinticuatro horas al día, gratuitos, muestras del mayor sentido comunitario
que hemos conocido: no importa ni la edad ni la nacionalidad ni la posición
económica ni la religión, el sikhismo da la bienvenida a todos, incluso a
nosotros turistas.
Aparte del
templo, sí, hay una ciudad aunque poco atractiva y caótica que posee puestos de
venta de café y gaseosas subvencionados (0,50 pesos argentinos por una botella
de Coca-Cola de 300 ml) que servirían como imprevisto sitio de reencuentro con
Adrián, el rumano de Jaisalmer, asimismo, muchos negocios de zapatos y, quizás,
su mayor punto de interés, Jallianwala Bagh, que ocupa el lugar de la masacre
de Amritsar de 1919 y exhibe un hito donde las tropas inglesas abrieron fuego,
agujeros de balas sobre las construcciones y, quizás lo más conmovedor, el gigantesco
foso adonde se arrojaron cientos de indios intentando salvar sus vidas (quien
haya visto la película “Gandhi” sabrá de lo que hablamos aunque, aseguramos, su
profundidad supera a la imaginación de cualquier exagerado).
Amritsar o,
mejor dicho, sus alrededores nos ofrecerían más porque, a treinta kilómetros se
ubica Attari / Wagah, uno de los pasos fronterizos a Pakistán que visitaríamos
y no, justamente, porque quisiéramos abandonar a India. Un minibus nos trasladó
a Attari y, desde allí, iniciamos un camino por dos kilómetros; por cuestiones
de seguridad, quisieron retenernos las mochilas y nosotros, por cuestiones de
seguridad también, nos guardamos nuestras cosas de valor que, sin más, serían
su contenido completo –cámaras y lentes fotográficas, dinero, documentos y
netbook–; así nuestros aspectos se asemejaron al de un kamikaze, no obstante,
atravesamos uno y otro puesto de seguridad y nos ubicamos en las gradas
destinadas a turistas donde visualizábamos a la derecha, la imagen de Mahatma Gandhi,
a la izquierda, una reja y más allá, la imagen de Muhammad Ali Jinnah (líder
nacionalista de Pakistán) y, a ambos lados, un animador, música y, sí, gente
aunque aún más del lado indio que sería pura fiesta (incluso las mujeres se
acercaban al centro para bailar); un insólito contexto que se correspondería a
una insólita ceremonia de arriado de bandera a cargo de gigantescos y
simpáticos militares de frontera, interpretada como competencia por unos y, por
otros, como acto de unidad de ambas –conflictuadas– naciones.
Y después de
todo, Amritsar sería uno de nuestros favoritos de India (sino el más para
Hernán). Ahora queremos seguir mas no nos quedan vías por delante, por tanto,
nos preparamos para un siguiente traslado en ómnibus que reavivará otro de los
momentos más importantes del viaje que dejamos atrás unos cuatro meses antes:
nos vamos a la ciudad de los exiliados del Tíbet, McLeod Ganj.
Carla & Hernán
